A. M.
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Dani Olmo siempre ha tenido claro que, detrás de cada paso decisivo de su carrera, estaban sus padres sosteniéndole en silencio, empujándole cuando tocaba y frenándole cuando hacía falta.

Dani Olmo creció en una familia en la que el fútbol era casi una forma de estar en el mundo: su padre, Miquel, fue futbolista y después entrenador de Terrassa FC y CE Sabadell, y su hermano Carlos también se dedicó al balón.

Él mismo reconoce que no recuerda haber querido ser otra cosa que futbolista, una vocación que se fue forjando entre entrenamientos, consejos paternales y el arropo constante de su madre, Dorita.

Dani Olmo celebra el gol marcado ante el Espanyol. EFE

Esa mezcla de exigencia y cariño le llevó pronto a destacar hasta entrar en La Masia con apenas 13 años, donde comenzó a asomarse al fútbol de élite sin perder de vista el entorno familiar que le había traído hasta allí.

Desde pequeño, la figura de su padre fue clave para entender el juego y aceptar las críticas como parte del crecimiento, algo que él mismo subraya: "Nunca tuve problemas en escuchar tanto lo bueno como lo malo que tuviera que decirme mi padre", comentó en una entrevista en la revista ICON.

Marcharse de casa

El gran giro llega cuando, con solo 16 años, decide dejar la cantera del Barça para fichar por el Dinamo de Zagreb, una de las decisiones más arriesgadas y singulares de su generación.

Olmo recuerda así aquel salto a Croacia: "Era un cambio grande y poco común, pero el Dinamo había demostrado que quería apostar por mí y tenía el ejemplo de muchos jugadores que habían salido de allí y que son referentes a nivel mundial". 

En esa aventura, el reparto de roles fue muy claro: el padre y el hermano se quedaron en Terrassa, pero su madre hizo las maletas y se marchó con él a Zagreb. Olmo no esconde que aquella etapa fue exigente en lo personal.

"Hubo momentos complicados, porque significaba salir de la zona de confort. Estábamos un poco solos, mi madre y yo. Bueno, si hablas con ella seguro que podrá contarte muchas cosas, pero todas serán positivas. Siempre que hablamos de aquello, se le escapa alguna lagrimilla". 

Aprender, madurar y proteger el círculo cercano

La experiencia croata no solo le consolidó como futbolista, también le obligó a crecer a marchas forzadas. En Zagreb aprendió croata, fue elegido mejor jugador de la liga con 20 años y, sobre todo, terminó de forjar su carácter dentro y fuera del campo. Él mismo lo resume sin rodeos: "Tuve que aprender y madurar más rápido de lo habitual".

En el trasfondo de esa madurez acelerada vuelven a aparecer sus padres, tanto por el sacrificio de su madre acompañándole en Croacia como por el trabajo de su padre a distancia, ayudándole a leer los partidos y a entender que cada paso tenía consecuencias.

Esa educación familiar también explica por qué, pese a la exposición mediática y al éxito, Olmo mantiene un círculo muy reducido de confianza.

Lo cuenta con claridad al hablar de sus amigos de siempre, aquellos que le acompañan desde las categorías inferiores del Barça: "Hay mucha gente que puede acercarse por interés. Mi grupo de amigos es muy pequeño. Conoces a gente nueva, te mueves... pero el círculo sigue siendo muy cerrado. Al final, te presentan a muchas personas, pero los de siempre son los que van a estar". 

De Zagreb al Leipzig

Tras convertirse en figura del Dinamo de Zagreb, el siguiente gran salto le llevó a la Bundesliga, donde el RB Leipzig apostó fuerte por él y le fichó por 34 millones de euros.

En Alemania, Olmo dio otro paso en su desarrollo: se consolidó en competiciones europeas, se acostumbró a la exigencia máxima cada tres días y se confirmó como un futbolista total, capaz de marcar diferencias tanto en su club como en la selección española. 

Su rendimiento en Leipzig y con la Roja le llevó a ser considerado una de las estrellas del combinado nacional, con elogios de figuras como Philipp Lahm y actuaciones decisivas en grandes torneos.

Hoy, ya de vuelta en el Barça y con 26 años, Olmo sigue construyendo una carrera marcada por decisiones valientes y por una madurez poco común para su edad, esa que empezó de niño en Terrassa, se aceleró en Zagreb junto a su madre y se consolidó en Alemania con la voz de su padre todavía presente en cada análisis de partido.