Karina Sainz Borgo, dice, escribe para entender, para resistir. Escribe como sedación. Escribe para no matarse y escribe para matarse. De ahí que publique ahora sus Crónicas barbitúricas (Círculo de Tiza), una suerte de recopilación de sus diarios expiatorios desde que llegó de Venezuela a España, hace ya doce años. Textitos expectorantes, rabiosos, secos, graves, profundos, en ocasiones soberbios; textitos para coserse con cuidado la identidad quebrada, para arrastrar la patria móvil, para sujetar el corazón orgulloso de una mujer escéptica, irónica, dura, de una escritora que es hueso y cero gramo de cursilería, de un animal literario que no hace concesiones.

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Es este un libro para conocer más espinosamente las iras y los asombros de la autora de La hija de la española (Lumen), la primera y exitosa novela de la periodista cultural: un poderosísimo fenómeno editorial, vendida a 22 países antes de su publicación y ya disponible en 26 lenguas. Porque no: porque Karina Sainz no es la protagonista de su obra. Karina Sainz no es Adelaida Falcón, por mucho que los lectores la busquen en ella. Karina Sainz es, con toda probabilidad, Karina Sainz Borgo -una superviviente, nunca una víctima; una creadora temible, incorrecta y honesta, con la mirada lúcida de las grandes escépticas-: incluso los días que cuesta. 

¿Quién es Karina Sainz Borgo?

Bueno, una periodista que escribe todo el rato, con muy mal humor, que bebe un montón, que descree y que se equivoca mucho también. Creo que esa es una definición más o menos honesta.

¿Qué hay de eso de beber y del mal humor?

Lo de beber un montón… bueno, me he dado cuenta de que el alcoholismo no me toca porque sólo me gusta la cerveza. Sólo soy un poco tosca, podría decir. Y lo del mal humor sí, tengo una tendencia muy grande: no sé por qué, no soy la alegría de la huerta. Y a medida que pasa el tiempo me siento mucho peor, más irascible.

¿En qué no te pareces a Adelaida Falcón, la protagonista de La hija de la española?

En nada. Nada. Adelaida Falcón tiene algunas obsesiones mías, pero como personaje no se parece en nada. Adelaida es como invencible. Realmente es un personaje muy duro y con muchas aristas, yo creo que porque es una construcción política. Las personas somos un poco más planas, un poco más claudicantes, contradictorias… y yo me siento un poco así. Puede que lo tengamos en común es que yo también soy una hija sin hijo, eso también influye, de alguna manera. Los humanos somos más falibles, más diletantes, pero a los personajes de ficción tenemos que hacerlos así de concentrados porque si no se nos caen de las manos.

¿Y para qué sirven los barbitúricos?

Para sobrellevar el mal humor. Para no agarrar a batazos en una vitrina, para no salir a patear contenedores, para hacer algo con todo ese malestar que uno tiene encima. Hemos tenido esa visión trágica del barbitúrico literario, esa impostura de las escritoras suicidas… ¿no? Y los barbitúricos realmente sirven para no matarse. O para matarse de otra manera. Lo digo al principio del libro: escribir para no matarse, o escribir para matarse. Yo creo que hay unas ciertas paperas literarias que a veces duran más de la cuenta, de entender la literatura como una cosa catastrofista, eso de “me inyecto vinagre en las venas para ser más vampírica”. Creo que los barbitúricos tienen un poco esa impronta.

¿En qué canjeas tú tu rabia? Me decías lo de quemar contenedores y pensaba en el Joker, que tiene ira dentro, pero es ira sin ningún plan. Es un nihilista. ¿Tú?

No lo sé, la verdad. Una de las cosas en las que he recalado en la escritura es porque tengo una gran insatisfacción con todo. Tiendo a ser una persona bastante insatisfecha. Si estoy aquí, quiero estar allá… también creo que la insatisfacción es una cosa bastante humana. Siempre tengo prisa, siempre tengo una cierta ansiedad de qué es lo que viene, qué es lo que va a pasar, qué es lo que voy a hacer. Es como tener un ruido todo el rato en el estado de ánimo. Por eso creo que me gusta tanto Madame Bovary: es la novela que mejor diagnosticó cómo íbamos a vivir a los doscientos años de ser escrita. Porque es verdad que los seres humanos tenemos rasgos universales a lo largo del tiempo, pero yo siento que vivimos en una época con una extraña energía autodestructiva. Hemos renunciado a la complejidad, estamos todo el tiempo como intervenidos por una cierta psicosis. Somos mucho más psicóticos hoy que antes, ¿no te parece? Tengo esa sensación.

