"A un hombre hay que llorarle tres días... Y al cuarto, te pones tacones y ropa nueva”. La frase la dijo la actriz mexicana María Félix, pero podría haberla escrito Pedro Almodóvar para cualquiera de las mujeres que habitan en sus inolvidables películas. Mujeres que sufren por hombres, por otras mujeres o por hombres que se convierten en mujeres. El género en Almodóvar no importa. Cualquiera puede ser una mujer en su cine. Las obreras, las monjas heroinómanas o incluso las prostitutas trans como la Agrado. Todas, de alguna forma, sufren en sus carnes las heridas de un machismo que late en el corazón de una España que respiraba modernidad.

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Quizás por eso la obra del director se haya visto siempre atravesada de alguna forma por La voz humana, el monólogo de Jean Cocteau sobre una mujer que espera a que su ex pareja vaya a recoger sus maletas y la última conversación que mantendrá con su amante. Estaba presente en La ley del deseo, donde una Carmen Maura (un personaje transexual) representaba la obra, pero también en el alma de Mujeres al borde de un ataque de nervios, que nace como una adaptación libre y se convierte en una especia de precuela de la obra del francés. También en Los abrazos rotos, donde ese Chicas y Maletas parece un guiño descarado a su propia película y a la obra de Cocteau.

Ahora la adaptación se convierte en literal, o en todo lo literal que puede ser algo que pasa por el filtro del cineasta más importante de nuestro país junto a Luis Buñuel. Almodóvar ha decidido rodar una adaptación en forma de cortometraje de media hora, y lo ha hecho por primera vez en inglés. El primer trabajo del manchego en otro idioma y casi una prueba de fuego para ver si es capaz de acometer un largo en otra lengua. Lo hace de la mano de Tilda Swinton, actriz escocesa que parece sacada directamente de su universo y que se luce en este trabajo exquisito. Media hora de cine en el que el espectador no puede apartar la mirada de ella, de sus gestos, su forma de andar, lo que dice y cómo lo dice.

La voz humana es una historia de desamor y de renacer, un renacer en forma de venganza y dentro del mundo de Almodóvar. Un mundo lleno de colores, en el que cada traje de Swinton, cada tela que cuelga, cada DVD que se ve, tiene un significado. También los cuadros en los que se funde la actriz, como ese Venus y Cupido de Artemisia Gentileschi, una de las grandes pintoras del barroco italiano y olvidada durante siglos por su condición de mujer.

Almodóvar apuesta por la teatralidad, porque veamos el artificio de su cortometraje. Nos enseña desde el comienzo las bambalinas, el decorado, la nave donde se rueda, y luego nos mete en esa casa que no tiene nada alrededor. En ella se mueve como si flotara Tilda Swinton (y su perro) mientras llega esa llamada a la que se aferra. El mítico teléfono rojo que sonaba en las películas de Almodóvar ahora son unos ipods, pero roja es la carcasa del iphone y roja es la ropa que viste el personaje de Swinton, al que define lo que lleva puesto.

Ella se convierte en dos frases en una chica Almodóvar por derecho propio, y saborea cada frase. La voz humana es un corto exquisito, realizado con mimo y en el que todo raya la perfección técnica. La increíble fotografía de José Luis Alcaine, la imponente banda sonora de Alberto Iglesias, que remezcla músicas ya compuestas y crea otras para acompañar el viaje de esta mujer que acaba renaciendo. Pasando de damisela en apuros a mujer con chupa de cuero capaz de hacer arder el pasado. Todo eso mezclado por la sabiduría de Pedro Almodóvar, que aquí refina su estilo hasta el paroxismo y crea un trabajo que es un placer para todos los sentidos. Media hora le vale para removernos y hacer que disfrutemos como si se tratara de un nuevo largometraje. La voz humana vuelve a escucharse, pero esta vez como nunca antes la habíamos oído, con el acento británico de Swinton, y con el universo manchego de Almodóvar.