Jorge Pacheco
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De aquel niño irreverente de pelo largo que saltaba las vallas del Vicente Calderón para corretear cerca de sus ídolos, ya solo queda el hambre. Hoy, Giuliano Simeone es la eclosión de una estirpe, una de las revelaciones de las últimas temporadas que llega al derbi madrileño por méritos propios.

En su paso hace unos meses por El Larguero, el joven atacante desnudó la complejidad de un apellido que no es un privilegio, sino una exigencia metabólica y un compromiso absoluto con el Atlético de Madrid.

Para Giuliano, la frontera entre el hogar y el trabajo es un muro infranqueable que se levanta cada mañana. El "cholismo" no admite zonas grises, y la jerarquía se impone por decreto profesional.

"Cuando entramos en los entrenamientos ahí en el Cerro del Espino y cruzamos esas puertas, él es el entrenador, yo soy el jugador y obviamente el jugador hace lo que el entrenador pide", explicaba.

La dualidad es total: solo al terminar la jornada, el estratega recupera su rol de progenitor. "Fuera del Cerro del Espino obviamente es mi papá y me quiere un montón como cualquier padre que quiere a su hijo", afirmó.

Sin embargo, la obsesión táctica de la familia no conoce tregua. Giuliano relataba con naturalidad cómo, incluso a las ocho de la mañana durante el desayuno, su padre utiliza vasos y cubiertos sobre la mesa para explicarle transiciones y movimientos defensivos. Esa intensidad se traslada al césped, donde el vínculo filial se disipa bajo el grito de mando.

"Cada vez que me habla, me echa la bronca o me dice una indicación, es como que me olvido de que es mi papá... estoy en la cabeza metida ahí 100% que estoy en mi horario de trabajo", confesó.

Giuliano Simeone celebrando un gol con el Atlético de Madrid. Europa Press

Lejos de resentir la dureza, Giuliano la procesa como combustible: "Me está echando la bronca porque obviamente me quiere corregir y quiere que lo haga mejor". Es consciente de que "Simeone como entrenador exige mucho, le saca el máximo rendimiento a sus jugadores y se desvive por ellos para querer mejorarlos".

Esta cultura del sacrificio le ha servido para blindarse ante un estigma que le acompaña desde la infancia. A pesar de que desde los 8 años convive con el comentario de "juegas porque eres el hijo de tu padre", Giuliano ha forjado su propia meritocracia.

Pese a la severidad del técnico, ensalza la figura del hombre: "Simeone como padre es como cualquier familia que cuida a sus hijos, que les da todas las herramientas posibles para que puedan seguir avanzando en sus vidas desde la humildad, el trabajo y el compromiso... es un papá muy pero que muy bueno".

El destino de Giuliano parecía trazado por una profecía familiar; ya su abuelo le vaticinó en Argentina que acabaría siendo extremo y vistiendo la albiceleste.

Más allá del linaje y el espejo del pasado, Giuliano ha demostrado que en el fragor de la batalla no juega el hijo del técnico; juega un futbolista con identidad propia que ha metabolizado el esfuerzo para ganarse el respeto del Metropolitano.