C. S.
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Giuliano Simeone había aprendido muy pronto que en la casa de los Simeone no había espacio para las medias tintas ni para las zonas de confort. Cuando cumplió 18 años, la frase de su padre marcó un antes y un después: "Has cumplido 18 años, retírese de mi casa y hágase hombre".

Aquella orden, tan dura como directa, funcionó como bautismo de fuego para un chico que quería ser futbolista sin vivir a la sombra del entrenador del Atlético de Madrid.

Hasta ese momento, Giuliano había convivido con Diego Pablo Simeone en un entorno tan futbolero como exigente. El técnico, obsesivo con los detalles, llevaba esa intensidad también al hogar, donde todo giraba en torno al balón.

"No puedo vivir con mi padre", confesó el delantero, entre la risa y la sinceridad, al recordar cómo era la convivencia con el Cholo en los días previos a su mayoría de edad. No se trataba de una mala relación, sino de una exigencia constante que, según el propio Giuliano, terminaba por desbordar cualquier rutina familiar.

La escena que él mismo reconstruyó años después parecía de guion: el hijo que llega a los 18 esperando más libertad y el padre que, lejos de relajar el listón, lo eleva todavía más. "Cuando cumplí 18 años me dijo: 'Ya tienes 18, sal de mi casa y conviértete en un hombre'", relató el argentino al hablar de ese momento.

Giuliano Simeone celebra su gol contra el Eintracht. REUTERS

No hubo espacio para el sentimentalismo. Simeone entendía que, si su hijo quería un lugar en el fútbol profesional, primero debía ganarse el suyo como adulto lejos del paraguas familiar.

Giuliano asumió el mensaje como un desafío, no como un castigo. De repente tuvo que buscar casa, organizar su día a día y aprender a vivir sin la supervisión permanente del padre-entrenador.

Un tipo de identidad

En paralelo, peleaba por hacerse un hueco en el filial rojiblanco, rodeado de compañeros que lo miraban con lupa por llevar el apellido Simeone. "Es algo que en ocasiones lo veía raro, por lo que pensarían los otros de mí", reconoció sobre aquella convivencia en el vestuario bajo las órdenes de su propio padre.

La independencia no fue solo cuestión de mudanza, también de identidad deportiva. Cuando le tocó elegir el nombre para la camiseta, Giuliano tomó una decisión simbólica: renunciar al "Simeone" y quedarse solo con su nombre de pila.

"Siempre quise formar mi camino aparte del apellido", explicó. "Quiero que me conozcan como Giuliano". Ese gesto resumía el mismo impulso que había detrás de la decisión de su padre: empujarlo a construirse un nombre propio, sin atajos, sin privilegios.

Con el tiempo, aquella orden de "retírese de mi casa" se convirtió en una especie de mantra formativo. Giuliano entendió que el Cholo aplicaba en casa la misma filosofía que en el banquillo: esfuerzo, responsabilidad y carácter por encima de todo.

Lejos de guardar rencor, el delantero se definió incluso como "cholista", aunque admitió admiración por otros entrenadores como Pep Guardiola o Luis Enrique. En cada paso de su carrera, desde sus primeras convocatorias importantes hasta las cesiones para seguir creciendo, pesó esa lección temprana sobre lo que significaba hacerse hombre.

El argentino cuando recuerda el día en que su padre lo echó de casa, Giuliano lo cuenta con una mezcla de humor, respeto y gratitud. Sabe que aquella frase contundente lo obligó a madurar de golpe y a demostrar que no estaba en el fútbol solo por un apellido célebre.

El mensaje de Simeone fue tan claro como su estilo en la banda: nadie se gana el sitio durmiendo en casa de papá, ni siquiera si papá es el entrenador del Atlético de Madrid.