¿Cuándo fue la primera vez que te topaste con tu vocación de escribir?

Muy pronto. Yo creo que te podría decir… yo estudié en un colegio de monjas y un día nos pasaron una comunicación de estas no oficiales donde anunciaban algo y estaba firmada por la directora del colegio. Yo agarré, porque estaba aburrida, y me puse a ensayar mi firma… pero por impostura de niña. Y la insulté: “Te pintas el pelo, eres una vieja zorra...”. Claro, la circular se quedó en el salón, la recogieron y me llama la directora y me dice: “¿Qué es esto?”. Y yo: “¡¡¡Ah!!!”. Me iban a expulsar y todo, así que mi madre me dijo: “De aquí en adelante, todo lo que vayas a escribir, escríbelo aquí”. Y me dio un cuaderno que además era de Beverly Hills 90210, no se me olvida. Empecé a coger la costumbre con método de escribir. Sí había mucho de eso… y tenía como unos 12 años cuando eso pasó. Desde entonces escribo todos los días.

¿Todos los días?

Te lo juro. Yo no paro de escribir jamás.

¿Cómo distingues lo que quieres mostrar y lo que no?

Ah: el tiempo. Uno aboceta cosas en una libreta que luego desarrolla, pero hay momentos en los que te viene una idea buena y la trabajas en dos páginas. Luego eso hay que corregirlo: borrar, borrar, borrar… o hacer carpintería. Yo creo que escribir todos los días te da un sentido más veloz y más pertinente de cuándo una palabra realmente tiene que ir y cuándo no, te da más orden. Claro que hay que diferenciar entre escribir y el periodismo. El periodismo es como una tarifa plana de escritura. Y más en el periodismo cultural.

¿Nunca le has cogido rechazo a escribir, precisamente por esa ultraproducción, por esa sobreescritura? Distinguiendo entre el oficio y la vocación.

Más que rechazo… creo que nos pasa a todos, la procrastinación. La necesidad de postergar las cosas. Cosa que no me pasa con la ficción. Yo siempre quiero escribir ficción, pero al periodismo sí le saco a veces un poco de cuernos. Sí.

¿Referentes?

Bastantes. En la ficción Coetzee, la Doris Lessing, Natalia Ginzburg… son autores brutales por razones distintas. También Cervantes, siempre lo digo, me enseñó a escribir en un sentido más maduro. Tengo unos dioses de esos que uno dice “por favor, maestro, ayúdeme”… Conrad. Nabokov. Me gusta mucho Javier Marías, creo que está un poco emparentado con Nabokov. Y en no ficción hay autores que me parecen luminosísimos. Muchos de ellos supuran en este libro y son latinoamericanos. Carlos Monsiváis, que era un cronista mexicano tremendo, por ejemplo. Me gusta ese Tom Wolfe joven, ese de las crónicas de nuevo periodismo, con su cuento de las panteras negras y los canapés, ¿no? Esa manera de poner dos cosas contradictorias en una crónica para mostrar su falsedad. Carrére. Foster Wallace en su lado crónica, porque como ficción no es legible. Quienes dicen que es magnífico mienten como putas, no se han leído La broma infinita. No lo han hecho, están mintiendo. Cercas me gusta. Por ahí podría estar ya un rato largo. El siglo XIX español, por ejemplo, tiene unas cosas luminosísimas. ¡Larra! Ostras, este tío… el mismo Umbral, que a veces es un poco redicho, también. Por ahí van los tiros.

¿Qué sabes de la patria?

Que es medio portátil. Que te la puedes llevar un poco a donde tú estés siendo en ese momento, pero como toda buena cosa portátil, pesa, es complicada de gestionar, se rompe, también se reparte. Pero creo que la patria es falible como concepto. Es muy falible. El problema es que hay una cosa en la que siempre tiene la razón: que cuando falta, se expresa muchísimo. Duele un montón. Yo tengo una mezcla ahorita de minipatrias. Un archipiélago. Entre mi propio país, la versión desmejorada de ese país que también ha creado como una patria pasada, me siento muy española (porque me siento muy española, esa es la verdad)… pero al mismo tiempo me gustaría estar entrando y saliendo de todas partes, como a todo el mundo un poco, ¿no? Pero es verdad que cuando pierdes el centro necesitas un lugar donde guarecerte. Y ahí yo creo que lo que más se parece es la escritura.

