Esta semana vi una viñeta estupenda de la ilustradora María Gómez donde aparecían, sentadas a una mesa con sendas copas de vino, dos mujeres cogiéndose de la mano como buenas cómplices: una de ellas era la cara frecuente que protagoniza las viñetas de María, la otra era la mismísima Marge Simpson. La primera le decía a la segunda: “Amiga, divórciate”, una versión más sofisticada y ácida de la repetida pero no obstante útil fórmula del “amiga, date cuenta”. Me pareció una imagen expectorante, luminosa, emocionante, reveladora: un jarro de agua fría feminista sobre el imaginario popular que ha convertido a Homer en un héroe tosco y adorablemente incorrecto al que proteger con la propia vida.

Hay gente a la que le mentas a Homer y parece que le estás mentando a la madre: le quieren como a un hijo pródigo, como a un hermano torpón, como a un colega descacharrado, le quieren -le queremos, también la que escribe, inevitablemente- porque nos devuelve una mirada simpática de lo peor de nosotros mismos, de nuestros desbarres, de nuestro egoísmo, de nuestra afición por las estupideces.

Amiga, divórciate. María Gómez.

Pero pensándolo bien y activando el ojo crítico, de Homer habría que divorciarse: es el puro estereotipo del hombre ególatra que remueve cielo y tierra con sus delirios, del marido alcohólico, vago y consagrado al bar que siempre cae de pie porque tiene una esposa maravillosa, generosa y paciente que le ama -inexplicablemente- y le aguanta las tontás mientras levanta la casa y cuida a los hijos -uno de ellos, un delincuente juvenil-.

Durante la serie, mientras él trabaja en la fábrica y tiene un curro estable, Marge es eminentemente ama de casa, porque el resto de trabajos que ejerce le duran sólo un capítulo -una forma de decir que su vocación, en el fondo, es custodiar el hogar-: se hace policía, modelo, vendedora de casas, cantante, profesora sustituta, camarera, pastelera erótica, carpintera y un largo etcétera para regresar siempre, tras sus aventurillas, al cuidado de los hijos. Bastante paciencia ha tenido esta santa: su verdadero oficio, en el fondo, es ir detrás de Homer para evitar que su caos vital se convierta en catástrofe.

Pretty Woman

Eso me hizo pensar en cuántos personajes de ficción que apreciamos simpáticamente, en realidad nos sacarían de quicio si saliesen con nuestra mejor amiga, nuestra madre divorciada o nuestra hija. De poco servirán las buenas intenciones para repensar los recovecos más oscuros y tóxicos de nuestras relaciones, de poco servirá la educación feminista, al cabo, si en nuestra cultura sentimental sobreviven tipos como Homer y su ejército. Podríamos empezar por tirar del atril a Edward Lewis, interpretado por un irresistible y lacónico Richard Gere en Pretty Woman.

Un hombre atractivo, elegante, ambicioso, lo que ustedes quieran: pero putero, inexorablemente. Edward es incapaz de mirar a Vivian sin superar su clase social y se pasa toda la película disfrazándola de otra, reeducándola, adiestrándola para ser la acompañante perfecta y tratando de fascinarla -y comprarla- con su dinero. No la deja salir del arquetipo de mujer prostituida, no suelta la batuta en ningún momento: carece de la humildad suficiente para mirarla de forma horizontal, sin juicios, pero lo peor es que el foco moral está constantemente puesto sobre ella y nunca sobre él. A Edward no se le juzga: él es el salvador.

Pretty Woman.

Por no hablar de otro Edward que también se las traía: el auténtico Cullen de Crepúsculo. Un señor de 500 años -que viene absolutamente de vuelta de la vida, por no decir de tintes pederásticos- saliendo con una chavala de dieciséis que le endiosa tanto que apenas le importa morir físicamente en el intento. Aun sabiendo de su oscuridad, aun sabiendo de su violencia -y sus riesgos sexuales-, Bella compra el pack del chico raro y peligroso y se embarca. Él se aprovecha de su supremacía y de una experiencia que ella no tiene para convertirse en el rey de la trama.

Crepúsculo.

Ahora que Friends ha vuelto al debate público gracias a su reencuentro -y al rumor de que David Schwimmer y Jennifer Aniston puedan tener un affaire-, es también el momento de ‘dejar’ poéticamente al perla de Ross de una vez por todas. Es cierto que este romance ha traído de cabeza a medio mundo, pero analicemos: recuerden que cuando Rachel consigue el trabajo de sus sueños -con todo el esfuerzo correspondiente, las horas dedicadas y la autoestima creciente que conlleva cierto alejamiento de su pareja-, Ross monta el pollo porque ya no es él el centro de su mundo, se vuelve loco de celos, la acusa de haberle sido infiel y la manipula que da gusto.

Friends.

O cuando se casan en Las Vegas de puro subidón etílico y Rachel le confía a Ross los trámites del divorcio: él, como en el fondo no quiere hacerlo, le miente a su pareja y le dice que sí lo ha hecho, pensando -nuevamente- sólo en sí mismo. Incluso cuando lo han dejado, él sigue tratando de boicotear sus relaciones. O cuando hace una lista de razones para decidir si vuelve con Rachel o no en una de sus idas y venidas y apunta que ella es “camarera” como un punto negativo.

Por no volver al mítico momento de la carta, cuando Rachel decide volver con Ross pero a cambio de que él escuche -por fin- lo que ella tiene que decir. Así que nuestra flamante Jennifer Aniston decide expresarse a través de una carta de 18 folios escrita por ambas caras y se la lee, pero él la ignora, medio dormido, extenuado por tener que hablar durante tanto rato de sentimientos. Es el vivo reflejo del hombre incapaz de escuchar de verdad, de atender de verdad: el hombre críptico que prefiere resolverlo todo en dos frases. Next.

