En Lenguaje inclusivo y exclusión de clase (Larousse), la escritora e investigadora feminista Brigitte Vasallo (Barcelona, 1973) pone de manifiesto “las trampas del sistema para hacernos creer que por el hecho de ser nombradas estamos incluidas en el discurso” e invita a luchar por el lenguaje, “una lucha totalmente legítima y necesaria”, aunque haya que asumir cuanto antes que cambiando el lenguaje no cambiará la realidad.

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Esta reyerta, apunta, no es sólo lingüística, “es política”, y denuncia que con el lenguaje inclusivo “no estamos fuera de este sistema, sino desgraciadamente tan dentro como cualquier otro grupo, idea o colectivo”. Este es un ensayo -con tintes personales- donde las preguntas son tan importantes como las respuestas. Es un libro que plantea quién incluye a quién pero, sobre todo, en dónde y para qué. Es un libro que celebra a Belén Esteban como “mujer de barrio que usa su propia vida para escribir”. Es un libro que pone el dedo en la llaga. Y en la de la lengua también.

Recuerdo una columna fabulosa de Marta Sanz que decía algo así como “la lengua del opresor también es la mía y la necesito para hablarte”. De ahí parte la primera pregunta que quiero hacerte, ¿podemos revolucionar algo desde un lenguaje que han empleado colonizadores y machistas históricos; nuestros grandes opresores?

El lenguaje es un espacio común, porque es precisamente eso: una herramienta que tiene que ver con ser y estar en relación a aquello que no eres tú. Y no contiene solo palabras, sino todo lo que nos presenta y nos comunica fuera de nosotras mismas. Es algo así somo un proceso, consciente o no, de des-ensimismamiento. El conflicto que tenemos abierto con el lenguaje no tiene que ver tanto con el lenguaje mismo como con su apropiación.

¿A quién pertenece el lenguaje e incluso a quién pertenece la lengua? ¿Quién dicta qué palabras existen y cuáles no, aún cuándo las estemos diciendo? ¿Qué existencia puede haber para una palabra más allá que el ser dicha? Pero sobre todo, y aquí entramos en la línea difusa y preocupante, ¿quién decide qué significan las palabras? Y lo apunto porque cualquier discusión sobre qué significa un término debe tener en cuenta que las palabras no son unívocas y que son relaciones y contextos. Si no fuese así no podríamos resignificar los términos, ni estos podrían ser capturados como hace, por ejemplo, el capitalismo con el feminismo al ponerlo en un anuncio de cualquier cosa.

Así que nos han intentado engañar, otra vez. ¿Por qué ser nombradas no significa ser incluidas?

Porque una enumeración puede ser tan cosificante como un silencio. Porque lo que está en juego cuando cruzamos los ejes de la desigualdad es el acceso a la producción de discurso y los métodos que tenemos que incorporar para alcanzar esa acceso. Qué peaje tenemos que pagar para poder escribir libros que se publiquen, qué palabras técnicas tenemos que usar para contestar entrevistas y que las lectoras tomen en serio el contenido y no lo dejen de lado por causa de la forma. Sin todo eso, la inclusión es una gran máquina devoradora, una rueda infinita que nos transforma a las formas burguesas, a las formas del amo y nos permite solo hablar a través de su voz.

¿Quién nos incluye y dónde cuando hablamos de ‘lenguaje inclusivo’?

No tengo una respuesta para eso, no creo que la haya. Lo que me parece interesante de esa pregunta es que amplía la cuestión de la inclusividad que parece abocada a ser cerrada por el logro de una fórmula mágica que, como un abracadabra, nos haga existir. Pero no funciona: cuando un fascista habla de “la mujer” yo no me siento interpelada, a pesar de que es la categoría política que uso para nombrarme.

Por otro lado, conocemos la fórmula aquella que dice “cambiarlo todo para que no cambie nada”. Hay una materialidad del poder que va más allá de lo simbólico, aunque contiene lo simbólico. Y en ese sentido veremos antes al fascimo hablar en femenino o en neutro que desocupando esa materialidad del poder. Incluso haciendo cálculos en la variedad de esa materialidad: recordemos cuando el Front National francés incorporó a hombres gays blancos con ochocientos apellidos franceses en un cálculo, acertado desgraciadamente, para mantenerse en el poder.

Hablas de la clase social y la clase cultural, del fenómeno ‘clase’, en verdad, que construye nuestro discurso. ¿Cómo se elabora?

Propongo entender la clase cultural como un acto performativo, es decir: una cosa que no existe fuera de su representación, de su encarnación. Las diferencias de clase cultural no son las diferencias en conocimientos, títulos o sabiduría, sino diferencias en la apariencia a través del lenguaje que utilizamos, las forma en que nos movemos, el deje con el que hablamos, hasta la comida que comemos… La clase cultural no es más que una forma de refinamiento burgués que nos han vendido como elevación de espíritu o algo así. Por eso nos da miedo alguien vestido con harapos pero no alguien con traje, que es quien tiene el poder de jodernos la vida.

Mencionas a Belén Esteban en el libro. ¿Me pondrías un par de ejemplos en lo que respecta a la pregunta anterior?

