La maldición se ha roto. 25 años después, Terry Gilliam ha podido estrenar su Quijote. Tras inclemencias del tiempo, enfermedades de actores, falta de presupuesto y demandas de productores, el director ha visto su sueño hecho realidad. Lo ha conseguido gracias a la producción española de Gerardo Herrero y a un reparto lleno de caras conocidas para los españoles como Rossy de Palma, Óscar Jaenada o Sergi López. También gracias a Jonathan Pryce, el tercer hidalgo que se pone a sus órdenes tras el fallecimiento de Jean Rochefort y John Hurt, a los que dedica El hombre que mató a Don Quijote.

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Gilliam está feliz, y se le ve, lejos del susto que dio la semana antes de clausurar Cannes y con la energía de un niño de diez años. Viste una camiseta que pone ‘Quijote vive’, y escuchándole uno se pregunta si no será él la perfecta encarnación del personaje de Miguel de Cervantes. Su visión de la obra magna de la literatura española es todo lo que se podía esperar de él: imprevisible, loca, excesiva y recargada, pero por encima de todo, libre. Confiesa a los periodistas que el esfuerzo le ha dejado “vacío”, y que ahora “no tiene ninguna película en mente, por lo que leeré más libros a ver si puedo robar alguna idea”. En la literatura siempre encuentra su inspiración, y cree que importan más que el cine. “Ayudan a que la gente piense, y se establece una relación muy personal con el escritor. Yo sólo aporto la parte visual a esas palabras que tanto me gustan”, añade.

En El hombre que mató a Don Quijote, su protagonista Adam Driver es un director de cine que se ha vendido al mejor postor, al de la publicidad, pero acabará seducido por el actor con el que rodó una versión de la obra de Cervantes y que quedó poseído por el personaje. En su trayecto se encontrará con una Guardia Civil que hace las funciones de la Inquisición, unos musulmanes con pinta de terroristas y mil guiños políticamente incorrectos, porque él no tiene miedo a decir lo que le dé la gana. “Estamos en un momento caótico, es todo una locura, y el mundo es cada vez más represivo. La gente tiene miedo a hablar, a ofender, todo el mundo es una víctima. Yo me siento como Cándido, y creo que me voy a recluir en mi jardín y esperar a que este mundo explote y comience uno nuevo”, dice con la primera cara seria de toda la entrevista.

No se lo termina de creer, y a la mínima aprovecha para soltar un comentario irónico con el que se ríe, o alguna boutade por la que le sacarán los colores, como cuando se ha referido a la posibilidad de hacer una versión con un Quijote mujer: “He bromeado con Joana (la Dulcinea de la película), con que ella sería una buena Doña Quijota en la próxima… en esta ocasión no pensé en ello porque quería mantenerme cerca de la versión de Cervantes, pero por qué no. No hay ningún motivo para que no sea una mujer. Mis personajes femeninos siempre son fuertes, porque me gustan las mujeres fuertes, y en algunos casos son hasta más fuertes que los hombres… Pero, creo que yo no podría escribir un Quijote femenino, lo tendría que hacer una mujer, porque las mujeres tienen una imaginación sutilmente distinta, es el momento para que lo haga una mujer, de que salga de la cocina y escriba un Don Quijote femenino”.

Estamos en un momento caótico, es todo una locura, y el mundo es cada vez más represivo. La gente tiene miedo a hablar, a ofender, todo el mundo es una víctima

Bomba soltada. Y eso que no ha querido entrar en la política española, sólo ha querido mostrar su cariño por España y por “no tener que mojarme en asuntos políticos, en eso soy un turista”, ha dicho riendo.

Quijote y Sancho

En muchas de sus películas se repite el patrón cervantino de la relación entre Don Quijote de la Mancha y Sancho Panza. Pasaba en El rey pescador, en 12 monos y hasta en El indomable Will Hunting, por eso su mujer le dice “que siempre hago la misma película y que sólo les cambio el vestuario”. “Pero es que la vida funciona así, es una combinación de imaginación y realidad. En cada película miro al mundo e intento entenderlo y decir algo de él, pero siempre llego a la misma combinación de Quijote y Sancho, en diferentes modalidades pero al final siempre hay un loco o un niño en mis películas porque creo que tienen el mismo punto de inocencia los dos”, ha explicado Gilliam.

Pase gráfico "El hombre que mató a don Quijote" J.J.Guillen Agencia EFE

Casi todos sus familiares le recomendaban que abandonara este sueño maldito de adaptar la novela que tantos quebraderos de cabeza le ha traído, y todavía no sabe por qué la ha hecho, “puede que porque Orson Welles fracasara también y siempre he querido acabar su versión, así que hice la mía”. “No me gustan que me digan que no puedo hacer algo, si me dicen que no puedo entrar en una habitación, entro. Soy un poco perverso en ese sentido”, ha zanjado.

No me gustan que me digan que no puedo hacer algo, si me dicen que no puedo entrar en una habitación, entro

La película es también una crítica a Hollywood, al cine y especialmente a la publicidad, a la que Gilliam califica de “mentira”. “Crean falsos sueños. En 2002 hice un anuncio para Nike y gané en diez días más que lo que he ganado en dos años con esta película, me dejé corromper por el dinero, ye s muy fácil dejarse seducir por esto. De vez en cuando hago un anuncio, pero sólo cuando estoy muy deprimido o no estoy ganando dinero. Las películas no son ficciones, son artificios, cosas que pueden ser verdad o mentira, pero yo intento ser auténtico, aunque para ello tenga que contar alguna mentira”, opina Don Terry de la Mancha que se muestra partidario de defender el cine como espacio para ver la sala, aunque no se niegue a usar las nuevas tecnologías para nuevas historias que salgan de una mente única e irrepetible.