¿Cómo de importantes son las raíces?

Sí… se está bien. Uno en el fondo no elige una raíz. La raíz te sujeta un poco, te recuerda un poco quién eres, para bien y para mal. No está mal tener cosas que no te gustan.

¿Volverías a Venezuela? ¿Qué tendría que pasar para que lo hicieras?

El país al que yo quiero regresar no existe. Lo pienso a menudo: si yo volviese estaría peleando todo el día. Ya yo no me parezco a la sociedad de la que salí. Me parezco más a esta. Claro que me encantaría volver… pero no estoy segura de que pudiera vivir ahí. No creo, de hecho. Durante muchos años me costó muchísimo sobrellevar la venezolanidad, no la entendía… y una vez que empiezas a entender que no estás de acuerdo con la sociedad en la que creciste, lo llevas mejor. A mí me pasa. ¿Sabes cuándo uno se pone un poco truculento…? ¿Dónde te ves enterrado? Me veo enterrada aquí.

¿Y España, qué es para ti? Ahora que el concepto parece tan problemático.

Uy, sí. España es eso: el lugar donde me gustaría que me enterraran. Un lugar tremendamente tolerante, desde mi punto de vista. Una sociedad abierta. Me gusta que sea problemática, porque en España estar juntos es estar en desacuerdo. No puedes parar de discutir y eso me parece interesante. Son tremendamente emocionales y expresivos en España. Tiene una temperatura y un sentimiento mucho más complejo… me siento más de aquí que de América Latina. Puede que sea porque me formé aquí. Yo llegué con 23 años. Todo lo más o menos importante en el sentido del desarrollo joven-adulto fue aquí. Me parece que tienen cosas muy importantes, entre ellas una tradición literaria de narices y una raigambre histórica tremenda. La Universidad de Salamanca tiene ocho veces el tiempo que tiene Venezuela como nación. Y creo que eso pesa.

¿Cómo asumes tú los problemas políticos de España con lo que ya sabes?

Uy, qué miedo. Con muchísimo miedo. Se lo comentaba hace unos meses a Álvaro Colomer. Yo vengo del futuro. Y sé que no se puede jugar con determinadas cosas.

¿Como cuáles?

Por ejemplo: socavar las instituciones no es saludable. No hace falta demoler un edificio si tiene grietas, hay que reformarlo. Y mucho menos dinamitarlo desde dentro del sistema. Cuando encuentras un cuerpo extraño que está atentando contra la democracia, lo que tienes que hacer es… como los virus: aislarlo y ver qué pasa con él. Todo el tema de los nacionalismos me preocupa muchísimo, porque creo que es la socavación institucional. Están horadando las instituciones, y un día se caen. Me preocupa que las generaciones más jóvenes vean la democracia como una cosa inútil, ¿no? Tal y como la conocemos, la democracia es mejorable, pero díganme qué quieren. ¿Qué alternativa hay?

¿Crees que la gente, los lectores, ha esperado de ti que seas más revolucionaria por tu condición de persona joven? ¿Les sorprende tu conservadurismo por tu edad?

¡No vale eso…! No creo. Yo siempre digo que cuando llegué a España creía que era de centro izquierda y descubrí que era de centro derecha. Realmente hoy me parece un acto punki. Ser de derechas hoy es un acto punki y tremendamente rompedor. Además desconfío mucho de la palabra “revolución”. El nombre de la revolución es como el nombre de dios: bajo él nos han metido cientos de tropelías. Yo creo que es normal que haya una cierta ensoñación revolucionaria, pero las revoluciones siempre quedan en agua de borraja. Siempre. Me daba mucha risa cuando las personas veían el 15-M como una instancia revolucionaria y realmente las buenas intenciones quedaban disueltas en un asambleísmo que no tenía ninguna razón de ser. La revolución es, al final, comprarte un chalé en Galapagar, eso es para mí la revolución. Eso.

¿Qué es lo bueno de la derecha? ¿Qué es lo sexy, lo punki, lo destacable?

Dependiendo de cuál derecha.

De la tuya.

