Pepe de Lucía es perro viejo, como decimos allá en el sur de los hombres sabios sin importar su edad: un tipo agudísimo de mirada larga, con la piel de la cara manchada por la vida y el pelo repeinaíto patrás, como un dandi de Algeciras, socarrón, esquivo si le viene en gana, hecho de refranero popular, de sencillez y de alegría.

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Eso sí: te mete un corte y te deja tumbado antes de desayunar. Cuando quiere, se enfada un poco -si es que el tema le toca sus narices flamencas-; cuando se envalentona, te pide registro -“esto ponlo, ¿eh?"-, y cuando se relaja te cose un traje mú’ salao de piropos con gracia infinita, de los que ya no se estilan en el turbio mundo de la distancia interpersonal -con todas sus diplomacias-.

“Perdóname, Pepe, que llego un poquito tarde”, le digo -y rápidamente se gira, con gesto severo, y levanta el dedo-. El chico de prensa y yo nos miramos acojonados. “¿Cómo que me vas a pedir perdón tú a mí?”, y se hincha de reír. Nos relajamos. “En Madrid lo normal es llegar tarde, hija. Si aquí vais todos como motos. No llegas a venir tarde y me enfado”. Tiene esas salidas. Esos juegos. Sabe que, sin pretenderlo, infunde algo temible, un respeto antiguo, un prestigio ancestral. Ya no es su saga: es él, enjuto y presumido, chulesco y encantador, caminando por el hall del NH que hay frente a Atocha en la mañana gélida de diciembre.

Recuerdos de Paco y Camarón

Pepe, que viene al barrio a presentar su trabajo Un nuevo universo -dedicado a Alejandro Sanz-, subraya que él es flamenco y que eso es más que un espíritu, un don o una vocación, es casi un halo que le acompaña a todas partes, como un reguero de poderío que va dejando por aquí y por allá: “Mira, yo me levanto a una hora flamenca, me acuesto a una hora muy flamenca, me tomo el café flamenco y vivo lo más flamenco que puedo, que es lo más sencillo que puedo".

Y sigue: "Yo he hecho de todo ya, he sacado a artistas que son ahora grandes figuras: El Torta, La Macanita, el Capullo de Jerez, la Terremoto, Tijerita, la Susi… ¡Camarón! A Camarón lo llevé yo a mi casa. Después de eso, ¿qué más puedo sacar?”.

Yo no lo sé, Pepe. “Pues nada, porque Camarón es un icono. Y luego, Paco. Qué quieres que te diga. Mick Jagger dijo que hay muchas leyendas de la guitarra pero que por encima de todas está Paco de Lucía”. Se le llena la boca hablando de su hermano y de su amigo José Monje, que era también “de mi familia”. Cuenta que el talento es “procurar hablar lo menos posible”. No hablar pero hacer. Dejar algo en el aire, como dejaban Camarón y Paco. Algo que pega un pellizco. Algo inconfundible como el estilo. Algo insustituible como el amor.

“¿Sabes? Aquí al lado vivíamos, en la calle Santa Isabel, Paco, mi padre y yo, cuando nos veníamos en el tren de carbón a Madrid. Teníamos 10 o 12 años y nos poníamos en un restaurante de la calle Muñoz Seca y nos sentábamos en una silla porque éramos menores de edad y la censura no nos dejaba trabajar. Hasta que llegaban los comensales, que eran la gente rica, y decían ‘¡que pasen los niños!’. Y cantábamos y tocábamos y nos daban doscientas pesetas”, recuerda.

Hasta que un día llegó Nati Mistral y nos dio 6000. Y vimos el cielo abierto. Tuvimos para comer y pagar la pensión y todo. ¿Y sabes qué nos comimos? Un trocito de membrillo con queso. Para los tres. Contentísimos”. Qué tierno es Pepe cuando hace memoria. Qué historia viva es. 

Paco a la guitarra, Pepe canta.

“Y me acuerdo yo cuando conocí a Camarón en Cascorro, que lo trajeron para presentármelo porque él estaba trabajando en Torrebermeja. Él había hecho algo con Antonio Arena. Escucha, y me cantó por soleá’ y me quedé… flipao’. Me erizó la piel. ¡Más que la piel! La espina dorsal. Como no me la eriza el reguetón”, dispara de repente. “Para el reguetón ese que escucháis mejor poneos a Bob Marley, pero eso no, ¿no? Para eso hay que mover muy bien la cintura. No es el pum, pum, pum y la gorra patrá’ de ahora. Yo no entiendo nada ya. ¿Qué es un latino en América? Pues un español”.

Muera el reguetón, viva el flamenco

Empieza a mosquearse con el éxito de la música urbana. Siente que se ha marginado al flamenco. Me cuenta que a Alejandro Sanz le aconsejaron, “cuando estaba en Warner, que no dijera la palabra ‘flamenco’ porque eso sonaba ‘pestilente’”: “Yo me imagino perfectamente quién dijo eso”, dispara.

“Una cosa te voy a decir ya, y tú me dices la verdad. ¿Tú crees que alguna vez vas a recordar los momentos bellos y maravillosos de tu vida… con reguetón? ¿Tú crees que vas a recordar tu juventud y se te van a poner los pelos de punta? ¿Los momentos más hermosos, los peores…? ¿O vas buscando otra cosa? Es que no sé, pero yo creo que la gente ahora sólo quiere dar ‘chochazos’. Para eso sí, para eso ponte otra música. Y yo no soy machista, ¿eh?”, recalca.

