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El fútbol callejero y la pillería de barrio son especies en peligro de extinción en el balompié moderno. Sin embargo, las grandes estrellas de la última década todavía guardan en su memoria los trucos y la magia de sus inicios.

Es el caso de Isco Alarcón, el talentoso centrocampista malaguista que, a sus 34 años, cuenta con una de las trayectorias más estéticas y laureadas del fútbol español.

Repasando la biografía del jugador de Arroyo de la Miel, siempre sale a la luz una de las confesiones más divertidas e insólitas de sus primeros pasos en el deporte, desvelada en una extensa e íntima entrevista concedida a la Revista Líbero en su edición de invierno de 2014.

En aquella charla, un joven Isco que por entonces maravillaba al Santiago Bernabéu recordó cómo su obsesión por el balón desbordaba cualquier normativa federativa.

Sencillamente, era tan pequeño que las reglas no le permitían competir de forma oficial con los equipos de su pueblo. La solución de su entorno fue tan rudimentaria como efectiva: "Me cambiaron la fecha de nacimiento para que pudiera jugar. Me sumaron 2 años y nadie se dio cuenta", confesó el futbolista.

Isco Alarcón, celebra un gol con el Real Betis Europa Press

Aquella pequeña falsificación infantil fue el salvoconducto para que el talento de Benalmádena empezara a foguearse antes de tiempo. Ese adelantamiento en su calendario vital no fue un capricho, sino la consecuencia lógica de un niño que vivía por y para la pelota, contagiado por la influencia de su hermano mayor.

"Mi hermano me llevaba a jugar con sus amigos", explicaba Isco en la citada entrevista, rememorando aquellas tardes en una pequeña plaza frente a su casa donde se moldeó su fútbol. Jugar contra rivales que le doblaban la edad y el tamaño le obligó a agudizar el ingenio y a esconder el esférico como nadie.

De ahí nació también su fuerte carácter competitivo y sus berrinches infantiles: "La verdad es que recuerdo que me cogía unos cabreos tremendos cuando se suspendían los partidos por la lluvia o algo así. Tenía ganas de jugar a todas horas".

A pesar de la pillería de la edad y del instinto de supervivencia en el asfalto, Isco siempre defendió que su estilo asociativo nació de forma natural en la infancia: "Jugaba como ahora, intentando divertirme... Regateaba pero también la pasaba. Si veía un compañero solo para meter gol, se la pasaba".

Aquel niño que burló a la federación sumándose dos años terminó demostrando que el talento no entiende de documentos de identidad, sino de pura pasión callejera.