No sé, yo encuentro en el pensamiento conservador un poco más de templanza. Y la templanza de alguna u otra manera te permite ser más lúcido. Sin embargo, yo creo sinceramente que el pensamiento de izquierdas tiene un pequeño problema: es magnífico siempre que está en la oposición. Cuando gobierna pone la cagada. Una cosa impresionante. He encontrado más sectarismo en el pensamiento de izquierdas que en el de derechas. El de derechas ya sabes por dónde va, ya sabes a qué atenerte; mientras que a la izquierda, por lo menos, la de nuevo cuño, la veo sectaria. Digamos que tengo un pensamiento conservador. Soy bastante conservadora, y no porque sea una señorona del barrio de Salamanca, sino porque me he vuelto muy escéptica con la izquierda. Soy de derechas por rebote. Tengo una reacción pendular por descreimiento.

Te ha pasado algo así con el feminismo. No sé si por no querer caer en el gregarismo.

Soy muy escéptica con el feminismo de nuevo cuño.

¿Cuáles son tus reticencias?

Percibo una cierta uniformidad, una concepción de la masculinidad como oponente, un cierto adanismo y una cierta ingenuidad… y sobre todo, cuando una causa no es del todo maliciosa la pueden utilizar. Por ejemplo, creo que se está haciendo un uso ideológico del feminismo. Cuando vi lo de “un violador en tu camino”… decir que el Estado opresor es un macho violador… bueno, ten cuidado, porque ahí estás metiendo muchos conceptos. Estás horadando una serie de conceptos. Mi feminismo es más sesentoso. Yo soy más Doris Lessing, más Susan Sontag… yo quiero igualdad de oportunidades, no ir en contra de los hombres.

Escribiste un texto muy hermoso hablando sobre una especie de soledad. Escribías nocturnamente y te preguntabas por ti misma y por si eras, o no, feminista, o qué tenías tú que ver con el movimiento contemporáneo.

Sí, para mí mi feminismo es escribir en mi casa, pagarme yo mi casa y comprarme yo mis libros. Yo diría que más que el machismo, lo que me enfada es el paternalismo.

Directamente relacionado.

Sí… pero esto de como que no te creen lo suficientemente válida… es una terrible combinación, la juventud y la feminidad. Joven y mujer. Yo siento que yo me he tenido que masculinizar un montón.

¿Para sobrevivir, para hacerte fuerte?

Desde que empecé. Empecé trabajando en un diario en Venezuela que se llamaba El Nacional, cuando nadie se planteaba estas cosas. Y me tuve que masculinizar. O desfeminizarme.

¿Cómo es ese proceso?

Como ejercer una cierta neutralidad. Tener mucho cuidado en los mensajes que enviaba. Sí, como un cierto calvinismo. Un “eh, yo aquí vine a trabajar”. No sé. Creo que venía en buena medida porque yo crecí en una sociedad que ni siquiera es machista: es misógina. Tremendamente misógina. La mujer era vejada constantemente intelectualmente. Los putos concursos de belleza eran la mayor demostración de eso. La feminidad era un continente, no un contenido. Yo sentí un profundo rechazo por la frivolidad, por esa exhibición, ese aparentar… y sin embargo, yo era objeto de eso también. Cuando llegué a España me pude quitar de encima una serie de lastres que, me di cuenta, eran profundamente mantuanos, como digo yo. Sin embargo, yo crecí en un hogar bastante feminista. Mi madre era muy “tú te regresas a la hora que te dé la gana”, y me daba las llaves del coche. “No tienes que esperar que nadie te lleve o te traiga”. Eso me marcó un poco.

¿Cómo se relaciona la escritura con la feminidad? Mejor dicho: ¿se relaciona o no?

Es que es inevitable. La escritura tiene relación con tu ser y lo que ocurre en ese ser: los estados de ánimo, la melancolía, la ira, el asombro. Yo me enfado y pienso como mujer porque ¡soy mujer!, tengo una sensibilidad distinta. Ni mejor ni peor. Hay un texto del libro que me encanta. Digamos que tenía un mal de amor importante y estaba pensando en la pastora Marcela. La pastora Marcela no es tanto feminismo, sino libertad.

“Yo nací libre y para poder vivir libre, escogí la soledad de los campos”.

Claro, ella lo que dice a Grisóstomo es como: “Oye, el que se montó el cuento eres tú, hazte responsable de tus pajaritos preñados”. Y yo me di cuenta cuando estaba dolida por mi mal de amor… ¡en el fondo la culpa es mía, por haber pensado que me iban a querer! Eso es un poco… mi sensibilidad femenina condiciona eso, condiciona mi experiencia y mi manera de escribirla. Quizá el tema del feminismo me tiene muy empachada. Sé que hay que hablarlo, ¿no? Pero me preocupa que mientras le damos vueltas a la rotonda de nuestro feminismo ombliguista, el tema verdaderamente importante, que son las mujeres objeto de violencia física o psicológica, justamente terminan callando por la sobreexposición. Las que son víctimas van a terminar peor. Tengo esa sensación. Ojalá me equivoque.

