Nadie dijo que el amor fuera perfecto, imperecedero y hecho por una química infalible. El amor está hecho de química, no con química. No somos robots. Afortunadamente. Somos humanos, débiles, endebles ante los avatares. Este jueves no ha sido un día fácil para mí; he despedido a una persona importante para mi pareja: para mí. Y en la caminata, e iglesia, he pensado en la fragilidad, en el amor auténtico, ese que te llega y que ahorca, te flashea, te obnubila. ¡Existe, claro que existe! Que no te engañen, ¡está ahí; sal y devóralo! Es tu momento, siempre lo es. 

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No hay nada más inevitable que la muerte. Esa nunca es infiel. Lo reflexionada con un familiar de Manuel: en realidad, nunca nos engaña. Sabemos cómo es la vida. Total, que parece que ha sido premonitorio: vengo de ese desagradable momento, ¡y celebro la vida, el amor, la juventud! Lo que viene entre dos personas. Que siempre es bonito. Este jueves se ha estrenado en todos los canales de Mediaset el reality La isla de las tentaciones. Para que me entiendan: viene a ser algo así como una isla-confinamiento o cárcel de la carne en la que cinco parejas -ojito, se entienden bien avenidas y rebosantes de amor y parabienes- se retiran a una isla en la que, agárrese, hay más mujeres y hombres. 

Mónica Naranjo en el estreno de 'La isla de las tentaciones'. Mediaset

Todos ellos, en el amplio género, esplendorosos y de buen ver. Con un afeite, un dorso de infarto, en ellos; y con una curvas vertiginosas, en ellas. ¿Se lo están figurando? ¡Una oda a los cuernos! A la debilidad humana. Un despropósito. Casi, cuasi inhumano y herido de muerte. Yo no soy un moderno, ni pretendo ir de ello: Dios me libre. Eso sí, hay conceptos en los que ando trabajando por aquello de la democracia -los comunistas se asientan- y yo no me puedo quedar atrás. Los de base, ¡los más inocentones! Pero, cuidado, por los que no voy a pasar son por los más serios. 

No me gusta nada la pareja conformada por Gonzalo y Susana. ¡Esas escenas nunca queremos verlas! Giramos el cuello, elegantes. Pero, no. Son perros viejos, ambos. Participaron en una edición de Gran Hermano y los veo, poco menos, como si hubiesen ganado el premio Nobel. Piano, piano, señores. Detesto a estos que vienen soltando los tanques repletos de barro: ¿quiénes son y hacia dónde van? Perdonen, tienen una agónica fecha de caducidad. ¡Por no hablar del machismo que se desliza de sus manifestaciones! Yo ando espantado, os cuento. 

El percal de La isla de las tentaciones es el que sigue: cinco parejas, aparentemente borbotando amor y feromonas, se presentan al concurso con un claro objetivo: hacerse y hacer ver que su historia es sólida, inquebrantable y faraónica. Aquí ya hallo lagunas: si tú estás tan seguro de que tu amor no lo tumba o destruye ni la María la Piedra más destructiva, ¿por qué vas allí? Ojo, no soy lerdo; conozco algo la televisión, pero profundizo: si sois una pareja estándar, ¿qué hacéis tonteando con algo tan complejo y... y... complejo como el poliamor? Porque no os ni engañéis: allí se pretende practicar eso. Yo, cariño mío, te amo con locura, no existe un ángel más potente para mí. Te adoro, me guías, me haces ser mejor... pero si me ponen un pibón enfrente....

Cuidado con las dosis de machismo y consentimiento que concedemos tan gratuitamente. El tal Gonzalo no me gusta un pelo. Tiene mirada turbia. Lo miro y caigo en un pozo lúgubre. Él entra como la pareja de Susana, mi favorita. Los dos se postulan como ganadores y se lo creen. La mecánica del concurso es la que sigue: la pareja se divide en dos grupos -¿adivinan? Sííí, chicos por un lado y chicas por otro, ¡muy novedoso todo!- y, acto seguido, a los racimos humanos se les van presentando hombres y mujeres potentes, ¡muy guapas y guapos! Irresistibles, casi. 

Carnaza, carnaza. Todo muy progresista. Ojo, la vara de medir parece estar dañada: yo aquí, en el desfile de carne masculina y femenina, en la compraventa humana, en el amor al kilo, veo... veo machismo. Lo veo y pensé en cubrirlo de interrogación, pero, ¡no! Veo machismo, ¡y del peligroso! Porque, como decía antes, no estamos hablando de poliamor o de relaciones abiertas, no. Hablamos de cinco parejas -Gonzalo/Susana, Andrea/Ismael, José/Adelina, Fani/Christofer y Álex/Fiama- que se ven obligadas a coincidir con otros seres despampanantes. Y colocarles collares a modo de premio. ¡Vivan los años trabajamos de igualdad! Ahora, pregunto, esas voces socialistas, no sé, iré a GAES: las escucho más bajas. Vamos, un silbido inaudible. 

Lo mismo Gonzalo tuvo un... tuvo varios días. Puede. Aquí, sus palabras (pena no haberlas recogido todas): "Me da coraje que ella tenga más collares que yo", "Está llena de flores", "Ella es muy dependiente de mí". No lo cogí textual, pero dijo algo así: está confundida, el que le gusto soy yo, soy el macho alfa. Me olía que se quedaría con él porque es el más guapo. Y cuando se acerca su pretendienta, le pega un manotazo ante su dueña. ¿Ves? ¡Pues tú igual! A mí, me da miedo. ¡GONZALO, FUERA! ¡EXPULSADO! Es de esos, esos que en la despedida de su pareja, escupen, intimidatorios: "Prométeme que no te gustará otro". Siempre, la mujer subyugada. Cada día, será porque voy a cumplir 30 años, la teoría del embudo ancho y estrecho... me escama más. 

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