En un lugar de La Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero. Este caballero no responde esta vez al nombre de Alonso Quijano, sino al de Terry Gilliam. Aunque uno puede que sea el alter ego del otro. Gilliam ha estado más de 20 años luchando contra molinos de viento para sacar adelante su versión de la novela de Cervantes. Un proyecto con el que soñaba y que se atascaba una y otra vez. Muchos calificaron la película de maldita, al ver como todos los intentos de rodarla se caían una y otra vez.

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Todo comenzó a finales de los años 80, cuando Gilliam descubre Don Quijote de la Mancha y su mente explota en mil pedazos. ¿Cómo no conocía él una novela que parecía que hablaba de su propio universo en el que realidad y fantasía se mezclan constantemente? Allí tomó la decisión de que la trasladaría a imágenes, pero no sería una versión fiel, sino filtrada por su imaginación desbordante y excesiva.

A finales de los noventa, Gilliam anunciaba que su siguiente película sería El hombre que mató a Don Quijote. Su adaptación daba el protagonismo a un ejecutivo publicitario, Toby, que tras un golpe en la cabeza viajaría en el tiempo hasta la época de Don Quijote, que lo confundiría con su fiel Sancho Panza. La película contaba con un presupuesto de 32 millones de dólares y una estrella como cabeza de cartel: Johnny Depp. Para su Quijote, Gilliam lo tuvo claro, el francés Jean Rochefort.

Lo que pasó en ese rodaje pasó a la historia de las producciones malditas. La mala suerte se apoderó de todo, y el maravilloso tiempo español se convirtió en un infierno de tormentas e inundaciones que incluso destrozaron parte del set de rodaje. A eso hay que sumar los aviones militares que sobrevolaban la zona constantemente (se rodaba cerca de una base militar) y que fastidiaban cada toma y otros infortunios que alcanzaron su cenit con la enfermedad de Jean Rochefort, que sufrió dos hernias en la columna que le impedían montarse en le caballo y casi andar. El rodaje fue cancelado en noviembre de 2000. Tanta desgracia dio lugar a un documental épico sobre aquel infierno: Pérdidos en La Mancha, dirigido por Keith Fulton y Louis Pepe, responsables del making of del filme y testigos privilegiados de la catástrofe.

Terry Gilliam no se achantó. Cogió el fracaso y siguió retocando el guion con la intención de rodarlo. Era imposible, tras la cancelación la película quedó en un limbo legal entre las productoras francesas y alemanas y cada vez parecía menos posible ver la versión del director. Cuando todo parecía perdido el ex Monthy Python volvía a dar a las a la esperanza. En 2008 anunció de nuevo el proyecto y los actores se fueron sucediendo: Michael Palin y Robert Duvall estuvieron vinculados al filme que nunca terminaría de rodarse. En 2010 el que se desvinculó del proyecto fue Johnny Depp, que fue sustituido por Ewan McGregor antes de que, de nuevo, el proyecto se viniera abajo.

Photocall "El hombre que mató a don Quijote", ZIPI Agencia EFE

Pero Gilliam seguía con ganas de pelearse contra molinos de viento, y en 2014 anunció por enésima vez que comenzaba la preproducción de El hombre que mató a Don Quijote. La trama se iba modificando, y el reparto cambiaba: John Hurt sería el popular hidalgo, mientras que el prometedor Jack O’Connell sería el ejecutivo publicitario. Además, Amazon entraba como distribuidor de la película en EEUU. Todo estaba en orden para rodar, pero justo antes de empezar, Hurt era diagnosticado de cáncer de páncreas paralizando el filme.

Esta vez el proyecto no se cayó del todo. En el Festival de Berlín de 2016 llegó a un acuerdo con el productor Paulo Branco para producir el filme, que volvía a Michael Palin para resucitar al Quijote y fichaba a Adam Driver como Toby. El presupuesto se fijaba en 16 millones de dólares. Las broncas entre el productor, famoso por sus formas y querer tener el control creativo de sus proyectos, derivó en su marcha. Branco canceló la producción y el Quijote de Gilliam se iba al garete de nuevo.

Fotograma de la versión final de El hombre que mató a Don Quijote.

Fueron los productores españoles de Tornasol, Gerardo Herrero y Mariela Besuievsky, los que rescataron definitivamente el proyecto. Adam Driver se quedó en la película, pero Jonathan Pryce se quedó el papel de Quijote. En marzo de 2017 se comenzaba el rodaje, y en junio el propio Gilliam anunciaba que, por fin, había terminado su rodaje más largo y difícil.

Parecía que el final todo había salido bien, hasta el Festival de Cannes lo celebraba dejándoles un lugar de honor en su Sección Oficial, el de clausura. Todos respiraban aliviados, hasta el propio reparto reconoce que casi ni se lo creían. Todavía quedaba un revés para la película, Paulo Branco decía poseer los derechos del filme e interponía una demanda para impedir que se exhibiera. La proyección quedó en suspenso hasta que el primer día de competición salió la sentencia dando la razón a Gilliam y a Cannes. Ahora sí, por fin, 20 años después, se podría vera la versión de El Quijote parido por una de las mentes más arrolladores del cine reciente.