Madrid

Convénzase, amigo crítico: la derrota del Real Madrid en Turquía la semana pasada, una de las peores de la era Laso, fue un espejismo lo mire por donde lo mire. Los hombres de este equipo vuelven a sudar alma y carácter. Un mal día lo tiene cualquiera, y los blancos tienen suficientes jornadas buenas (e incluso muy buenas) como para tomarles muy en serio. Que se lo pregunten al Brose alemán, que llegaba a la capital española como previsible equipo guerrero y se marchó muerto de la vergüenza y más empequeñecido que nunca en la época reciente. Señoras y señores, no considerar a este Madrid uno de los mejores equipos de Europa es darle la espalda a la realidad (Narración y estadísticas: 95-72).

¿Es justo que siempre haya quien critique a los blancos en cada tropiezo, a pesar de que la sección de baloncesto vive uno de los mejores momentos de su historia y de la imagen normalmente buena también en las derrotas? No. No cuando se arranca un partido de esta Euroliga tan igualada marcando distancias desde el minuto uno, con un 11-0 de salida y una defensa de sobresaliente. Esa que nos permite entender por qué Jeff Taylor es un jugador mucho más valioso de lo que parece en los esquemas de juego madridistas.

No es justo pensar en crisis en cuanto vienen un poco y hasta un poquito mal dadas. No en el momento en que la plantilla del Madrid (sí, en su conjunto) saca pecho. Porque éste no es hábitat de una sola estrella. Ni tampoco de dos. Sergio Llull y Gustavo Ayón se llevan la mayoría de los focos, de eso no hay duda. En las buenas y en las malas (cuanto menos curiosa la bronca entre los dos al final del primer cuarto, con berrinche considerable del menorquín).

No, este Madrid no se reduce a dos jugadores a parar en los scoutings del rival. Este Madrid también es el de Luka Doncic, que no deja de dar pequeños grandes pasos para los suyos día tras día. Y el de Felipe Reyes, un capitán con mayúsculas se mire como se mire. Y el de Jaycee Carroll, explosivo casi siempre. Y el de Othello Hunter, abonado a sumar cada vez que salta a la pista. Y el de Trey Thompkins, que juega poco pero bien. Incluso, aunque algunos no lo quieran, Dontaye Draper también tiene algo que decir en la actual idiosincrasia blanca por su excelente actitud defensiva.

No puede sino ser injusto mirar con lupa cada pequeño defecto de un equipo que normalmente está muy alejado de la imperfección y bastante cercano a la perfección. Haciendo del colectivo un baluarte tanto en ataque como en defensa, es muy difícil mirar con malos ojos a un Madrid así. ¿Cómo no va a serlo cuando se hace tan sencillo lo que no lo es? Dejar al rival en menos de 10 puntos en el primer cuarto, en escasos 25 al final de la primera mitad y en 40 al inicio del último cuarto; meter triples casi por inercia; rebotear como si no hubiera un mañana.

No hubo rival, desde luego, pero más por mérito local que por demérito del Brose (que también). Lo fue el único jugador visitante que alcanzó la decena de puntos durante muchos minutos (al final hubo maquillaje y Theis y Staiger se pusieron las pilas). Partido para olvidar de los de Trinchieri y para recordar del Madrid de Laso. Así pues, amigo criticón, cada vez que le entre el mono después de una derrota de este equipo (por cierto, ¿hace cuánto que los blancos no pierden dos partidos seguidos?), acuérdese de este encuentro contra el Brose. De la defensa, del juego en equipo, de las variantes… De todo. Por su propia dignidad y por la que se han ganado estos chicos en la cancha.

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