Hay que viajar en el tiempo para comprender realmente la magnitud del muro que se alzará este sábado frente a la selección española femenina de baloncesto. En septiembre de 2006, el mundo era un lugar muy distinto: los teléfonos inteligentes apenas asomaban y las redes sociales daban sus primeros pasos.
Muchas de las jugadoras que pisarán la cancha del Berlín Arena apenas levantaban un palmo del suelo. En aquel entonces, Rusia logró lo que hoy se estudia casi como una anomalía estadística: derrotar a la selección femenina de Estados Unidos en las semifinales de un Mundial.
Desde aquella lejana tarde, el Team USA no ha vuelto a hincar la rodilla en un gran torneo absoluto oficial. Son dos décadas exactas de tiranía ininterrumpida, 20 años coleccionando oros olímpicos y mundiales con la frialdad y la rutina del que ficha cada mañana en la oficina.
Las jugadoras de Estados Unidos celebran una canasta durante el Mundial.
No estamos hablando simplemente de un gran equipo de baloncesto. Estamos ante una apisonadora diseñada para no sentir piedad, una dinastía hegemónica que, literalmente, ha olvidado lo que significa perder.
Enfrentarse a ellas ha dejado de ser un partido convencional para convertirse en un intento de alterar las leyes de la lógica.
El gen competitivo
Y, sin embargo, ahí está España. Plantada en el último escalón antes de la soñada final, dispuesta a mirar a los ojos al gigante con la frente en alto.
El viaje de la selección hasta estas semifinales del Mundial de Alemania 2026 no ha sido un paseo militar. Ha sido una demostración absoluta de supervivencia, montaña rusa emocional y ADN competitivo, donde el equipo ha tenido que vaciarse para llegar a este punto.
Tras un durísimo tropiezo inicial en la fase de grupos cayendo ante Mali (73-82), el grupo supo resetear su mente. Lograron doblegar a Japón (79-59) y certificar su pase a las eliminatorias.
Pero fue el cruce de cuartos de final lo que demostró de qué pasta está hecho este equipo. Superar a la siempre temible Australia con un incontestable 89-66, resuelto desde el acierto exterior y un dominio absoluto del reloj, confirmó que España ha llegado a su pico de forma en el momento exacto.
El equipo ha alcanzado la antesala de la gloria impulsado por la irrupción estelar de la jovencísima Iyana Martín y el descaro de Awa Fam. Estas piezas se combinan a la perfección con la consistencia en la pintura de Megan Gustafson y el liderazgo de veteranas como Alba Torrens.
El choque de semifinales plantea ahora un contraste radical. Por un lado, la exuberancia inabarcable del baloncesto estadounidense dirigido por Kara Lawson.
Aunque el equipo norteamericano sufrió las bajas de última hora por problemas físicos de tótems como A'ja Wilson o Kelsey Plum, cuentan con un arsenal inagotable.
Tener enfrente la versatilidad de Breanna Stewart o el hambre de estrellas mediáticas que atraen todos los focos como Caitlin Clark, Angel Reese o Paige Bueckers, intimida a cualquiera.
Las jugadoras de Estados Unidos celebran una canasta durante un partido del Mundial.
Estados Unidos juega a otra velocidad, promediando anotaciones centenarias y castigando el error con transiciones letales. Por otro lado, España propone la rebelión desde la inteligencia, con un plan que pasa inexorablemente por incomodar, alargar cada posesión y ensuciar las líneas de pase.
Para tener éxito, la selección necesita rozar la perfección absoluta. Awa Fam, Raquel Carrera y Gustafson deben multiplicarse en el rebote defensivo ante portentos como Reese y Stewart. Además, será vital minimizar las pérdidas ante la presión americana y encontrar el acierto exterior de jugadoras como Alicia Flórez o Elena Buenavida.
El factor mental
Pero más allá de la táctica, el gran desafío de España se juega en la cabeza. Jugar contra el Team USA supone enfrentarse a figuras que monopolizan la atención mundial y que imponen respeto solo con ver sus nombres en la camiseta.
El verdadero triunfo es convencer al vestuario de que los escudos no ganan solos. Deben asimilar que, durante 40 minutos en el parqué del pabellón berlinés, todo se reduce a un cinco contra cinco.
La veteranía de Torrens y la inteligencia en la dirección de Maite Cazorla tendrán la tarea de contagiar esa rebeldía a Martín y al resto de las debutantes, con el objetivo claro de no encoger el brazo en los momentos calientes.
Si España logra sobrevivir al vendaval físico de los primeros compases y consigue llegar al último cuarto apretando el marcador, la presión cambiará de bando. Porque la historia pesa como una losa, y ninguna estrella de la WNBA quiere ser recordada como parte de la generación que rompió una racha invicta de 20 años.
Awa Fam celebra un punto contra Australia.
La misión roza la utopía matemática. Todas las apuestas y la pura lógica dictan que el billete a la final volará hacia el lado estadounidense. Pero el deporte reserva de vez en cuando páginas doradas para quienes desafían lo establecido.
España saldrá a la pista sin cadenas, con la medalla del orgullo ya colgada al cuello por devolver al país a unas semifinales tras perderse la cita mundialista de 2022.
Hay un último escalón, y aunque el muro parezca inexpugnable, España se ha ganado el derecho a intentar derribarlo. Porque los milagros, hasta que alguien los hace realidad, siempre parecen imposibles.
