Detrás de cada gran estrella del fútbol mundial siempre se esconde una conmovedora historia de sacrificio cultivada en el más absoluto anonimato. En el caso de Pedro Porro, el lateral derecho que hoy deslumbra a Europa con su tremenda entrega, esa raíz humilde tiene un nombre propio: Antonio Sauceda.
Desde Don Benito, este abuelo ha conmovido a todo el país con declaraciones repletas de amor, demostrando que los éxitos de su nieto no se miden en títulos ni en contratos millonarios, sino en los abrazos pendientes tras la distancia.
La íntima relación entre Antonio y Pedro trasciende lo estrictamente familiar; es un pacto inquebrantable forjado en el esfuerzo diario de la Extremadura rural. "Nos vamos a fundir en un abrazo, porque para eso estamos, para querernos", confesaba un Antonio visiblemente emocionado al imaginar el reencuentro con el talentoso futbolista.
Él mismo explicaba la inmensa satisfacción que siente por ver a su nieto en lo más alto del panorama deportivo, recordando siempre a su compañera de vida: "Lo he criado con mi mujer, que en paz descanse. Que él triunfe es mi mayor ilusión; se lo merece".
Antonio rememora con nostalgia el tremendo impacto de su pérdida, asegurando que el día que falleció, el propio Pedro decía que no se había muerto su abuela, sino que se había muerto su madre. Por ello, Antonio admite con el corazón en la mano que daría su vida entera porque ella hubiera podido vivir este momento histórico.
Pedro Porro:
Este meteórico camino hacia la élite profesional comenzó en humildes campos de tierra batida con entrañables promesas infantiles. Antonio relata detalladamente cómo incentivaba al pequeño Pedro cuando apenas era un niño de cuatro años: por cada gol anotado, le prometía un caramelo y un euro.
Con una sonrisa en el rostro, recuerda que hubo tardes en las que el niño marcaba cinco goles y lo dejaba completamente sin dinero, obligándolo los fines de semana a ir a buscar espárragos silvestres para venderlos y poder pagarle lo prometido.
A pesar del éxito, los focos mediáticos y la tremenda distancia que hoy los separa debido a los compromisos internacionales, las viejas costumbres no cambian entre ellos. Pedro llama a su abuelo diariamente a primera hora de la mañana para mantenerlo al tanto de todo.
Antonio explicaba con inmenso orgullo que el futbolista lo telefoneó muy temprano mientras estaba con el fisioterapeuta, simplemente para ver cómo estaba él de salud, y no para contarle sus propias vivencias en la élite.
Aunque Antonio no pudo viajar a los últimos partidos por prescripción médica debido a sus problemas respiratorios, su empuje fue un motor invisible desde la distancia. Él mismo relató que se acordó de todo el proceso al ver marcar a su nieto: "Me quedé helado con su gol, pero le empujé hacia la portería desde la televisión de mi casa. Ya vendrá a verme".
Para Antonio, el jugador no es un ídolo global inalcanzable, sino que concluye emocionado diciendo que es "mi vida, mi corazón, mi ilusión y lo mejor que Dios me ha dado".
