"Estoy cansada de la familia Rivera", fue el grito casi histérico -y de guerra- que lanzó Isabel Pantoja (70 años) en 2003 durante una llamada telefónica en directo al programa Bravo por la tarde de Canal Sur. Aquella fue una frase que quedó para la posteridad del papel couché.
Desde que en 1984 Francisco Rivera 'Paquirri' perdiera la vida en la Plaza de toros de Pozoblanco, la relación de su viuda, Isabel, con la familia Rivera Ordóñez -que ya venía algo tirante, según las crónicas-, terminó enconándose y haciéndose imposible.
Cuatro décadas de guerras, de enfrentamientos, de dimes y diretes. Entonces, Carmen Ordóñez inició una guerra para que sus hijos, Francisco (52) y Cayetano (49), recibieran lo que les pertenecía de la herencia de su padre; lo que él hubiera querido.
Kiko y Francisco junto a las cabezas de toro.
Entre esas cosas, lo que siempre han querido Fran y Cayetano, por aquello del valor sentimental, son trajes de torear, capotes, y cabezas de toro. Hoy, en 2026, al menos uno de los hermanos Rivera Ordóñez, Francisco, es feliz: tiene en casa algo de su padre.
No todo lo que gustaría, porque aún siguen sin ver los trajes de torear y los capotes, pero al menos ha podido obtener dos cabezas de toro que, según ha podido conocer EL ESPAÑOL, estaban colgadas en uno de los salones de Cantora.
Kiko Rivera (42) ha sido el encargado de hacerle entrega a su hermano. "Hoy papá estaría feliz", dice Francisco junto a la foto en la que posa con su hermano Kiko. Esas cabezas de toro estaban en Cantora. Por tanto, allí sí había enseres para Fran y Cayetano.
Ante esto, se puede colegir que Isabel habría protagonizado cuatro décadas de mentiras o de medias verdades, al menos. Pese a todo lo dicho y defendido, y a la luz de los acontecimientos, intramuros de la finca sí había cosas para los Rivera Ordóñez.
Para comprender la magnitud del gesto de Kiko Rivera es necesario reconstruir esta historia, plagada de versiones, de excusas y de batallas judiciales sin parangón.
Paquirri e Isabel Pantoja.
Tras la tragedia de Pozoblanco, el reparto de los bienes de Paquirri se transformó en una guerra de trincheras entre la viuda y la primera esposa del diestro, Carmen Ordóñez, quien reclamaba incansablemente los objetos de valor sentimental para sus dos hijos.
Durante años, la respuesta procedente de Cantora fue el silencio o la negativa rotunda. Isabel defendió sistemáticamente que en la finca no quedaba nada que entregar a los primogénitos de su difunto marido.
Cuando los tribunales apremiaron a la artista en la década de los noventa para que procediera a la entrega de los trajes de luces y capotes, la viuda denunció un oportuno y providencial robo en la propiedad.
Sostuvo entonces Isabel ante las autoridades que unos desconocidos habían saqueado la casa llevándose, precisamente, los enseres personales del matador.
A dicha versión se sumaron con el paso del tiempo relatos sobre un conato de incendio en las dependencias agrícolas que supuestamente habría destruido parte del material textil y los elementos de brega del torero.
Toreando en la plaza de Las Ventas en Madrid en 1980.
En paralelo, la defensa jurídica de la tonadillera aludía a que en las escrituras de partición de la herencia firmadas en 1987 solo constaban los bienes con tasación económica estricta, quedando fuera cualquier inventario de enseres sentimentales.
Por tanto, defendía la línea de Pantoja que no existía obligación legal alguna de ceder pieza alguna a los hermanos Rivera Ordóñez. Hay que aclarar en este punto que la suerte de mentira o contradicción de Isabel no ha quedado hoy, 2026, al descubierto.
Ya en 2020 su hijo Kiko, ese 2 de agosto, en plena celebración del cumpleaños de su madre en Cantora, entró por casualidad en una estancia de la finca que habitualmente permanecía bajo llave. Lo que encontró al cruzar la puerta lo dinamitó todo.
Los trajes de luces de Paquirri, sus capotes de paseo, las muletas con las que toreó en las principales plazas del mundo, sus estoques y sus trofeos personales estaban allí, perfectamente conservados y empaquetados.
El día de la boda de Paquirri con Isabel Pantoja.
Meses después, en noviembre de 2020, Kiko Rivera se sentó en el plató del programa Cantora: La herencia envenenada para revelar al mundo el hallazgo que cambió el rumbo de la saga. Esa noche, Kiko destapó la supuesta otra cara de su madre.
"Durante toda mi vida me dijeron que en Cantora se había robado todo, que no quedaba nada de mi padre para mis hermanos. Cuando entré en esa habitación y vi todos los trajes de mi padre perfectamente guardados, sentí que me habían engañado toda la vida".
"Esos trajes eran de Fran y de Cayetano, y siempre estuvieron allí", confesó el DJ ante millones de espectadores. La confesión televisiva de Kiko Rivera reactivó de inmediato la maquinaria jurídica de los hermanos Rivera Ordóñez.
Libres de las dudas que los habían perseguido durante años y confirmada la existencia de las piezas, Francisco y Cayetano presentaron un requerimiento notarial expreso dirigido a Isabel Pantoja para exigir la devolución inmediata de los enseres personales de su padre.
La respuesta de la tonadillera a través de sus representantes legales volvió a ser evasiva. Pantoja se acogió nuevamente al documento de reparto de 1987.
Arguyó entonces no recordar haber firmado ningún anexo donde se especificara la cesión de dichos objetos y remitiéndose a la falta de constancia formal en las escrituras definitivas.
Tras constatar que la vía civil implicaba prolongar una dolorosa batalla en los juzgados sin garantías de una entrega rápida, los diestros decidieron congelar la reclamación judicial seis meses después para evitar el desgaste psicológico que arrastraban desde la infancia.
Kiko Rivera junto a Francisco y Cayetano.
"He llorado mucho. Con mucha impotencia y sin entender nunca el porqué", llegó a relatar Francisco Rivera en las páginas de la revista ¡HOLA!.
"No perdonaré que una de las penas que tuvo mi madre en su vida fue no haber logrado que sus hijos tuvieran el legado que su padre quería para ellos".
La venta de Cantora
La realidad actual, esa entrega de dos cabezas de toro de Kiko a Francisco, no hubiera acontecido sin la venta de la finca Cantora, el pasado mes de enero, por aproximadamente 1,2 millones de euros.
La finca ha caído en manos de un inversor franco-libanés y, lógicamente, obligó al desalojo total de la residencia donde Isabel Pantoja se había atrincherado durante décadas.
El proceso de mudanza y vaciado del inmueble puso definitivamente a disposición de Kiko Rivera los objetos que su madre había mantenido bajo llave.
Hoy, y a falta del misterio de los trajes de luces y los capotes, Kiko ha tomado la iniciativa de contactar con sus hermanos -al menos, con Francisco; de Cayetano no hay constancia- para restituir lo que la justicia formal no pudo ejecutar en 40 años.
