El Calderón se despereza mientras Madrid despierta. Hace calor. Mucho calor. El Manzanares, ese aire acondicionado invernal, no ofrece tregua cuando se acerca el verano. Los turistas se tapan, los transeúntes aceleran el paso y los curiosos no paran. La mirada, en cambio, se detiene ante la prontitud del cierre. Un último vistazo, quizás una foto y la evocación eterna de haber contemplado un estadio que, como Sísifo, intenta mantener una estructura que buscará el suelo irremediablemente a partir de este domingo, cuando el Atlético -aunque sea con un amistoso- eche el candado. Entonces, sólo la memoria sostendrá el hormigón de otro tiempo. 51 años de recuerdos intergeneracionales que se transmiten con matices, pero sin palidecer.

Noticias relacionadas


Antonio (61 años), Tesi (40), Alba (13) y Marta (10) bien lo saben. Apenas cuatro nombres, 19 letras congregadas en el Calderón por este periódico -aunque la pequeña no quisiera ni ver las cámaras-. Tan solo una mínima parte de la magnanimidad que encierra el templo rojiblanco entre sus cuatro paredes. Pero, al fin y al cabo, parte importante de un sentimiento, el compartido por la familia Orgaz, por Luis Aragonés, por el taquillero de la puerta ‘5’ o por el mismo Fernando, que siempre acude a su cita con las alineaciones en la grada de prensa. Todos beben de una misma pasión, del trinitario ritual que exige recorrer el Paseo de los Melancólicos, escuchar el himno de Sabina y encontrar refugio en la butaca, siempre fiel a esos domingos de fútbol.


Difícil explicar en general el sentimiento de una afición; fácil cuando se trata de un caso particular. La herencia, qué se le va a hacer, manda. “Mi padre me lo inculcó”, reconoce el abuelo Antonio. “Iba al Metropolitano cuando era muy pequeñito y, después, cuando nos vinimos al Manzanares, como vivía en Marqués de Vadillo (prácticamente al lado) veníamos al Calderón”. Allí, cerca del templo, hizo sus primeras ‘trastadas’: faltó a clase para acudir a los entrenamientos, se saltó las vallas para ver los partidos… Disfrutó. Qué otra cosa podía hacer.


A sus 61 años, la mirada de Antonio no ha perdido intensidad al reconocer el estadio del Manzanares. Madrileño de nacimiento, camionero durante gran parte de su vida y colchonero sin remedio, acumula recuerdos y recita alineaciones. No lo puede evitar. Ha sido abonado durante 40 años, ha sufrido la ausencia de ascensores para subir al segundo anfiteatro y ha colegiado sueños agarrado a una pasión fluctuante. “Ante el Barcelona, en una remontada (comenzaron los culés ganando 0-3 y perdieron 4-2), lloré de tristeza al descanso y terminé el partido haciéndolo de alegría. El encuentro terminó a las ocho y yo no me fui de aquí hasta las 9. Habría dormido en el Calderón”.

Antonio llenó de emociones la memoria sentimental y vio crecer a la familia rojiblanca. “Antes del descenso éramos cuatro y después esto fue a más”. La masa social aumentó y su compañía cambió. Nació primero Tesi, abonada con dientes de leche, y diez años más tarde lo hizo su hermano, que llegó con un asiento en el Calderón bajo el brazo. Al Manzanares, ahora, acude la ‘niña’, ya con 40, a hablar con este periódico. Tiempo después, se vuelve a sentar junto a su padre en el Calderón. Y su memoria no cesa. No puede hacerlo.


Tesi también creció en Arganzuela, distrito que acoge al Calderón. Y allí, en el colegio, luchó contra lo impopular. “En clase, a veces, la única del Atlético era yo. Como mucho había otro”. Heredó los colores de su padre y pronto coloreó su vida entera con ellos. Primero, en el barrio, y después en Fuenlabrada, desde donde iba y venía al estadio para ver los partidos. Hasta los 18, acudió junto a su padre, y más tarde, junto a su pareja. “Él es del Betis. En casa estaba prohibido llegar con uno del Madrid”, bromea. “Yo quería sentarme donde el Frente y los dos nos hicimos abonados en el fondo sur”.

Antonio, Marta, Tesi y Alba posan para EL ESPAÑOL Silvia Pérez EL ESPAÑOL


Durante “cinco o seis años”, el Atlético “fue su vida”. Tesi se hizo de la ‘Peña La Avanzada’, en Fuenlabrada, y acumuló partidos y experiencias: “Entonces, viajábamos con el equipo, veníamos los fines de semana al Calderón… Con el cierre de este estadio se va mi juventud”. No lo puede evitar. Al ser preguntada, asume rotunda “la pena”. Fue abonada durante mucho tiempo y sólo dejó de serlo poco tiempo después de que nacieran sus dos hijas: Alba (13) y Marta (10), ambas con su asiento durante un buen tiempo.


Alba, la mayor, es la menos tímida. No regala palabras, pero todo lo que dice lo hace con sentido. La cámara no la condiciona. Se sienta en el Calderón junto a su madre y su abuelo. Ya son tres, misma sangre (familiar y rojiblanca), sentados en una butaca. Hablan, ríen y confiesan el porqué de un sentimiento. “Me acuerdo de ser bien pequeñita y estar jugando con una amiga que conozco de toda la vida, y de ver el partido al mismo tiempo que jugábamos. Y también de estar en el estadio, que nos cayese un balón y no querer devolverlo. Voy a echar de menos todo lo que he sentido aquí, este ambiente. El Calderón es como mi segunda casa”, termina.


Y también es la casa de su hermana pequeña, Marta, más reservada, pero con mucho carácter. Ella no quiere ni ver la cámara. No quiere entrevistas -y hace bien-, pero habla contundente. El día que el Atlético perdió la Champions, a la más chiquita de la familia le dio por ir con la camiseta de su equipo al colegio. ¿Y qué ocurrió? Obviamente, que allí había algunos del Madrid. Qué se le iba a hacer. Pero ella se mantuvo firme. “Sólo agacho la cabeza para besarme el escudo”, les dijo. No hubo más respuesta a su alrededor.


El ruido cesará este domingo. El Calderón, a las 20:00 horas, definitivamente, escribirá el epílogo de su historia y de la de Antonio, Tesi, Alba y Marta. De la de muchos. De la memoria presente y de la pasada, pero no de la futura. Bien lo sabe el abuelo, que fue al primer Metropolitano, hizo el cambio al Manzanares, vio cómo se convertía en Vicente Calderón y, con sus recuerdos en la mochila del tiempo, escuchará el canto de un nuevo Metropolitano. Y, allí, se volverán a coleccionar historias. Y se hablará de que un buen día, a la orilla del Manzanares, muchos lloraron, sufrieron y creyeron. En definitiva, muchos vivieron. ¡Y de qué manera!

Alba, Antonio, Tesi y Marta posan para EL ESPAÑOL. Silvia Pérez EL ESPAÑOL