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El ciclismo español de la última década resulta sencillamente incomprensible sin la figura de Mikel Landa. El incombustible escalador alavés se ha erigido como un auténtico fenómeno sociológico gracias a ese movimiento incondicional bautizado como el 'Landismo', una fe ciega que continúa desatando pasiones y llenando de colorido las cunetas del panorama internacional.

Recientemente, su inmensa clase y capacidad de sufrimiento volvieron a quedar patentes tras lograr una victoria épica en la etapa reina de La Vuelta a España 2026, un triunfo incontestable que ha engrandecido aún más su leyenda entre los aficionados.

Pero mucho antes de coronar las cimas más duras y consolidarse como una gran estrella del pelotón, la trayectoria de Mikel se cimentó sobre decisiones tempranas y la profunda devoción por sus ídolos de la infancia. Para comprender verdaderamente al Landa actual, resulta imprescindible viajar atrás en el tiempo, hasta sus raíces en la localidad de Murgia.

Durante una charla íntima y sincera concedida a la Cadena SER, el ciclista rememoraba aquel cruce de caminos y la compleja logística a la que se enfrentaba su familia: "Jugué a fútbol en Ikastola Izarra y luego probé con la pelota. Pero estuve un año solo porque al mismo tiempo empecé con la bici y ya en casa me dijeron... oye, habrá que elegir, que no podemos estar todo el día de un lado para otro".

Ese pequeño e inocente ultimátum doméstico marcó el primer gran punto de inflexión de su carrera deportiva. Landa apostó definitivamente por la bicicleta, forjando un destino ineludible.

Con la decisión ya tomada, la motivación del joven necesitaba un motor. Esta chispa irrumpió a través de la televisión, de la mano de las proezas del mítico Euskaltel-Euskadi, aquel equipo que tiñó los Pirineos y cautivó a una generación entera.

El corredor lo recordaba de este modo al rememorar aquellas calurosas tardes de julio: "Viendo a Iban Mayo, a Haimar Zubeldia, a Joseba Beloki, Roberto Heras... Esos corredores de naranja fueron los que me engancharon. Verles en el Tour atacando a Armstrong... y con ellos, me enganché".

Aquella valentía y esa rebeldía para desafiar a los más fuertes moldearon el estilo ofensivo, romántico y puramente escalador que hoy define su identidad.

A lo largo de su dilatada trayectoria, Mikel ha acumulado grandes gestas: desde subir al podio del Giro de Italia hasta brillar con luz propia en la durísima etapa reina de esta pasada Vuelta de 2026.

Sin embargo, pese a ser un especialista en las rondas de tres semanas, su alma clásica sigue anhelando la gloria en las pruebas de un solo día. Así confiesa el alavés su mayor deseo pendiente con los Monumentos del ciclismo: "Mi carrera favorita es el Giro de Lombardía, una de las clásicas más antiguas. Si pudiese elegir una carrera, pues me encantaría ganar esa".