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Hay cocinas que no se miden por los metros cuadrados ni por el brillo del acero, sino por el calor que desprenden sus fogones. A sus 77 años, Karlos Arguiñano no necesita proclamar su amor por la tierra: le basta con abrir la puerta de su hogar.

Encaramado en las laderas que custodian Zarautz, su villa natal, el célebre cocinero guipuzcoano ha levantado un santuario donde la piedra ancestral del País Vasco convivirá siempre con el aroma a perejil fresco y el bullicio de una familia numerosa.

Lejos del bullicio mediático pero a menos de media hora de San Sebastián, el caserío de Arguiñano se alza como una fortaleza de serenidad integrada en el paisaje. Una construcción de arquitectura tradicional, de fachada robusta y piedra vista, que domina desde la altura las praderas verdes y el horizonte del Cantábrico.

Un retiro estratégico en una de las cotas inmobiliarias más codiciadas de la región: con un precio medio en la localidad que ronda los 5.346 euros el metro cuadrado, solo por detrás de la capital donostiarra en el mapa de Guipúzcoa, las estimaciones del sector sitúan el valor de esta propiedad holgadamente por encima del millón de euros.

Una cocina con alma de plató

Dentro de la vivienda, el diseño rústico se entrelaza sin estridencias con elementos de corte contemporáneo, cediendo todo el protagonismo al espacio más sagrado para el chef: la cocina. Diáfana, luminosa y dominada por muebles de madera clara y una imponente isla central con encimera de piedra, la estancia está concebida para ser vivida.

Grandes ventanales inundan de luz natural la superficie y conectan de manera fluida con el salón-comedor, dominado por una sólida mesa con capacidad para entre seis y ocho comensales.

Fue precisamente durante los meses de confinamiento cuando los espectadores pudieron colarse, por primera vez y de forma íntima, en las tripas de este refugio.

Con los estudios de televisión cerrados, Arguiñano convirtió la cocina de su propia casa en el plató de Cocina Abierta, mostrando entre cazuelas sus utensilios personales, sus rincones favoritos y esa calidez cotidiana que no se ensaya.

Pero el espectáculo no termina entre cuatro paredes. En el exterior, el caserío respira la filosofía de vida que el cocinero lleva décadas divulgando.

La parcela alberga una pintoresca minigranja donde conviven patos, gallinas y vistosos pavos reales, enmarcada por huertos de hortalizas, árboles frutales y parterres impregnados de hierbas aromáticas. Un microcosmos rural que abastece la mesa familiar y apuntala esa conexión umbilical con el producto de proximidad.

La huella de Villa Aiala

Más allá del valor material de la finca, el verdadero tesoro del caserío es su condición de punto de encuentro. Padre de siete hijos y abuelo de una numerosa saga de nietos, Arguiñano ha diseñado este espacio como el hogar definitivo para la reunión, el escenario de sobremesas interminables donde se celebra la vida alrededor de un buen plato.

Un vínculo con la gastronomía local que se extiende apenas a unos minutos de la residencia, a orillas de la playa de Zarautz.

Allí se erige el emblemático hotel-restaurante familiar Villa Aiala. Ubicado frente al mar y provisto de doce exclusivas habitaciones, este establecimiento, que ostentó la prestigiosa estrella Michelin entre 1982 y 1998, sigue siendo el buque insignia del clan Arguiñano, un templo donde la tradición vasca y la materia prima de temporada continúan marcando el compás.

Entre el mar de Zarautz y el silencio de los montes, Karlos Arguiñano ha encontrado el contrapunto perfecto a una vida de éxito masivo: un refugio de piedra, madera y tierra donde el cocinero más popular de la televisión sigue siendo, ante todo, un hombre de campo rodeado de los suyos.