Uno, el Sevilla, se vio con el partido en el bolsillo, sacando billete para la final –previo paso por el Sánchez Pizjuán– y relajadito, en el sofá, con los pies encima de la mesa, un puro y, quizás, una copa. Sin embargo, al final, y tras la segunda parte, esa pose imaginaria devino en una sonrisa a media hasta. Pudo sacar más, sí, y lo sabe. La felicidad, por tanto, no es completa. Qué se le va a hacer, acabó compartiendo gesto con su rival. Porque el otro, el Leganés, también se quiso ver en posición zen enfilando hacia el Wanda Metropolitano –si finalmente es la sede, como parece– con el cartel obligado de matagigantes. Y es normal: hizo el empate y, en determinados momentos, se creyó con capacidad para darle la vuelta al marcador, pero no consumó. Así es la vida. [narración y estadísticas: 1-1].



El alegrón inicial fue para el Sevilla, que venía de eliminar al Atlético de Madrid. Después de algunas jornadas de titubeó tras la destitución de Berizzo, resucitó en Copa –aunque siga palideciendo en Liga, empate mediante frente al Getafe (1-1), otro madrileño– y salió con confianza a Butarque. El cartel de atrapasueños de su rival no le intimidó. Saltó, se hizo con la pelota y empezó a mandar. Al menos, mientras le duró la gasolina a Banega. Tanto es así que el centrocampista argentino fue responsable del primero. Él fue el que inició la jugada y Sarabia el que dio el último pase a Muriel, que la puso en el palo largo y dejó a Champange mirando cómo la pelota se metía en su portería. 1-0 y todo por delante, pero con control hispalense.



Pero la dinámica cambió. Casualidad o no, mientras Champange atajaba cada una de las intentonas sevillistas, Sergio Rico, al otro lado, erró. ¡Y de qué manera! El portero trató de despejar un balón que parecía caído de Marte y, al lanzar el puño, no le dio. En su lugar, Siovas cabeceó dentro de la portería y anotó el empate. El cancerbero argumentó con sus gestos falta previa, pero dio igual: no se pitó. Y, a partir de ahí, todo fue distinto. Butarque, que minutos antes había visto a la afición hispalense –mejor dicho, a los Biris– lanzar bengalas al campo, se levantó en armas con su voz para aupar a los suyos. Y la remontada estuvo a punto de llegar.



El Leganés tomó el mando del partido, mantuvo la posesión y controló el esférico. Creó ocasiones, estuvo en disposición de hacer algún gol y de llevarse la eliminatoria encarrilada. No lo hizo. Ni las oportunidades fueron lo suficientemente claras ni tampoco el acierto. El partido murió con dos rivales que se supieron ganadores. Los locales llegaron a contemplar la remontada, la soñaron y la tocaron con la yema de los dedos. Pero se quedaron con las ganas. Esgrimieron una pequeña sonrisa, pero sin excesos. Saben que tendrán que jugarse el pase en el Pizjuán. Eso sí, ya saben lo que es hacerlo en el Bernabéu. Es decir, se saben el plan de memoria y cómo ejecutarlo. Sueñan, luego existen. 



Y lo mismo le ocurrió al Sevilla, que se supo superior durante gran parte del partido, pero acabó llevándose un empate. También, de algún modo, exhibió una sonrisa, pero muy tímida. No las tiene todas consigo. Ha hecho parte del trabajo al marcar fuera de casa y sabe que en el Pizjuán todo será más fácil. Gana, por tanto, el factor campo. Pero, ay, también vieron la eliminatoria contra el Madrid. Y no se fían. Por eso de las sensaciones encontradas; por eso que son unas semifinales de Copa.

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