Miguel Ríos (82 años) vino al mundo en Granada el 7 de junio de 1944, justo cuando las tropas aliadas desembarcaban en las playas de Normandía. Aquella coincidencia histórica marca la primera página de sus memorias, pero su verdadera guerra comenzó bastante más cerca: en el barrio obrero de La Cartuja.
Décadas antes de abarrotar estadios y convertirse en el patriarca del rock español, el pequeño Miguel era el benjamín de nueve hermanos en una calle sin automóviles donde el barro y el estraperlo dictaban las normas del día a día.
Su identidad se forjó en esa infancia dura que el músico recuerda hoy con una lucidez afilada y sin una gota de nostalgia edulcorada.
En una reciente y sincera charla con Gonzo en Salvados, el artista de 82 años volvió a fijar sus posiciones de clase con la misma contundencia con la que sostiene un micrófono:
"A mí la pasta no me importaba. Yo tengo muy presente el estrato social del que he salido. Y no me ha gustado mucho separarme de ese estrato social. Creo que desde muy pequeño me di cuenta de que estaba incómodo con los ricos. Me jodía", confesaba ante las cámaras.
Remataba, además, una máxima que ha guiado su trayectoria sobre las tablas: "He cantado con mucha gente en mi vida, pero no he querido que cantaran mejor que yo, nunca... Sé que puede sonar un poco ruin, pero era mi vocación".
En los años 50, La Cartuja no era un entorno pintoresco; era sencillamente un territorio sin recursos. "No había coches, no porque mis vecinos no quisieran tener coche, es que no podían tenerlos", explicaba el músico en una entrevista con Mujer Hoy.
En esa casa austera, sin embargo, se produjo una rendija por la que se coló la música: su padre ganó en una tómbola un aparatoso gramófono de trompeta.
Entre los discos de piedra que sonaban los domingos para las visitas emergió la voz de Mario Lanza interpretando Granada, el clásico de Agustín Lara. Miguel se aprendió cada melodía de memoria y descubrió que el canto escondía su primera gratificación económica.
"Se la cantaba a mi madre, que, enternecida, me daba una peseta para chucherías o para tebeos", rememora en su autobiografía Cosas que siempre quise contarte.
Tras la pronta muerte de su padre, la figura materna se convirtió en el pilar definitivo de la familia. Fue ella quien tuvo que encajar el impacto cuando aquel muchacho de 17 años decidió liquidar su vida conocida y poner rumbo a la capital.
"Con lo lejos que está Madrid, ¿qué voy a hacer yo sin verte, con lo chico que eres?", fue la única objeción que le planteó antes de dejarlo marchar.
Miguel Ríos.
Anhela "palmar cantando"
Los primeros capítulos del mito en Madrid se redactaron con platos combinados en pensiones humildes y turnos de trabajo en unos grandes almacenes. El destino quiso ubicar a Ríos en la sección de discos. Allí, entre vinilos importados y portadas que examinaba con devoción, comenzó a fraguarse la ambición de ver algún día su propia cara impresa en una funda de cartón.
El éxito masivo llegó en los años 70, transformándolo en un fenómeno sociológico que trascendió el mapa musical español. No obstante, el vértigo de los focos nunca logró borrar la huella de origen.
A sus 82 años, Miguel Ríos insiste en que su brújula no ha cambiado de rumbo. Con la gente de su barrio y con los suyos es con quienes nunca ha tenido que forzar la postura. El rock fue el billete de salida de La Cartuja, pero el estrato social sigue siendo su único hogar.
Cuando piensa en el desenlace de su vida, tiene claro que quiere dejar este mundo haciendo lo que más le gusta: "Me gustaría firmar un final a la carta y palmar cantando".
