Álvaro Arbeloa cerró frente al Athletic Club el que, sin duda, era el sueño de su vida: sentarse en el banquillo del primer equipo del Real Madrid. Sin embargo, la cúspide de su carrera como entrenador ha terminado siendo un viaje efímero y volcánico de apenas 130 días.
Un idilio que comenzó en enero como el relevo de Xabi Alonso y que ha concluido de forma prematura en mayo, confirmando su adiós a la que siempre fue su casa. El técnico salmantino, forjado en la paciencia y el mimo formativo de La Fábrica, acabó engullido por la implacable trituradora del Santiago Bernabéu, un ecosistema devorado por la urgencia del resultado inmediato donde los procesos son un lujo prohibitivo y la paciencia no existe.
El desembarco de Arbeloa en la élite se produjo sin anestesia ni pretemporada, arrojándolo a los leones desde el primer día. Su debut se saldó con una dolorosa eliminación en la Copa del Rey ante el Albacete, un rival de Segunda División que dinamitó el primer objetivo del curso y encendió las alarmas.
En La Liga la inercia tampoco fue favorable, ya que el equipo pasó de acechar el liderato a solo cuatro puntos en el mes de enero, a descolgarse definitivamente a ocho tras una amarga derrota en el Clásico frente al FC Barcelona, un golpe que terminó por certificar el fin del campeonato doméstico.
Paradójicamente, el relato de estos 130 días guardó espacio para la épica en la Champions League, donde un técnico debutante fue capaz de agigantarse en las noches europeas. Arbeloa superó en las eliminatorias a dos titanes históricos de los banquillos como José Mourinho y Pep Guardiola, victorias estratégicas que inyectaron fuerza a un proyecto que, sin embargo, se hundía irremediablemente en el día a día.
El golpe de gracia llegó en los cuartos de final ante el Bayern de Múnich de Vincent Kompany, donde a pesar de tener la prórroga en la mano en Alemania, la expulsión de Eduardo Camavinga en el minuto 86 desmoronó el esquema defensivo, permitiendo que Luis Díaz y Olise sentenciaran un doloroso 6-4 global en el descuento.
Más allá de la pizarra, la gestión humana fue el verdadero talón de Aquiles de un proyecto que nació con demasiada prisa. En un club devorado por las urgencias, los incendios internos no tardaron en propagarse y saltar a la luz pública, evidenciando que el vestuario se había convertido en un polvorín indomable.
La estabilidad del vestuario se vio resentida por la creciente presión competitiva, manifestándose en desencuentros internos que alteraron la armonía del grupo. Hubo episodios complejos de gestionar, como las fricciones entre Rüdiger y Carreras, o una tensa discusión entre Tchouaméni y Valverde.
Este clima de desgaste también trajo consigo discrepancias con pesos pesados como el capitán Carvajal, falta de sintonía con Asencio y la pérdida de protagonismo de Ceballos, quien terminó el curso apartado de la dinámica del equipo.
Todo ello coincidió con un constante foco mediático sobre la vida extradeportiva de Mbappé, lo que terminó por desviar la atención de lo estrictamente futbolístico en el momento más crítico.
La cantera
A pesar del ruido mediático, los incendios internos y una hoja de servicios que se cierra sin títulos tras 28 partidos oficiales, desglosados en 18 victorias, dos empates y ocho derrotas, Arbeloa no traicionó sus raíces.
Ante la necesidad extrema y la falta de efectivos, el técnico miró hacia las categorías inferiores y convirtió a la cantera en su gran legado, demostrando que La Fábrica no era un recurso desesperado, sino el sello de identidad con el que quería salvar el barco.
Bajo su breve mandato, Thiago Pitarch se asentó como un habitual en las convocatorias del primer equipo, mientras que Manuel Ángel disfrutó de minutos de calidad tanto en el campeonato doméstico como en las exigentes noches de la Champions.
La valentía del entrenador salmantino también se tradujo en la titularidad de David Jiménez en un escenario tan imponente como Mestalla, la irrupción inicial de Jorge Cestero, las seis apariciones de César Palacios y los debuts testimoniales pero significativos de Daniel Mesonero y Álvaro Leiva.
El sueño de su vida se apagó rápido, consumido por la prisa y la tiranía de los resultados, pero en mitad del colapso, Arbeloa deja una semilla plantada para el futuro del club, despidiéndose con la esperanza de que este adiós sea solo un hasta luego.
