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Gianni Infantino llegó al trono de Zúrich en 2016 con la firme promesa de enterrar para siempre los demonios de la corrupción. Su objetivo era blindar a la institución bajo un manto de absoluta transparencia tras la caída de sus predecesores.

Una década después, la mayor amenaza para el dirigente suizo no proviene de los despachos europeos que le dan la espalda públicamente, sino de la arquitectura de sus propias finanzas al otro lado del Atlántico.

La revelación, destapada en exclusiva por el diario británico The Times, de que habría percibido 1,76 millones de dólares adicionales en 2024 a través de FWC2026 US Inc. -la entidad creada en EEUU para gestionar el Mundial 2026- ha quebrado de un plumazo su narrativa oficial.

Este 'salario B', destinado presuntamente a financiar su residencia de lujo en Miami y sus gastos en Florida, no figuraba en el reporte anual suizo. En ese documento público, su remuneración declarada rondaba únicamente los 4,13 millones de dólares.

El problema real para el líder de la FIFA tras esta filtración no es de mera percepción pública o moralidad, sino estrictamente jurisdiccional.

Al trasladar su logística a Florida y cobrar honorarios a través de una filial constituida en suelo estadounidense, Infantino habría sacado voluntariamente sus ingresos de la opaca protección helvética. Ahora, lo ha sometido a la inquisitiva mirada de las autoridades fiscales.

Bajo el radar del IRS

La historia reciente de la caída institucional del fútbol moderno está ligada al uso de suelo, bancos y dólares estadounidenses.

Cuando el departamento de justicia de EEUU, liderado entonces por Loretta Lynch, asaltó el hotel Baur au Lac de Zúrich en 2015 desmantelando de un solo golpe a la cúpula directiva del fútbol mundial, lo hizo amparándose en una premisa legal clara. Los sobornos investigados habían transitado por el sistema financiero norteamericano.

Aquel episodio, bautizado como el FIFA Gate, demostró que la justicia helvética puede ser protectora, pero las autoridades federales de EEUU no perdonan cualquier irregularidad cuando el dinero pisa su territorio. Infantino parece haber olvidado la lección básica de sus predecesores.

Al constituir FWC2026 US Inc. como el brazo operativo para organizar la Copa del Mundo norteamericana, la FIFA se ve obligada por primera vez a operar bajo la rígida legislación corporativa de EE.UU.

Las organizaciones exentas de impuestos están sometidas a controles severos y deben presentar anualmente el formulario 990 ante el Internal Revenue Service (IRS), la Hacienda estadounidense.

Este documento exige desglosar con máxima precisión la remuneración de sus altos ejecutivos. Ocultar, maquillar o desviar beneficios personales -como el pago de alquileres millonarios sin justificación corporativa impecable- a través de una entidad en Florida no es una simple infracción subsanable.

Para el IRS, supone una bandera roja que atrae auditorías automáticas y severas sanciones federales. La "trampa americana" radica en que Infantino ha entregado él mismo las llaves de sus cuentas a la única maquinaria judicial que ha demostrado tener el poder supranacional para doblegar al fútbol.

La guillotina ética

Más allá del recorrido penal o fiscal que este entramado pueda tener en los tribunales de Norteamérica, el verdadero sismo político se está gestando a marchas forzadas dentro del propio sistema de justicia interno de la FIFA.

La ocultación de esos 1,76 millones de dólares de la empresa matriz representa una violación flagrante de los estatutos fundacionales de la organización.

Tras lo ocurrido en 2015, la FIFA reescribió de urgencia su reglamento estableciendo que cualquier remuneración de la alta dirección debe ser transparente, trazable y publicada en el reporte anual centralizado de Zúrich. Al externalizar una parte sustancial de sus ingresos hacia una filial americana, Infantino ha dinamitado su propio dogma.

Este escenario sobrevenido brinda a la oposición, liderada en la sombra por una UEFA cada vez más asfixiada por el polémico rediseño del calendario internacional, el pretexto que llevaban meses buscando.

Conviene recordar que Joseph Blatter y Michel Platini no fueron condenados inicialmente por la justicia ordinaria penal. Su caída en desgracia fue interna: el Comité de Ética de la FIFA los inhabilitó fulminantemente por un "pago desleal" de 2 millones de francos suizos que carecía de justificación documental sólida en las cuentas anuales.

La alarmante similitud de las cifras, el aparente oscurantismo a través de filiales y el evidente conflicto de intereses proporcionan ahora a los detractores de Infantino una "pistola humeante" ideal para exigir la apertura inmediata de un expediente disciplinario.

Fecha clave

El impacto destructivo de esta revelación para el actual mandatario se multiplica de forma exponencial por el implacable factor tiempo.

El reloj electoral de la FIFA avanza sin tregua hacia una fecha límite absolutamente crítica: el 18 de noviembre de 2026. Ese es el último día hábil permitido para que las federaciones miembro presenten candidaturas formales e intenten desafiar la reelección de Infantino para un nuevo mandato.

Dada la matemática electoral y el férreo control que el dirigente suizo mantiene sobre las pequeñas federaciones -cimentado durante años a través del riego de fondos millonarios del programa de desarrollo FIFA Forward-, derrotarle democráticamente en las urnas se antojaba una quimera inalcanzable.

Sin embargo, el escándalo fiscal de Miami cambia por completo las reglas de este juego de poder. Los opositores ya no necesitan desgastarse intentando convencer a las asociaciones de Asia, África o el Caribe para que cambien el sentido de su voto.

Su única misión ahora es lograr que la insoportable presión mediática, respaldada por la gravedad de la presunta infracción fiscal en Estados Unidos, fuerce a la Comisión de Ética a actuar de oficio.

Una suspensión cautelar inhabilitaría al presidente de manera automática, impidiéndole formalizar su candidatura a tiempo. Al final, la decisión de gestionar esos ingresos a través de Florida podría convertirse en un error de cálculo que le deje fuera de la carrera electoral a pocas semanas del cierre de listas.