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A más de 150 kilómetros por hora sobre una tabla de madera, Diego Poncelet desafía las leyes elementales de la supervivencia. Nacido en Ciudad de México en 1999, pero criado y competidor bajo bandera española, el patinador sabe que en ese umbral el aire deja de ser una caricia transparente para transformarse en un muro denso y hostil.

A una velocidad donde cualquier vehículo a motor rozaría la infracción en autopista, su cuerpo queda reducido a una escultura milimétrica: las rodillas flexionadas contra el pecho, la barbilla casi acariciando la lija del monopatín y la mirada clavada en las líneas blancas del asfalto canadiense de la Route des Éboulements.

Apenas hay visibilidad hacia adelante. Mover un solo dedo o levantar levemente el torso significaría salir despedido por la violencia del impacto contra la atmósfera. Sin embargo, en el epicentro de semejante tormenta sensorial, Poncelet no experimentó el pánico del abismo, sino una calma insólita.

Diego Poncelet bate el récord del mundo de velocidad.

"Cuando va bien es como una meditación a altas consecuencias: es como si el viento te rodeara y se cerrara perfectamente detrás de ti, como estar en un capullo", confiesa el bicampeón mundial hispanomexicano en una entrevista con EL ESPAÑOL.

Solo en el instante final, cuando la pendiente cede y el cuerpo se yergue para frenar con el propio pecho, estalla la sacudida: "Es justo ahí cuando te das cuenta de la violencia del viento. Todo patinador busca justamente ese estado de flow donde todo se alinea".

Poncelet acababa de detener el cronómetro en 151,83 km/h. Se convertía oficialmente en el skater más rápido de la historia sobre la faz de la tierra.

La obsesión de los 150 km/h

La conquista del Guinness World Records guarda en su trastienda una paradoja fascinante. El deportista de Red Bull no necesitó apurar los plazos para quebrar la plusmarca planetaria: en su primera bajada de reconocimiento en Charlevoix registró 146,88 km/h.

Con esa marca ya había desbancado el registro histórico anterior, pero en la línea de llegada no hubo descorche de champán ni abrazos efusivos. Hubo silencio y una mueca de inconformismo que descolocó por completo a los ingenieros y técnicos desplazados a Quebec.

Diego Poncelet, durante su intento de batir el récord del mundo. RED BULL

"No me valía esa marca y, de hecho, no celebré nada. El equipo se quedó confuso, pensaban: "¿A este tío se la suda o qué?". Pero es que tenía una obsesión personal con la idea de los 150 kilómetros por hora específicamente", relata Poncelet.

Una meta tan desmesurada que ni siquiera se atrevía a pronunciarla en voz alta: "No me lo admitía ni a mí mismo porque pensaba que igual no era posible. Supongo que lo hacía de forma cobarde para no decepcionarme; me decía que con el récord estaría contento, pero batí el récord y no lo estaba. Tuve que seguir".

Poncelet esperó cinco días encerrado a que el vendaval canadiense diera una tregua. Sabía que el anterior récord, establecido nueve años atrás, se había logrado con una racha de cola de 43 km/h y sobre un pavimento intacto. Él había rozado los 147 km/h sin viento y sobre una calzada castigada por el invierno ártico.

Diego Poncelet, durante la entrevista con EL ESPAÑOL. Diego Radamés

"Me daría mucha rabia que, habiéndonos preparado tan bien con el equipamiento, la técnica y todo el equipo, por una cuestión ajena no fuéramos más allá de batir la marca por un poco, cuando claramente teníamos para mucho más".

La paciencia dio sus frutos: con una brisa favorable de apenas 14 km/h, la barrera psicológica saltó por los aires. Era la culminación de un sueño que nació a los catorce años, cuando vio por primera vez a unos chicos descender colinas sobre tablas largas, jurándose a los diecisiete que algún día sería el más rápido.

El fuego del miedo

Convivir con la certeza de que un milímetro de asfalto en mal estado puede costar la vida exige una arquitectura mental poco común. Para Poncelet, el miedo no es un paralizador que deba erradicarse mediante la insensibilidad, sino una brújula biológica de precisión.

