Han pasado ya unos años desde que el belga colgó las botas de manera definitiva, pero su inconfundible sonrisa y su forma desenfadada de entender el mundo permanecen intactas. Eden Hazard, quien durante más de una década maravilló a Europa con sus regates imposibles y su talento innato, ha cambiado la presión de los grandes estadios por la tranquilidad absoluta del hogar.
Alejado del césped y de la constante lupa mediática, el exjugador disfruta hoy de un retiro sosegado donde sus prioridades han dado un giro de ciento ochenta grados.
El mediapunta dejó una huella profunda en la historia reciente del fútbol europeo. Tras irrumpir como un joven prodigio en el Lille francés, alcanzó el estrellato mundial vistiendo la camiseta del Chelsea. En Londres se consagró como uno de los mejores futbolistas del planeta, convirtiéndose en el líder indiscutible del equipo.
Más tarde llegó su soñado fichaje por el Real Madrid, aunque las continuas lesiones y la falta de regularidad no le permitieron brillar en el Santiago Bernabéu como él y la afición esperaban. Sin embargo, al dar un paso al lado y retirarse, Hazard ha sabido encontrar la felicidad plena lejos de la exigencia de la élite.
Hoy en día, su rutina está a años luz de las concentraciones, las cámaras y los entrenamientos de alta intensidad. En una profunda y sincera entrevista concedida hace tiempo al diario británico The Guardian, el exinternacional belga habló sobre su día a día, dejando claro que el glamour del fútbol ha dado paso a la más absoluta normalidad familiar.
"Mi vida es bastante sencilla. Me quedo en casa y disfruto de las cosas simples con mi mujer y mis cinco hijos. Ahora mismo soy más taxista que futbolista, pero está bien", confesaba entre risas, demostrando esa naturalidad que siempre le hizo tan querido en el vestuario.
A pesar de que su etapa deportiva en el conjunto blanco fue agridulce, el vínculo que formó con la capital de España ha sido definitivo. Lejos de buscar un retorno a Inglaterra o a su Bélgica natal, Hazard ha decidido establecerse en la península. "Madrid sigue siendo mi residencia habitual por la familia, los niños, el clima y la comida", detallaba, reafirmando que ha encontrado el ecosistema perfecto para ver crecer a sus hijos.
Alejarse del fútbol le ha otorgado una perspectiva diferente sobre el paso del tiempo. Ya no hay calendarios frenéticos, sino una apreciación constante del presente. "La vida pasa muy rápido, especialmente en el fútbol. Ayer tenía 19 años y hoy tengo 35. Hay que disfrutarla, no solo en el fútbol sino en todo", reflexionó con cierta nostalgia, pero con la madurez de quien ha sabido cerrar una etapa.
Sin rencores ni cuentas pendientes con el pasado, Eden mira hacia adelante sin grandes ínfulas. No planea sentarse en los banquillos ni convertirse en un obsesivo analista. Su gran objetivo vital es puramente humano: "Solo quiero que me recuerden como un buen jugador y un tipo divertido. No necesito nada más. Veo mi vida como un abuelo feliz, con el pelo blanco, rodeado de mis hijos. Esa es la vida que quiero".
