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En un ecosistema televisivo obsesionado por la tiranía de la juventud y el recambio generacional, Iker Jiménez (53 años) opera desde un plano aparte.

En pleno pulso por el prime time, donde ha vuelto a certificar la solidez de su formato frente a rivales de la franja nocturna como La Revuelta de David Broncano, el comunicador no solo consolida el músculo de su idilio con el espectador. También se permite teorizar en directo sobre el desgaste del tiempo.

Lejos del pánico biológico habitual que padecen, muchas veces, quienes trabajan en la pequeña pantalla, Jiménez ha desmontado la mística de cumplir años con un diagnóstico libre de impostura. La madurez acumula cicatrices, sí. Pero el núcleo interno permanece inalterado.

"Yo me sigo sintiendo el mismo que con 18 años. ¿Ha cambiado algo realmente? La vida te da experiencias, pero a pesar y a favor de todo eso, tus acciones internas no han cambiado mucho", reflexionaba el periodista ante las cámaras al abordar el paso de las décadas.

Iker Jiménez en 'Horizonte'. Cuatro

Para el creador de Cuarto Milenio y Horizonte, el envoltorio envejece y el bagaje se ensancha, pero la pulsión fundamental, esa curiosidad de fondo que le empujaba a investigar en su adolescencia, responde exactamente a los mismos estímulos.

La madurez profesional

Esta visión de continuidad vital no es un arrebato reciente en su discurso. Ya en abril de 2021, durante una de sus reflexiones al cierre de Cuarto Milenio dedicadas a la nostalgia y al paso del tiempo, el presentador aludía a esa extraña percepción subjetiva de las edades.

"El cerebro no cumple años al mismo ritmo que el cuerpo. Por dentro, uno conserva la misma chispa de cuando empezaba, aunque el espejo o el carné digan otra cosa".

Asimismo, en intervenciones en su canal de YouTube (La Estirpe de los Libres), ha reiterado en diversas ocasiones cómo la veteranía en los medios le ha servido para inmunizarse contra las modas: "Con los años te das cuenta de que lo único que permanece es ser fiel a lo que eres. Las tendencias van y vienen, pero la pasión por contar historias no envejece".

Esa perspectiva explica en buena medida su longevidad en la cúspide. Mientras la industria busca fórmulas quirúrgicas para retener a la audiencia, la receta de Jiménez para encajar las victorias en las métricas pasa por un repliegue deliberado hacia lo fundamental.

Frente a los focos, las cuotas de pantalla y el fragor del share, el comunicador ubica su ancla emocional al margen del ruido mediático: "Yo, cuando de verdad soy feliz es con mis pequeñas grandes cosas", ha confesado.

Esa negativa a dejarse arrastrar por la inercia del medio le permite abordar su etapa actual, consolidado como un valor de referencia en la televisión en España, no como una meta inflada por el ego, sino como la simple prolongación natural de la vocación de aquel joven de 18 años.