José Manuel Jurado había sido uno de esos centrocampistas finos que se movían entre líneas con una naturalidad que parecía innata, criado en la cantera del Real Madrid, proyectado en el Atlético y viajero del fútbol por media Europa y Asia.
Tras su retirada en 2020, había cambiado los focos de los grandes estadios por una vida más tranquila en familia, caballos en El Rocío y un nuevo terreno de juego: el de las inversiones.
Desde esa perspectiva hablaba en el podcast Los Fulanos, donde dejaba ver una mentalidad pausada, autocrítica y, sobre todo, prudente con el dinero ganado durante su carrera.
En el programa, Jurado explicaba que su patrimonio no se apoyaba en una única gran apuesta, sino en "un poquito de varias cosas", combinando inversiones inmobiliarias, participaciones en proyectos empresariales y productos financieros.
Reconocía que, una vez colgadas las botas, buscaba "cosas que salen interesantes", desde operaciones en inmuebles hasta iniciativas de corte más empresarial, siempre con la idea de diversificar y no depender de una sola fuente de ingresos.
Jurado celebra un gol con el Atlético de Madrid.
Ese enfoque, contaba, le permitía mantener una cierta estabilidad mientras disfrutaba del tiempo con su familia y sus aficiones lejos del césped.
Jurado insistía en que su filosofía como inversor partía de una premisa muy simple: saber de lo que uno no sabe. "Hay que ser inteligente en la vida y saber que tú has sido futbolista y que de todo no puedes entender", señalaba, reivindicando el viejo lema de "zapatero, a tus zapatos".
Fiel a sus ideas
Por eso, subrayaba, no se había planteado convertirse en empresario "a la vez" que futbolista, ni jugar a ser experto en todo de la noche a la mañana.
Asumía que su conocimiento profundo había estado en el campo y que, fuera de él, resultaba más sensato rodearse de profesionales que compensaran sus carencias.
"Me apoyo en los mejores", resumía al hablar de cómo gestionaba sus decisiones patrimoniales. Explicaba que buscaba asesores especializados en cada área: desde expertos inmobiliarios hasta perfiles financieros que le ayudaban a leer con calma los riesgos y las proyecciones de cada proyecto.
Lejos de la figura del exfutbolista que improvisa negocios, Jurado describía un proceso coral, en el que escuchaba, contrastaba y "tomaba decisiones en conjunto", intentando que cada movimiento estuviera sustentado en criterios técnicos más que en impulsos.
Si había un terreno en el que se había sentido especialmente seguro, ese era el de los inmuebles. "El sector donde más cómodo me siento es en el de los inmuebles", admitía, aludiendo a la seguridad que, para él, ofrecía el ladrillo frente a la volatilidad de otros activos.
La compra de propiedades para alquiler o revalorización a medio plazo se había convertido en la columna vertebral de su estrategia, complementada con inversiones de menor tamaño en iniciativas empresariales.
Desde esa posición, el gaditano ejemplificaba una generación de exfutbolistas que habían aprendido a mirar más allá del último contrato, levantando un patrimonio menos vistoso que una portada, pero más sólido que una ovación pasajera.
