Antes de convertirse en el rostro institucional de la capital, José Luis Martínez-Almeida (51 años) fue sencillamente el eslabón final de una mesa donde la comida no esperaba por nadie.
El menor de seis hermanos criados en el ecosistema acomodado del Madrid patricio aprendió temprano dos leyes no escritas: la celeridad a la hora del almuerzo y la estrategia para sobrevivir en una masa familiar nutrida sin perder la identidad.
Su origen traza una línea directa con el poder y el abolengo político de la España del siglo XX. Por parte de su padre, Rafael Martínez-Almeida y León y Castillo, fallecido en 2012, el árbol genealógico enlaza con Pablo Martínez-Almeida, hombre de confianza e integrante del consejo privado de Juan de Borbón en los años del exilio.
Por el lado materno, Ángela de Navascués Cobián Ruiz de Velasco, fallecida en 2019, ejerció durante años el mando institucional de la Confederación Española de Antiguos Alumnos de la Enseñanza Católica.
Una alcurnia que, sin embargo, en el día a día de un hogar con seis hijos se traducía en una dinámica convulsa, ruidosa y viva.
Almeida.
Fútbol, astucia en la mesa y devoción atlética
"Mi infancia fue muy feliz. Soy el pequeño de seis hermanos y recomiendo la familia numerosa, aunque no soy precisamente un ejemplo", reflexionaba el regidor madrileño en una conversación con Telva, ironizando sobre su singularidad en la saga al haber sido el único hermano que demoró la descendencia.
En la intimidad de aquella casa, la felicidad familiar no adoptaba la forma de una postal estática, sino de un matrimonio con carácter y pulso propio: "Mis padres tenían un gran sentido del humor y fueron un matrimonio feliz, aunque también recuerdo enfados monumentales".
De su madre no solo heredó los rasgos del rostro; también absorbió dos señas de identidad irrenunciables: "Físicamente me parezco a mi madre, y de ella he heredado ser del Atleti y las ganas de luchar".
La supervivencia en una familia numerosa exigía astucia elemental. En declaraciones a El Español, el político del Partido Popular desgranaba los códigos de aquella convivencia sin adorno alguno: "Comiendo había que ser rápido para llevarse lo mejor, ya sabes".
Aquel niño no destacaba como el erudito de la clase ni como el rezagado del aula. En las aulas del colegio Retamar de Pozuelo de Alarcón, vinculado al Opus Dei, Almeida trazó un expediente pragmático y equilibrado.
"Era un niño bastante prototípico: me gustaba el fútbol, me gustaba leer, sacaba mis notas en el colegio... Era cumplidor, pero sin volverme loco, por encima de los aprobados, pero un poco por debajo de lo que podía haber conseguido", reconocía sobre su etapa escolar.
José Luis Martínez-Almeida.
Entre Los Cinco, 'Marcelino pan y vino' y la sierra
Cuando las aulas cerraban, la literatura juvenil de la época ocupaba las horas muertas. En sus estanterías convivían las aventuras de Los Hollister, los misterios de Los Cinco y las pesquisas de Los Tres Investigadores, lecturas que alternaba con las tardes de balón sobre el asfalto o el césped.
El refugio estival de aquella infancia no estaba en la costa, sino en las alturas de la Sierra de Madrid. Siguiendo un ritual casi idílico que él mismo ha comparado con la mítica serie Heidi, el joven José Luis ponía rumbo a la casa familiar de Cercedilla durante las vacaciones de verano.
Allí la figura del abuelo materno, José Luis Navascués, cobraba un relieve magnético. Hombre clave de la industria cinematográfica española como distribuidor y productor, Navascués ostentaba en su historial el hito de haber producido Marcelino pan y vino, el clásico imperecedero del séptimo arte patrio galardonado con el Oso de Plata en la Berlinale.
Junto a él, entre historias de cine, paseos por la montaña y el aire fresco de la sierra, el hoy alcalde de Madrid terminó de moldear la memoria de unos años donde el fútbol, los libros y el ruido de una casa llena trazaron la arquitectura de su carácter.
