Dice Antonio Luque, más conocido como Sr. Chinarro, que la cuarentena ha sido como “un domingo en Sevilla en agosto, a las cinco de la tarde”: ese pavor de las calles largas y vacías. Él es hipocondríaco, como todos los que aman fuerte la vida, y por eso escribe y por eso canta: para agarrarse bien a ella, que a veces resbala, sobre todo en estos días extraños. Ahora lanza El bando bueno -un disco del que está seguro, también, no es por nada, de que es bueno, si no no lo lanza, ya lo advierte Luque-, pero, ¿cuál es ese bando, ahora que ni siquiera somos guerracivilistas, sino que estamos divididos varias veces por todos los costados de España?

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“En este disco trato varios asuntos, y en este sentido diría que la ecología es algo que me preocupa especialmente, porque vivir de un modo respetuoso con el medioambiente es una fuente de felicidad muy clara”, explica a este periódico. “Cuanto menos consumes, cuanto menos agredes a tu alrededor, más felicidad tienes. Ahora la gente está deseando volver a los centros comerciales y a comprarse coches nuevos porque en el autobús dicen que nos contagiamos, ¿no? Nadie es feliz de esta manera. Deberíamos volver a vivir como monjes, que es equivalente a vivir como sabios. Sin consumir tanto, sin esa necesidad imperante de moverse, de hacer turismo ¡tan lejos!”.

Los de "enfrente"

Él se engancha, para titular esta obra, a aquello que decía Leonard Cohen: “Para apuntarse en un bando no hay más que ver a los que están enfrente”, y lo tiene claro. “Vamos, viendo el pelaje que tienen los Abascal, los Casado… semejantes personajes… le entran ganas a uno de coger el coche y pillar la bandera para echársela como en cara, por favor, que no ganen estos. Y no es que yo sea del PSOE, pero sí siento que hay que hacer campaña en contra de estos seres, que le están comiendo el tarro a los más jóvenes”, relata.

“Ves a niños de 14 o 15 años haciendo unas revisiones históricas… interpretando una historia del nazismo edulcorada: es terrorífico para el futuro. No nos pasa sólo a nosotros. En otros países han votado a perfectos inútiles como Trump, Bolsonaro o Johnson, que a mi juicio también es un payaso”. Ahora, todavía, dice, uno puede contradecir a “los fascistas” con el bolígrafo, o la guitarra, o el pincel, o la oratoria, pero “dentro de poco no va a servir para nada, creo que viene violencia pura y dura”.

“No sería la primera vez. En España somos expertos en guerras, que se lo pregunten a los Tercios de Flandes, famosos por su crueldad o a los conquistadores españoles en América. Ah, no, que eran muy buenos”, ironiza. “Bartolomé de las Casas tomó peyote y se inventó lo que contó”. Estos días recibe ‘amenazas’ de algunos de sus fans diciéndole que, como siga opinando de política en estos términos, van a dejar de seguirle. Oh. “A mí me da igual, no quiero tener muchos idiotas entre mi público. Siempre he pensado que mi público es bastante inteligente, así que si había algún tonto o algún facha camuflado, que cierre la puerta al salir, como le dijo Iglesias a Espinosa de los Monteros”. Y punto.

Contra las disciplinas

A él no le van las disciplinas, el pensamiento único ni los ritos incuestionables, ya lo cantaba en Yo no soy militar: “En cualquier desfile / mi paso cambiado irá / yo no soy militar, no, / yo no soy militar / hoy he preferido tomar el sol / cualquier cosa que diga / se utiliza en mi contra. / Se me juzgará como un desertor / y es que mi lucha es otra / y es que mi lucha es otra”. No es un ataque contra los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado, subraya. “No creo que todos los policías sean unos bastardos, ni todos tontos. Pero lo que es seguro es que el tonto de la clase ya quería coger una pistola o una porra en el instituto. El más tonto siempre quiso ser policía o militar”, resopla.

“Quiero creer que la mayoría eligen estos trabajos porque quieren defender a su país, no porque sean fachas ni nada: les va este asunto. Pero con que haya un carajote de vez en cuando, como este de Minneápolis, acabas. El tipo se excitaría, seguramente, y cuando se dio cuenta lo había matado. Es terrorífico. O Billy El Niño, que ha muerto sin juicio y sin que le hayan quitado las medallas, un tío sanguinario, un torturador que tiraba a la gente por las ventanas. Casi siempre son pardillos al servicio de otros más grandes a los que nunca les vemos la cara”, sostiene.

