París

Riéndose del vértigo con decisión, siempre de frente, atacando sin respiro como está escrito en los libros del tenis moderno. Con una violencia e intensidad al alcance de muy pocas, dos de los signos que distinguen a las jugadoras hechas de un material tan especial como preciado, Garbiñe Muguruza llega a su primera final en Roland Garros (6-2 y 6-4 a la australiana Stosur). La segunda de Grand Slam tras Wimbledon 2015. Se lleva las manos a la cabeza y se pone a bailar sobre la tierra batida. Es lógico: 16 años después (Conchita Martínez en el 2000), una española está en la final de Roland Garros. Este sábado, Muguruza buscará la copa ante Serena Williams, la misma rival que tuvo enfrente en Londres hace casi un año (derrotó a Kiki Bertens por 7-6 y 6-4).

A mediodía, la grada se llena de abrigos, bufandas y gorros. Es junio, pero perfectamente podría ser enero porque los mordiscos del frío son de invierno cerrado (11 grados de temperatura). París, en alerta naranja por las lluvias torrenciales de los últimos días, vive pendiente de la crecida del río Sena, que el jueves había alcanzado los 5,5 metros de altura. Con algunos habitantes evacuados de sus casas, y el museo del Louvre cerrado este viernes para trasladar las obras de arte en peligro a un lugar seguro, la ciudad ha dejado de lado uno de los eventos más importantes del año.

De arranque, fue un partido feo y sin ritmo, gobernado por las imprecisiones. Stosur, con más experiencia en encuentros de la máxima exigencia (campeona del Abierto de los Estados Unidos en 2011 y finalista en Roland Garros 2010) desafinó sin parar, como el novato traicionado por los nervios en su primera gran actuación. Su primera manga fue una pesadilla de las que provocan sudores fríos. La australiana, que como Garbiñe jugó con manga larga para protegerse del gélido ambiente, compitió encadenada a las dobles faltas (tres en los primeros dos juegos con su servicio), a los errores y a las malas decisiones, que fueron una alfombra roja para que su contraria pasase por ella en tromba.

“¡Vamos Garbiñe!”, gritó una aficionada desde la tribuna, con una entrada muy pobre (algo más de la mitad, poquísimo para una semifinal de Grand Slam). “¡Vamos chica!”, dijo otra espectadora, apoyando a la española. Mientras, Muguruza jugó con una decisión granítica, aunque por momentos le abandonasen los golpes y se enredase (salvó un 15-40 en el segundo juego de la semifinal).

No pasaron 15 minutos y la número cuatro mandaba 3-0 y con saque. En un parpadeo, el primer parcial fue suyo y ya tenía ventaja en el segundo (2-0). No es una jugadora, es un tornado. Garbiñe estaba destrozando a Stosur y eso tiene mucho mérito porque la australiana es rocosa, difícil de desbordar, un muro. Por momentos, Muguruza dejó hecha trizas a la número 24, arrugada como un trapo que ya ha vivido demasiado.

Imperial, Garbiñe construyó el triunfo desde su primer servicio (78% de puntos ganados) y explotó su percha (1,82m) para ser siempre protagonista en el encuentro, con la victoria pasando por su raqueta. Ella decidió cuándo, cómo y también por qué. Stosur, con lo justo para reaccionar tímidamente en el segundo parcial (recuperó la rotura y se colocó 2-2, cediendo el saque justo a continuación), acabó pidiendo la hora y eso que el partido avanzó a toda velocidad.

Hasta el momento final, cuando tuvo que sacar por la victoria, la española gestionó la tensión con maestría, abrazando la oportunidad bien fuerte para que no se le escapase. Ocurre que hasta las mejores notan la responsabilidad con una final de Grand Slam en el horizonte.

Con 5-2, Muguruza se atrapó. Perdió el servicio y se encontró volviendo a sacar por segunda vez para llegar al partido decisivo (5-4). Había perdido brillantez y claridad en su propuesta, como demostró que Stosur le ganase los intercambios. Entonces, y como durante todo el partido, se agarró al saque para salir de ahí. Eso también diferencia a las más grandes. El sábado, Garbiñe tiene otra cita con la historia.

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