En febrero de 2016, cuando las cenizas del caso FIFAgate aún humeaban en la sede central de Zúrich, un abogado italo-suizo llamado Gianni Infantino asumía la presidencia del fútbol mundial prometiendo devolver la transparencia a una institución carcomida por la corrupción.
Apenas unos meses más tarde, en septiembre del mismo año, un jurista esloveno de perfil sobrio, Aleksander Ceferin, tomaba las riendas de la UEFA tras el vertiginoso colapso político de Michel Platini.
Dos abogados, formados en el intrincado engranaje jurídico de las federaciones europeas, estaban llamados a colaborar estrechamente para salvar al deporte rey de la devastación reputacional. Ahora, una década después, aquel matrimonio institucional de conveniencia ha saltado por los aires de forma definitiva.
La confirmación de Ceferin en el pódcast The Rest is Politics rechazando aspirar a la presidencia global del organismo en las elecciones de 2027 ha certificado una ruptura estructural.
Al descartar su propia candidatura para mantener intacta su autoridad moral y reafirmar el cierre de su ciclo continental en 2027, el esloveno ha dejado al descubierto las ruinas de una alianza de 10 años.
Lo que comenzó como un esfuerzo coordinado para profesionalizar las instituciones deportivas se ha transformado en un cruento conflicto geopolítico por el control del negocio, la soberanía sobre los calendarios y la gobernanza del fútbol global.
El pacto de las ruinas (2016-2019)
Durante el primer trienio posterior al escándalo de las detenciones del hotel Baur au Lac, la sintonía entre Zúrich y Nyon parecía ser el pilar fundamental de la estabilidad institucional.
Infantino, que venía precisamente de ejercer como secretario general de la UEFA durante la era de Platini y que contó con el apoyo unánime del continente para ascender a la FIFA, conocía al milímetro los entresijos del fútbol europeo.
Por su parte, Ceferin asumía el mando en Nyon con el objetivo prioritario de proteger la hegemonía y el ecosistema de los clubes del continente frente a cualquier injerencia externa.
Infantino, tras ser elegido presidente de FIFA en 2016.
En esta etapa inicial, la relación operó bajo un pacto tácito de no agresión y colaboración mutua. Ambos dirigentes compartían la urgencia de proyectar una imagen renovada y democratizadora, promoviendo reformas estatutarias, la limitación de mandatos y controles financieros más estrictos.
La UEFA apoyó las reformas administrativas de la FIFA y la reestructuración de los programas de desarrollo federativo.
Durante este periodo, la diplomacia se impuso a las diferencias de criterio: Europa mantenía su liderazgo deportivo e ingresos millonarios con la Champions League como producto estrella indiscutible, mientras la cúpula mundial de la FIFA se centraba en asegurar patrocinadores multilaterales y estabilizar el presupuesto de la entidad.
Sin embargo, bajo esa aparente armonía pública, germinaba una soterrada contienda por el control absoluto del mercado global, la saturación del calendario y la captación de grandes inversores internacionales.
Fractura del calendario (2020-2023)
El delicado equilibrio de fuerzas saltó por los aires cuando la expansión de los torneos e ingresos comerciales de la FIFA pasaron a colisionar directamente con los intereses de las ligas y confederaciones continentales.
El primer gran punto de inflexión se produjo cuando la directiva de la FIFA intentó impulsar el polémico proyecto de celebrar el Mundial de selecciones cada dos años, una iniciativa promovida por Arsene Wenger que desató la indignación unánime del fútbol europeo y sudamericano.
Ceferin entendió aquella propuesta como una agresión directa al valor comercial y deportivo de la Eurocopa, además de un atentado contra la salud de los futbolistas.
UEFA llegó a amenazar con boicotear las competiciones de la FIFA si el plan prosperaba, forzando a Infantino a dar un paso atrás. No obstante, la tensión lejos de amainar se profundizó con la crisis de la Superliga europea en abril de 2021.
Infantino saluda a Ceferin durante un congreso.
Aunque formalmente mantuvieron un frente común para frenar la escisión de los doce clubes rebeldes, las desconfianzas mutuas se volvieron irreparables. En Nyon floreció la sospecha de que la directiva de Zúrich había mantenido contactos paralelos e informales con los promotores del proyecto separatista antes de su anuncio público.
A partir de ese momento, el diálogo constructivo quedó enterrado. La FIFA aceleró unilateralmente la creación del nuevo Mundial de Clubes de 32 equipos, saturando un calendario internacional al límite de su capacidad y llevando a ligas continentales y sindicatos de jugadores a interponer demandas por la vía del derecho laboral.
Las reuniones bilaterales pasaron de ser espacios de concertación estratégica a distantes actos de mero protocolo.
El portazo final (2024-2026)
La batalla definitiva entre Infantino y Ceferin terminó estallando en el terreno financiero y en el modelo corporativo del deporte. La gota que colmó el vaso fue el plan de la FIFA para dar entrada a capital privado en la explotación de los derechos de sus grandes torneos internacionales.
Esta maniobra fue calificada por el propio Ceferin como "peor e incluso más peligrosa que la Superliga", al suponer una privatización encubierta del patrimonio del fútbol.
Este choque institucional derivó en una rebelión diplomática inédita. La UEFA unió fuerzas con la CONCACAF y la AFC asiática en un manifiesto conjunto exigiendo la vuelta a la transparencia y la gobernanza colegiada.
Infantino habla con Ceferin.
El aislamiento europeo de Infantino se hizo evidente cuando Ceferin descartó públicamente disputar el sillón de Zúrich en las elecciones de marzo de 2027, argumentando que su autoridad moral para descabalgar al actual presidente es infinitamente mayor si no actúa movido por el interés personal de sucederle.
Ceferin advirtió de que la oposición continental e internacional articulará una candidatura de consenso —con el canadiense Victor Montagliani emergiendo como una de las opciones de peso— para disputar el liderazgo de la FIFA en el Congreso de Marruecos.
Diez años después de haber entrado juntos de la mano para salvar las instituciones tras las ruinas del FIFAgate, la era Infantino-Ceferin se encamina hacia su epílogo. El fútbol mundial despide una década de transformación económica acelerada para adentrarse en su periodo de mayor fractura e incertidumbre política del siglo XXI.