Franquismo y machismo

Aprovecho entonces para preguntarle por los dos grandes estigmas del flamenco: el sambenito de que le quiso colocar el franquismo de ser la música del régimen y el otro gran sambenito, el del machismo -aunque bien sabemos que esta tara ha existido en todos los géneros: ni un solo rincón del mundo se libró del patriarcado-. Respecto a lo primero, Pepe dice que “el flamenco lo decía todo en la época en la que no nos dejaban hablar, en plena dictadura franquista”. Y cita: “Hospitalito de Cai / a mano derecha / ahí tenía la madrecita de mi alma / su camita hecha”.

Respecto a lo segundo, esboza: “El machismo que hay en el flamenco es más bien de una etnia y de una cultura, que es de la raza gitana”, asegura. “A ver que yo me acuerde de letras machistas… sí que las hay, ¿eh? ‘Compañera, no me regañes / que hago mi ropita un lío / y el campo no tiene llave’. Yo como no soy racista ni machista ni nada, pues no sé, no me va en el feeling, te doy mi palabra de honor: he vivido en todos lados, en San Antonio en Texas, y he visto en el planeta a muchos seres de diferente color de piel y distinto sexo y todos estamos igual debajo del sol y la luna”, dice.

“Me acuerdo cuando Cristina Almeida montó el feminismo, vaya, el movimiento feminista, y me dijo Paco: bu, la que nos espera, agárrate tú”, resopla. “¿Tú tienes hijos? ¿Te gustaría tener una hija o un hijo?”, me pregunta. Le digo que me da igual. “Pues yo te digo que mejor tengas una hija porque el hombre ahora nace con un estigma… siempre va a estar con la zarpa del machismo en lo alto de su cabeza, y cuando menos se lo espere, ¡pum! Hay un feminismo que culpa a todos los hombres”. Me mira y me levanta las cejas: "Esto apúntalo, ¿eh? Esto lo pones, por favor". Sí. 

Droga y amor

Él no está de acuerdo con José Merced y con Tomatito: no piensa, como ellos, que la “cocaína haya destruido el flamenco”. “La cocaína lo que ha destruido ha sido a muchas familias buenas y a muchas criaturas, y tú no puedes hacer nada, porque se te va de las manos… ya tenemos expertos, neurólogos y psiquiatras que atienden a ello. Soy incapaz de hablar de lo que se tomaba nadie, ni de Camarón, que era mi hermano. Pero te digo: ¿tú crees que en el Siglo de Oro no existía eso, que lo inventó Camarón? No, hombre, no. Existía también y más todavía. La coca se la tomaban en platos”.

¿Qué hay del amor? Pepe se reconoce “enamoradizo”. “Para mí es lo más grande poder componer y decir ‘me alegro de haberte encontrado… te cruzaste en mi camino… porque contigo aprendí… a caminar con cuidao’”, canta. “Me he casado tres veces. Nosotros, los artistas, somos muy desgraciados, hija. Viajamos tanto, somos un escaparate… tú te subes a la tabla, te ve mucha gente y luego te vienen a los camerinos a decirte: ¿esos ojos son tuyos o son prestados?”, cuenta. “Es difícil, siendo artista, no ser promiscuo. También te digo: yo mujeriego no soy, soy coleccionista de arte”.

¿Y qué pasa con la patria? “Yo no soy patriota, soy más todavía. Daría mi vida por España ahora mismo a pecho abierto. Soy español por los cuatro costados. España es donde vi la luz y abrí los ojos y vi a mi padre y a mi madre, lo más grande de mi vida. Viva España. Me entra la risa de que me preguntes por España, ¡es que se llama así! ¡Cómo va a ser un problema! Se llama “España” y no “aceite de oliva”, ni “jamón”, ni “flamenco”. Se llama “España””, repite, y se le llena la boca. “Para mí el himno siempre ha sido flamenco. Me suena a bulería”. Y hace el compás con los nudillos en la mesa: tan rítmico, tan bello.

Fenómeno Rosalía

¿Qué opina de Rosalía? “Pues me gusta cómo apunta los cantes de Levante. Pellizca muy bien. Es muy joven y hace que la gente se venga arriba, hace que la gente se preocupe por el flamenco, y lo mezcla todo. Hace cosas bonitas y me da mucha alegría. Pero ella no ha creado nada, la revolución la hicimos nosotros, Camarón, Paco y yo, metiendo bajos y metiendo mezclas y de todo. Ella es heredera nuestra”. Chimpún.

Va la última: ¿qué piensa Pepe de Lucía sobre la polémica de la apropiación cultural por parte de la propia Rosalía? “Viva la cultura gitana por siempre. Ellos es que se enfadan mucho, se enfadan de pronto, pero luego se les pasa y se ponen a bailar. El verdadero gitano sólo se enfada si le tocas a la familia. Si no tratas a su familia con respeto y con orden les cuesta olvidar. Pero yo creo que están muy integrados y me siento orgulloso, me siento medio patriarca como ellos, y todos nos tendemos la mano”, revela. “¿Sabes dónde están menos integrados? De Despeñaperros pa’rriba. Porque en mi Algeciras son mis hermanos”.