¿Qué sabes del amor que no sabías hace 18 años?

Que está sobrevalorado. El amor, en realidad, son unas expectativas que tienden al incumplimiento. Es como el verano: tiende a la pudrición, a lo crepuscular. Se desgasta. Se va deshaciendo. Tiende a la insatisfacción. Yo por lo menos hace mucho tiempo que no tengo una pareja estable.

¿Por qué?

No tengo ni idea.

Seguro que has hecho un autoanálisis.

No, te juro. Debo proyectar algún mensaje de rechazo. A mí el amor me parece realmente empalagoso y falible. Probablemente esté equivocada y haya gente que se adore y se ame… ¡muy bien! Yo no sé.

¿Cuándo fue la última vez que te enamoraste?

Hace como cuatro años, creo yo, y salió fatal. Pero bueno. ¿Ves? Expectativas incumplidas.

¿Cómo se relaciona la escritura con el amor en ese sentido? Esto de que los autores monógamos escriben peor… o más limitados.

(Ríe). Esa no la había escuchado. No, creo que no tiene nada que ver. Hay un mundo interior que es independiente del espacio afectivo y debe serlo.

Luego siempre las parejas de los autores van buscando cierta autobiografía y te tocan un día el hombro y te dicen: “¡Eh! ¿En quién pensabas cuando escribiste esto…? No soy yo”. No se reconocen y se molestan.

¡Ah…! Eso sí… tanto. Yo me llevé por delante una relación por eso.

¿Sí?

Claro, y yo dije: “Mira, yo escribo lo que me da la gana”. Y aquella fue un divorcio. Realmente fue: a mí nadie me dice lo que tengo que escribir ni lo que tengo o no tengo que hacer. Sí. ¿Ves? Hay que reivindicar la propia libertad. Escribir es un acto, dentro de lo que quede, de relativa libertad. Se puede ser buen o mal escritor, pero tienes derecho a escribir lo que quieras. Sin duda.

¿Y qué sabes hoy del sexo que no sabías con 18 años?

Ay, que necesita tiempo.

¿Cuánto?

Mucho tiempo y trabajo. Requiere método. Nunca suenan las campanitas, eso es mentira. La monogamia perjudica la capacidad de innovación. El sexo para mí es más intelectual. Yo no me puedo acostar con una persona con la que no tengo nada que decirme. Me parece deprimente. Deprimente. De verdad… es deprimente. En buena medida, creo que el sexo viene dado más por la polea del personaje en sí. De “con quién comparto”. No me puedo acostar con alguien con quien no pueda hablar, por muy tremendo que esté. No puedo.

Dime autores decepcionantes.

Foster Wallace como escritor de novela. Bolaño, sobrevalorado, y generó un efecto contagio tremendo. ¿De los santos laicos…? Te diría… no sé.

¿Y algún español y vivo?

Déjame pensar. No se me viene ninguno a la cabeza.

¿Cómo convive el ser periodista cultural con dar el salto y publicar un libro de tantísimo éxito; cómo llevas la maquinaria de la relación con las editoriales…?

Es complicado, complicado. Yo intento seguir haciendo mi trabajo lo mejor que puedo, pero hay cosas a las que tengo que renunciar. Hay libros que no puedo elegir. Bien sea porque mi objetividad, si pasa por darle un palo al libro, ya no puedo ni debo. No es justo que se lo dé. Porque quizá parte del engranaje que a mí me permitió hacerme visible saldría golpeado. Por ponerte un ejemplo. Hay cosas que no haría. La crónica esa tan killer de Loriga… ya no la haría. Una hace años en Voz pópuli, cuando contaba cómo llegaba borracho… es que es agotador dar entrevistas. Y la gente tiene derecho a mandar a los otros al demonio. Y creo que los periodistas tenemos una cierta sensación de inviolabilidad, de que podemos hacer lo que queremos. Enterrar el ojo.

¿Crees que somos crueles a veces de forma gratuita?

Creo que somos frívolos. Yo misma, la primera. He ido a entrevistas a veces a confirmar mis hipótesis sobre un personaje. Y no le he preguntado quién es.

¿Te planteas dedicarte únicamente a la escritura y dejar el periodismo en algún momento?

No. Yo no tengo edad para ponerme un batín.