Sueños de 'wannabe'

En Una famiglia reale, de El bando bueno, canta “dame caricias, falsas noticias, sé mi princesa Letizia; dame la Biblia, y una familia, haz que parezca real”, y así dibuja el sueño medio del ciudadano wannabe. “Es una canción irónica. Yo también quisiera ser el rey de España, ¿quién no? Cuando era chaval, veraneaba en el Puerto de Santa María y siempre escuchaba a las niñas más guapas decir ‘vamos allí, que está el príncipe”… Al parecer, Felipe estaba ahí y las chavalas iban a ver si lo encontraban”, recuerda.

“Yo compongo muchas veces con la tele mutada, y vas viendo a reporteras y reporteros tan guapos, ¿no?, como Letizia en su día, cuando salía presentando las noticias. Y es como: sí, sí, lo que tú digas, te creo a ti, quiero elegir esta visión de la realidad. Me caso por la Iglesia, me quedo en las sagradas escrituras, tengamos una familia, quiero ser uno más…”, sostiene Luque. “No está dedicada explícitamente a los pijos ni a la Familia Real, en realidad es cualquier familia media. Cualquier familia funciona como la familia real, con más o menos dinero, pero se mueven por los mismos impulsos”. El impulso de una vida encauzada, con aspiraciones muy concretas. “Eso es lo que quiero denunciar”.

De dónde viene la tristeza

Antonio Luque sabe bien que “el primer fracaso fue el paraíso”, como canta en Depresión, donde relaciona la del Guadalquivir con la espiritual, con la anímica, con la médica. Él, que dejó su Andalucía y ahora vive en Barcelona. Esa añoranza de los campos perdidos. ¿De dónde viene la tristeza? Parece una colega remota: “Uno empieza a entender cosas ya en el jardín de infancia, o en párvulos. Yo andaba de puntillas, mi hijo también, pero a él le operaron y a mí no. Yo sabía leer antes de tiempo, y la profesora flipaba y algunos niños se metían conmigo”, evoca.

“Un tal Óscar me defendía y le pegaba a los demás. Tenía mi escudero. Te atacan ya en la guardería, ¿eh?, desde la infancia te están pegando y ya hay una guerra incluso entre niños que aún no saben leer. Hay motivos para estar triste con todo, pero yo considero una victoria personal no estarlo, porque me tomo las cosas a broma. Sigo contando con la ayuda de más de un escudero. No tengo apego a las cosas materiales”.

España y su caspa necesaria

Pero sí algunas nostalgias, como en esa rumbilla que surge en Sábanas santas. ¿Cree Luque que puede haber un folclore español sin caspa? “Sí, pero cuando no tiene caspa es muy triste. Por un lado está esa caspa que es un invento de Franco para los turistas, esa copla que es una exaltación, ese tablao y esos toreros, todo aquello tan kitsch, pero no es real. Si pensamos en el flamenco de verdad, en realidad es la canción protesta de un pueblo oprimido y pobre, por esto está llena de ‘ayayayay’”.

“Es ese quejío, el duende, que dicen. Un pueblo que no ha avanzado con tantos años del PSOE tampoco, ¿dónde está el dinero de la UE? En rotondas, ¿no? Y en cuentas corrientes… de otros. Me da tristeza. Prefiero abstraerme en mi mundo de The Smiths y de New Order, porque cuando le abro la puerta a estas cosas me sale mucho de dentro. Al final uno sabe tocar las palmas… no se trata de reprimirlo, sino de darle un sitio donde corresponde”.

Este es el país del souvenir, como canta en La Odisea, donde sueña con dejarlo todo atrás. “Hay quien piensa que me he ido, porque estoy en Cataluña”, ríe. “Pero estoy en Cornellá, y aquí veo más camisetas del Betis que cuando vivía en Málaga. Es mi tierra, pero fantaseo con que, de alguna forma, quede atrás. En sentido metafórico, en el sentido de que la ‘superemos’. De que vayamos de ‘España’ a una España mejor. Me gustaría que el ‘ayayay’ quedara atrás. Con todas sus penurias. Que fuera un recuerdo”.