Orgullo y prejuicio.

Qué hay de ese Matthew Macfadyen interpretando a Mr. Darcy en Orgullo y prejuicio. El personaje es emblemático y ha acabado por convertirse en el emblema tradicional de lo que las espectadoras heterosexuales ansían: es hermoso, culto, educado, misterioso, adinerado, reservado… pero, aterricemos, también es un auténtico tetrapléjico emocional, un ser exageradamente frío que siempre anda compitiendo intelectualmente con Elizabeth Bennet.

Es arrogante, orgulloso, esnob, superficial -de hecho, al conocer a nuestra protagonista, la rechaza porque no le parece lo bastante bella-, clasista y machista, y se demostró cuando convenció a Bingley para que no se casase con su hermana Jane porque su familia no era lo bastante solvente y porque las hermanas eran, como aquél que dice, unas frescas. Al loro al método tan soberbio e insoportable de declararse de Mr. Darcy a Elizabeth Bennet, explicándole que al quererla “lucha contra su sentido común, las expectativas de mi familia, su inferioridad social y mi posición”. Uno de esos tipos irredentos que te convencerán prácticamente de que te quieren como para hacer un favor.

De Allende a Hitchcock

Hablemos de La casa de los espíritus, esa novela bellísima de Isabel Allende también llevada al cine y protagonizada por Meryl Streep en el papel protagonista (Clara del Valle) y por Jeremy Irons en el de Esteban Trueba. Esteban era un hombre turbado, violento, obsesionado con la muerte de su primer amor y terriblemente ambicioso, un chico maldito agobiado por su soledad autoinfligida que muta en violador de campesinas. Un dulce. Celosísimo, ingobernable. No obstante, la escena de la película que más atañe a Clara -la que definitivamente sería su esposa y a la que amaba, sin duda- es aquella en la que Esteban la golpea. Ella decide entonces dejarle de hablar de por vida: retirarle la palabra, llanamente, aunque no termina de abandonarle. Amiga, date cuenta.

La casa de los espíritus.

En la fascinante Rebecca de Hitchcock, bien nos habría venido despachar a Max de Winter (Laurence Olivier), un tipo que pelea constantemente con sus propios fantasmas y que no consigue darle el suficiente amor y crédito a la protagonista (Joan Fontaine), de la que ni siquiera sabemos el nombre. ¡No se lo dice ni una vez en toda la película! Tampoco en la novela original. Lo cierto es que esto fue idea de Daphne Du Maurier, su autora, y lo que consigue es reforzar la idea de ‘segundona’ de nuestra protagonista de clase obrera, una suerte de Cenicienta peleando contra el monstruo cíclope del pasado.

Espero que a estas alturas no les pesen los spoilers, pero Max fue un enorme mentiroso y además, un vil asesino -aunque la censura del momento rebajó esa parte y quedó como que Rebecca había tenido un accidente y él, que la odiaba, había extraviado su cuerpo para no ser acusado-.

Quiéreme si te atreves.

En Quiéreme si te atreves (Jeux d’enfants), habría que exterminar el papel de Guillaume Canet, el del pirado de Julien Janvier, un chico incapaz de crecer y dispuesto a delirar hasta el final con esa cosa testosterónica de llevar los juegos cada vez más lejos, hasta el dolor, hasta la infamia, hasta la muerte. Ya lo avisaban en un diálogo de la película enunciado por la maravillosa Marion Cotillard: “Las cosas no han cambiado. Tú sigues siendo un tirano y yo un flan”.

Grease.

Grease: habrá que pararle los pies en algún momento de nuestra vida adulta y consciente al bribón de Danny Zuko, interpretado por John Travolta, que no se quita ni a la de tres la carcasa de ‘hombre duro’, que intenta propasarse sexualmente con Sandy en el coche y que consigue, a la postre, cambiarla totalmente, disfrazarla de otra y que se mimetice con él. También había que mandar al carajo a nuestro extrañadísimo Alan Rickman en Love Actually, cuando comete la osadía de engañar perversamente a su esposa interpretada por Emma Thompson: mientras él anda por ahí de picos pardos comprándole collares carísimos a su sensual secretaria por navidad, ella levanta la casa, cuida de sus hijos y protege toda su vida.

Fotograma de Love Actually.

La decepción es ecuménica cuando llega el día de navidad y su esposa -que por accidente había encontrado el collar de diamantes en un cajón- sólo recibe un sucio disco: ahí lo entiende todo, entiende que la están engañando, pero calla y resiste. Llora a escondidas y se hace la fuerte y la feliz delante de sus críos. Es la madre todoterreno, la buena amiga, la hermana comprensiva, la esposa devota y sufriente. Se lo carga todo a las espaldas… y acaba volviendo con él.

Adiós a Supermán, que mira que le cogimos cariño, pero que siempre pasó de la valiosísima Louis Lane con tal de salvar el puñetero mundo -¿cómo no entendió que el mundo ya hacía rato que estaba roto, fracasado, corrupto y en descomposición?-.

El diario de Noah.

Adiós a Ryan Gosling en El diario de Noah, pesadísimo, zumbado desde el principio, cuando interrumpe una cita de Allie con otro chico escalando la rueda de la fortuna y la invita a salir amenazándola con suicidarse si le dice que no. Una joya. No debería sorprendernos lo que pasa después: aquel rosario de peleas insufribles, aquel victimismo flagrante suyo, aquel complejo por su clase social, aquellas cartas enviadas día tras día sin recibir respuesta -modo acoso ON- y aquella casa construida como un tremendo loco que renuncia al cuidado de su barba. Stop. Hasta aquí hemos llegado. Ni un perturbado más al que adorar en la ficción -y, a ser posible, tampoco en la vida-. 

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