En la casa de los Ronaldo hay un nombre que, al menos de puertas para adentro, está prácticamente desterrado: Leo Messi.
"En casa no se habla de Messi. Cristiano sabe que detrás de estas puertas cesa la vorágine. Y que cuando cruza la puerta del exterior al interior él está protegido. Es aquí donde recarga baterías", explicaba la familia en una entrevista concedida a la revista francesa Le Magazine, de L'Équipe en 2018, en pleno apogeo de la rivalidad entre el portugués y el argentino.
Aquellas palabras, más allá del morbo, retrataban el clima de máxima presión que rodeaba a Cristiano y el papel de refugio que siempre jugó su madre, Dolores Aveiro, en medio de una batalla deportiva que marcó una época.
Cristiano Ronaldo, en el partido de Portugal ante la República de Irlanda.
En la misma conversación, la matriarca dejó otra reflexión que con el tiempo ha envejecido de forma curiosa. "Hay algunos que juegan hasta los 37 años. Cristiano no es una máquina, pero seguirá jugando mientras pueda hacerlo, creo que durante unos 3 o 4 años más", afirmó entonces, cuando su hijo ya era una leyenda del Real Madrid y se discutía cuánto duraría su reinado en la élite.
Hoy, con el portugués superada con creces esa barrera y todavía en activo, la frase se ha quedado corta: el delantero ha desmentido cualquier límite lógico y ha llevado al extremo esa promesa implícita de seguir mientras el cuerpo aguante.
Una madre sufridora
Esa mezcla de protección y exigencia viene de muy atrás. Dolores Aveiro nunca ha ocultado lo duro que fue dejar marchar a su hijo desde Madeira a Lisboa siendo apenas un niño.
"Me arriesgué cuando envié a mi hijo con 12 años a Lisboa. No fue nada fácil. Sentí que lo estaba abandonando -dice la madre del delantero en 'Ronaldo, el documental'- pero fue por una buena causa", recuerda, en alusión al salto de Cristiano al Sporting, el club que lo lanzó al escaparate europeo.
Era el más pequeño de la casa y la decisión partió literalmente a la familia, pero también abrió el camino que lo llevaría a convertirse en uno de los mejores jugadores de la historia.
Un hijo no esperado
La propia Dolores contextualiza ese sacrificio en una vida marcada por la escasez. "Trabajé duro para criar a cuatro hijos, y a él no lo habíamos buscado, pero ese hijo me trajo muchas alegrías. Ahora bromeamos. Todo lo que tengo se lo debo a él", admite.
Cristiano fue, como ella misma ha contado, un niño no esperado en una familia sin recursos, al que incluso llegó a plantearse no traer al mundo, pero que terminó convirtiéndose en el sostén económico y emocional del clan Ronaldo.
Esa historia de superación ayuda a entender también la sensibilidad con la que la madre gestiona las críticas y los altibajos del delantero. Dolores ha reconocido que sufre con los ataques que recibe su hijo y que antes de los grandes partidos se arrodilla y reza, incapaz de controlar los nervios mientras el resto del planeta analiza cada gesto del portugués.
Entre la devoción, el orgullo y una cierta sobreprotección, la figura de la madre aparece siempre como el ancla que mantiene a Cristiano ligado a sus orígenes pese al ruido constante que lo rodea.
Hoy, ese niño que se fue de Madeira con 12 años continúa escribiendo capítulos de una carrera interminable en Arabia Saudí. Instalado en el fútbol saudí, Cristiano ha encontrado un nuevo escenario para alimentar su voracidad goleadora y seguir derribando marcas, tanto a nivel de clubes como con la selección portuguesa, donde sigue ampliando su registro de partidos y goles internacionales.
Una carrera imparable
Cada récord que cae refuerza la sensación de que su carrera desafía cualquier pronóstico, incluida aquella prudente previsión de su propia madre que lo situaba cerca del final a los 37.
Mientras tanto, Dolores sigue a su manera ligada al día a día de su hijo, ya sea viajando para acompañarlo, hablando puntualmente en medios o celebrando en redes sociales cada hito que consigue.
Para ella, el chico que un día se marchó solo a Lisboa y al que sintió que abandonaba no ha dejado de ser "el pequeño Jesús" que salió de una infancia dura para sostener a toda una familia.
Y aunque en su casa no se pronuncie el apellido Messi, la carrera de Cristiano -desde Madeira a Arabia, pasando por Lisboa, Mánchester, Madrid y Turín- se entiende también a través de esa sombra rival y de la voz firme de una madre que, entre miedos y renuncias, apostó todo por su hijo.
