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Ismael Saibari es uno de esos futbolistas cuya biografía se lee casi como un pequeño relato de migración, resistencia y pertenencias múltiples.

Antes de ser el goleador que ha llevado a Marruecos a codearse con las potencias del Mundial, fue el niño nacido en Terrassa al que los médicos advirtieron de que quizá no podría caminar con normalidad y cuya familia tuvo que rehacer su vida lejos de España.

Su infancia arranca en la periferia catalana, en Can Parellada, entre colegios públicos y campos modesto donde el balón fue apareciendo a la vez que se resolvían sus problemas físicos.

En varias entrevistas, Saibari ha recordado cómo una malformación congénita en los pies le obligó a usar aparatos para andar y cómo sus padres vivieron esos años con la prioridad de que pudiera moverse sin ayuda, antes incluso de pensar en el fútbol.

Esa perspectiva la resume con una frase que desarma cualquier épica simplona: "Yo solo quería llevar una vida normal, no necesariamente llegar a ser futbolista".

La España de su niñez no solo le dio sus primeros partidos, también el contexto de la primera gran decisión familiar. Con el inicio de la crisis financiera, su padre -transportista- empezó a temer por su empleo mientras su madre comprobaba que la pequeña tienda y el pan que horneaba no bastaban para sostener la casa.

En una entrevista con el diario holandés Algemeen Dagblad, Saibari lo recordaba con una mezcla de nostalgia y lucidez: "Me gustaría volver a vivir a España algún día. Allí cursé parte de primaria y empecé a jugar al fútbol. Mi padre transportaba mercancías, pero temía perder su empleo y, aunque mi madre tenía su propia tienda y horneaba un pan delicioso, no podíamos vivir solo de eso".

Ismael Saibari, en el Mundial con Marruecos. Reuters

De esa situación nace el salto a Bélgica, que le abre la puerta de las academias profesionales y, más tarde, de la Eredivisie.

Pero la mudanza nunca borró sus raíces. Saibari crece en un hogar marroquí donde la memoria del norte de África, la lengua y las historias familiares conviven con la experiencia escolar y futbolística en España y Bélgica.

Por eso, cuando le llega la hora de elegir selección, su respuesta remite a lo que sentía de niño más que a un cálculo de carrera. "Desde niño siempre he dicho que quería jugar para Marruecos porque mis padres son de allí. Siempre ha sido mi sueño y no he deseado otra cosa", confesaba.

En otra declaración, añadía que también pudo optar por España, Bélgica o Países Bajos, pero que hacerlo por Marruecos fue "una decisión del corazón".

Hoy, cada gol con los Leones del Atlas cierra ese círculo: el chico que empezó a patear la pelota en Terrassa, que caminó junto a sus padres rumbo a Bélgica buscando una vida mejor y que escuchó durante años historias de Marruecos en la mesa familiar, se ve a sí mismo como el representante natural de ese país.