Ya lo dijo Winston Churchill. Ponerse al frente de una nación no es tarea fácil: "La política es casi tan emocionante como la guerra y casi tan peligrosa. En la guerra solo te pueden matar una vez; en la política, muchas veces".
Igual de bien conoce esta premisa Felipe González. A sus 84 años, contempla el ejercicio del poder como un engranaje insaciable que devora a quienes lo habitan.
El expresidente del Gobierno destripa la gestión pública sin anestesia ni edulcorantes: gobernar un país genera una frustración consustancial a la tarea. Porque el lienzo, por muchas pinceladas que des, jamás se completa.
La alta política no ofrece cierres ni satisfacciones definitivas. Lo que te regala, más bien, es un ciclo perpetuo de exigencias que transforma la responsabilidad en una servidumbre permanente. Una labor de pico y pala extenuante. Es algo que ha manifestado a lo largo de numerosas charlas y entrevistas.
"La política es bastante inhumana, porque es siempre una obra inacabada", sostenía González durante una confesión de alto calado con el periodista Jordi Évole en el espacio Lo de Évole (LaSexta), hace ya cuatro años.
La vida política
Alejado de lecturas épicas y a años luz de cualquier atisbo de nostalgia, el que fuera líder socialista recurría a una analogía tan cotidiana como aplastante: la de quien intenta disfrutar de una cosecha tras una intensa actividad de siembra sin lograr jamás rematar esa tarea.
"Cuando alguien planta una lechuga, llega un momento en que la ha cortado y se la puede comer. Eso en la política no existe, y es una sensación muy agobiante. No importa cuántas veces ganes las elecciones ni cuántos años lleves en el Gobierno; cuando crees que has acabado una tarea, llega otra", explicó en su encuentro con Évole.
Su manera de ilustrar la asfixia del gobernante no puede resultar más gráfica. Ni más fiel a la realidad. Entonces, la tensión de su relato no fue un diagnóstico formulado en el retiro, sino un ahogo cotidiano que ya dejó registrado cuando estaba en la cima de su carrera.
Durante la conversación, Évole rescató una nota confidencial redactada por el propio González en 1989, en plena vorágine antes de una campaña electoral y bajo la presión de las mayorías absolutas: "No puedo pensar que de esta actividad solo te saque la edad o la derrota total, pero necesito vivir. Querría alejarme de los despachos".
Al reencontrarse con sus propias palabras escritas cuando dirigía el país, el expresidente intentaba amortiguar el impacto con un leve "tampoco hay que exagerar", pero terminaba admitiendo la huella invisible de aquel cansancio estructural.
Llegó al punto de sentirse agotado. Y solo, además. "La soledad del presidente es absoluta cuando hay que tomar la decisión final. Te pueden asesorar mil personas, pero el botón lo aprietas tú solo y la responsabilidad no se delega", recordó en su libro biográfico Memorias del futuro.
Su padre nunca fue a visitarlo mientras fue presidente del Gobierno. #LoDeFelipe https://t.co/VfMVc7M9mi
— Lo de Évole (@LoDeEvole) March 6, 2022
"No he sido un buen padre"
El peaje personal de esa dedicatoria absoluta no se cobró únicamente en el desgaste ideológico. También en la salud y en la trinchera del descanso. González reconoció abiertamente que la maquinaria institucional le privó de mecanismos básicos de protección. Porque cuando a él le tocó ponerse a los mandos del Ejecutivo, aquello de la salud mental era un concepto inexistente.
"Nunca tuve ayuda psicológica y probablemente me hubiera venido bien", aseguraba, desvelando la secuela imborrable de su paso por La Moncloa: "Llevo tomando una pastilla para dormir durante 40 años".
En su caso, la mayor fractura de esa factura vital no se libró en los despachos ni en las noches en blanco. Fue en la intimidad del hogar donde se cuajó su mayor quiebra personal. En el tramo más descarnado de su reflexión, el expresidente hizo balance de las ausencias acumuladas frente a su familia durante sus años de mandato. Y asumió una culpa sin atenuantes.
"Creo que he sido un padre que quiere a sus hijos, pero buen padre significa dedicar mucho tiempo a sus hijos, cosa que no he hecho", aseveró contundente.
Al ser preguntado sobre el poso que esa brecha temporal dejó en su entorno más cercano, González no buscó justificaciones políticas ni atenuantes de Estado. Admitió, simplemente, y sin demasiados aspavientos, que sus hijos pudieron sentirse decepcionados con él en algún momento. Fue un padre ausente.
"Desde el punto de vista personal, seguro. No hay más explicaciones", reconocía. La política le dio la capacidad de transformar un país, pero el peaje íntimo de su labor fue el tiempo irrepetible con los suyos.