"Todos vivimos con miedo durante la vida por diferentes motivos; la clave es cómo nos relacionamos con él. Todo deportista extremo aprende a darle la vuelta, a intentar verlo como un fuego que te impulsa más allá de tus límites. En ese contexto retos como este se convierten en algo posible. De hecho, no quiero no tener miedo: el miedo es parte del juego", explica.

Diego Poncelet bate el récord del mundo de velocidad. RED BULL

Su pulso contra el asfalto es una elección vital: "Hay gente que busca más seguridad y comodidad, y otra gente a la que le da más miedo justamente el hecho de no aprovechar a fondo la existencia. El miedo de la bajada se queda corto en comparación con lo que sería desaprovechar el tiempo que tenemos aquí".

Poncelet encuentra en la velocidad pura una pureza que no halla en la rutina diaria: "Es como ser un funambulista: o te sostienes o te caes. En la vida en general solemos mentirnos un poco para sentirnos bien, pero en el patín el momento de la verdad es constante", dice.

Diego Poncelet, durante su entrevista con EL ESPAÑOL. Diego Radamés.

"Al momento de bajar te das cuenta de si de verdad sabías hacerlo o no; si no sabías, te quedas ahí. Esa relación directa con la realidad me apasiona", añade.

Es una pulsión que su propia familia ha terminado por asumir como un rasgo genético. "Están preocupados, claro, pero saben que no pueden hacer nada. Mi madre siempre dice que es mi naturaleza, que no serviría de nada oponerse. Se lo toman bien porque saben que lo hago desde un punto de absoluta lucidez y no de inconsciencia".

El laboratorio invisible

Detrás de los 151,83 km/h se esconde un trabajo de ingeniería aerodinámica y biomecánica casi quirúrgico.

Se probaron una veintena de cascos en simulaciones CFD de dinámica de fluidos, la marca Prada Linea Rossa confeccionó zapatillas y guantes asimétricos con absorción de vibraciones D3O y la tabla incorporó un carenado aeroespacial.

El equipo de Diego Poncelet trabaja en el reto. RED BULL

Incluso el entrenamiento rompe los moldes tradicionales: en el gimnasio el objetivo no es afinarse, sino ganar masa muscular para que la fuerza de la gravedad juegue a favor en la pendiente. Sin embargo, para el plusmarquista, la diferencia entre la gloria y el hospital reside en lo que no captan las cámaras de televisión.

"Puse siempre muchísima importancia en las cosas que no se pueden ver: la coordinación, el equilibrio fino, la percepción de la profundidad... Eso es lo que distingue a un buen atleta de uno excelente. Y después, una visualización mental exhaustiva para que en el momento de la bajada no haya una sola duda".

Poncelet memorizó cada una de las grietas y baches del tramo canadiense. Sabía que las ruedas blandas de uretano absorberían las piedrecillas sueltas, pero una hendidura en el firme a esa velocidad desestabiliza cualquier apoyo.

Diego Poncelet, durante su intento de batir el récord del mundo. RED BULL

"Si no hay viento, estaba bajo control totalmente; podría haber hecho la bajada cien veces y haber salido bien las cien. El peligro real es cuando entra un elemento externo: si vas a 130 km/h y te golpea una racha lateral de 30 km/h, te caes y no depende de ti. En los deportes extremos hay que controlar lo controlable y aceptar lo imprevisible", dice.

Superada la gesta, cuando el eco de las ruedas se apaga y el cartel luminoso certifica la cifra histórica, sobreviene el vértigo del vacío. ¿Qué queda cuando tachas la meta que vertebró tu juventud? "Cuando consigues un hito como este, lo primero que pensé fue: ¿Y ahora qué? Toda esta obsesión durante años, ¿en qué pienso ahora?", admite.

Diego Poncelet, durante la entrevista con EL ESPAÑOL. Diego Radamés.

Lejos de acomodarse en el trono, Poncelet ya mira a nuevas pendientes aún por asfaltar y a proyectos audiovisuales donde seguir narrando la verdad desnuda del monopatín.

"La suerte es que ahora con Red Bull tenemos las herramientas para soñar ideas locas y hacer que ocurran. El año que viene va a ser muy divertido". El fuego, lejos de apagarse, sigue quemando por dentro.