Publicada

Roberto Torres, histórico centrocampista de Osasuna, siempre se caracterizó por su perfil discreto en el campo y su prudencia fuera de él. Lejos del cliché del jugador derrochador, su manera de manejar el dinero demuestra que su prioridad era asegurar el futuro más que presumir en el presente.

En sus propias palabras, su trayectoria estuvo marcada por decisiones financieras tomadas "con sentido" y también por algún tropiezo empresarial del que sacó importantes lecciones.

Lo primero que hizo al firmar su primer contrato con el primer equipo fue cumplir un sueño muy concreto. "Lo primero que hice con mi primer contrato fue comprarme una casa", recordaba, destacando que era algo que había deseado "toda mi vida".

No lo vivió como un capricho, sino como una especie de seguro ante la incertidumbre del fútbol: "Dije: bueno, si este primer contrato que me ha dado el fútbol es el único que voy a tener, por lo menos hacer las cosas con sentido".

Esa decisión, tomada casi sin asesoramiento, se convirtió en uno de sus mayores orgullos: "Lo miro ahora y digo: pues qué bien, porque en ese momento nadie me asesoraba, lo hice un poco como yo creía".

Roberto Torres celebra un gol durante un partido con el Osasuna.

Su visión prudente contrastaba con lo que había visto en los vestuarios. "Con 30 años había un compañero que no tenía nada en propiedad y yo le decía: 'Estás loco, necesitas tener aunque sea un piso, que nunca sabes lo que te va a pasar en la vida".

Torres se veía a sí mismo como el contrapunto: un futbolista que prefería ladrillo y estabilidad emocional a coches de alta gama.

El recelo a los alquileres

A partir de aquella primera compra, su patrimonio fue creciendo de manera ordenada. "Luego sí que tengo otro piso en Arre, la casa en la que vivía yo y tal", explicaba. Con el tiempo, sí recurrió a profesionales: "Luego sí que he tenido un asesor, con el que ahora ya no trabajo, pero no por nada en concreto, sino porque ahora ya creo que no lo necesito tanto".

También diversificó algo más: "He invertido en fondos y eso", aunque reconocía que el mercado inmobiliario le generaba cada vez más recelos: "Con cómo está el tema del alquiler hoy en día, tan peligroso para los propietarios, dije: casi que no me apetece seguir alquilando".

De hecho, llegó a tener la casa alquilada "a un jugador de Osasuna hasta hace poco", pero terminó inclinándose por vender para "quitarse ese quebradero de cabeza".

No todas sus decisiones económicas fueron un éxito. Torres se lanzó también al emprendimiento con una tienda de material futbolístico, una franquicia de Fútbol Emotion en el centro de Pamplona.

"La abrimos con una ilusión tremenda, funcionaba al principio increíble", recordaba. Coincidió con las pretemporadas y la caja acompañaba: "Era como un crío: '¿Cuánto hemos hecho de caja?'… pensábamos: esto va a ser así siempre".

Una inversión fallida

La realidad fue otra. "Luego empezó a ir mal, a ir mal, porque al final una franquicia te va comiendo, te va comiendo, y tuvimos que cerrar con pérdidas", admitía con claridad. Aquello le dejó "desilusionado" hasta el punto de concluir: "Dije: no voy a montar nada más".

Sin embargo, el gusanillo del proyecto propio nunca desapareció del todo. En el momento de la entrevista, confesaba que tenía "en mente algo" relacionado con el deporte junto a Ivón, responsable del gimnasio donde entrenaba él y su mujer.

"A mí me apetecía también algo relacionado con eso", explicaba, pendiente de una reunión para ver "qué cosas tiene en la cabeza" su posible socio y "a ver si montamos algo bonito".

Lo que sí parecía claro es que el aprendizaje del pasado pesaba: menos ingenuidad ante las franquicias, más control sobre el negocio y, sobre todo, la misma idea de fondo que le llevó a comprarse aquella primera casa: que el fútbol, por muy largo que parezca, siempre se acaba, y que el dinero, si no se cuida, también.