Belén Esteban viene de pobre, como yo, y ha hecho un ascenso social totalmente exitoso en todos los aspectos. Sin embargo no es considerada alguien de clase alta porque no se ha refinado, porque no le ha dado la gana de refinarse, que es algo que admiro intensamente. Se ha resistido a parecerse al amo y ha hecho directamente un asalto a la casa del amo. Se ha saltado el peaje, lo ha dinamitado.

Y además lo ha hecho de una forma novedosa, porque las que venimos de pobre siempre hemos sido alentadas a entretener al amo. Pero Belén Esteban hace entretenimiento para las clases populares. No soy tan naif como para pensar que Tele5 sea un elemento revolucionario, pero sí me parece señalable que lo que hace ella sea denominado telebasura y la ingente cantidad de mierda que produce Netflix nos parezca bien.

Si el desdoblamiento o la enumeración te parecen poco efectivos, ¿cómo crees que podríamos elaborar un lenguaje verdaderamente inclusivo?

Aclaremos algo: este no es un libro contra el lenguaje inclusivo, sino sobre el lenguaje inclusivo. Nunca he dicho que no me parezcan efectivos. Yo de hecho, en todos mis textos, utilizo una variante de recursos que incluyen el desdoblamiento, la enumeración, el femenino y diversas fórmulas del neutro… Todas aquellas fórmulas que señalen nuestro desacuerdo con la representación me parecen no solo lícitas, sino loables. Pero me interesa más esa tensión que un intento de resolverla encontrando, de nuevo, una fórmula única.

Desde Vox, últimamente, han llamado ‘vicepresidente’ a Carmen Calvo y ‘diputado’ a Carla Antonelli. ¿Cómo contratacar?

Me parece especialmente grave lo que está viviendo Carla Antonelli y le mando todo mi aprecio y agradecimiento. El masculino que le aplican a ella es tránsfobo, algo distinto al que se aplica a Carmen Calvo.

Una de las propuestas del libro apunta a lo que se viene denominado semiocapitalismo, o capitalismo de las ideas por hacerlo más autoexplicativo. He trabajado desde ahí para entender qué significa la visibilidad y la representación en un contexto donde el espacio simbólico está capturado por y para un capitalismo que nos quiere encerradas en lo simbólico como nos encierra en una cadena de producción de una fábrica. Y qué consecuencias tiene en la transformación de la realidad ese encierro en lo simbólico y esa fe, porque casi es una cuestión de fe, de que cambiando lo simbólico lo real se verá modificado.

¿Por qué canales fluye la subalteridad de la que hablas? ¿Cómo podemos hacernos conscientes de que también es una voz política y usarla?

Recogiendo y dialogando con propuestas de Gayatri Chakravorty Spivak y de Rita Segato he querido pensar la cuestión de la subalternidad desde el eje de clase. Me preocupa que entendamos los ejes de la desigualdad como algo excluyente y no complementarios (interseccionales, sería la palabra exacta). Analizar desde la clase no significa que la clase no tenga racialización ni tenga género ni tenga desigualdad en la capacitación.

Pero quería analizarlo desde el contexto del ascenso social de las que venimos de familias pobres y, gracias al esfuerzo colectivo, tenemos acceso a la formación reglada. Cómo esa formación no solo nos da los títulos sino que nos exige que nos alejemos tanto de las formas de nuestra clase social que se convierte en un mecanismo de traición de clase.

¿Qué tal el uso de la ‘e’ para referirnos a personas de género no binario o personas de las que no conocemos su género?

Yo personalmente utilizo la -e cuando hablo de un grupo con variedad de géneros porque me parece la expresión menos confusa. Y lo utilizo cuando alguien lo usa para autodenominarse. En el libro, sin embargo, propongo una reflexión sobre eso que nombras “género no binario” y que deberíamos poder diferenciar entre personas que habitan sistemas sexo-género no binarios, y que por tanto su género no es binario, y personas que habitan el sistema sexo-género binario de manera disconforme o no polarizada. No pongo en cuestión lo que sienta cada cual, sino el término que ha sido acuñado y que creo que tiene connotaciones coloniales problemáticas que sería interesante observar.

Hay sectores del feminismo transinclusivo que señalan que igual sería pertinente buscar una nueva palabra que no fuese “madre” para incluir también en ella a los hombres gestantes. Una activista la formó al decir que ‘madre’ era una palabra ‘fascista’. ¿Estás de acuerdo?

Las palabras no son nada más allá de lo que hacemos con ellas, por eso los términos pueden resignificarse y denominarnos bollera con orgullo y al tiempo denunciar cuando nos lo llaman los fascistas. Cuando afirmamos de manera categórica qué es o qué no es una palabra estamos obviando la parte relacional y contextual de las palabras y las estamos encerrando, de nuevo, en un significado único y universal, cosa que me parece problemática como método.

¿España o Estado Español?

Yo en general lo denomino Estado español: es una situación administrativa, no le reconozco más entidad que esa. Pero no son equivalentes exactos: cuando decimos, por ejemplo, “la España de la Transición”, no nos estamos refiriendo únicamente a los aparatos de estado sino a algo más amplio, así que depende del uso que le vaya a dar.

¿Trabajadoras sexuales o prostitutas?

Lo que ellas consideren adecuado y dignificante en cada ocasión.

¿Por qué hay más de 50 cultismos para llamarnos ‘putas’ a las mujeres?

Aquí enlazaríamos con el quién incluye a quién y dónde (sonríe).