José María Aznar (73 años) concibe el poder no como un refugio institucional ni como un ejercicio de permanencia. Para él, es un instrumento utilitario que solo cobra sentido si existe una idea previa de país.
La Moncloa no es un fin en sí mismo, considera el expresidente del Gobierno. Es, únicamente, un despacho desde el que aplicar un diseño trazado de antemano. Quien cruza esa puerta sin un mapa claro en la cabeza queda reducido a un simple gestor de la coyuntura. O a un mero ocupante del cargo.
"No todo el que llega a presidente es un líder político", aseveraba Aznar durante una extensa conversación en el podcast de Jaime Cabezas. Para el dirigente popular, la jefatura del Ejecutivo y la autoridad moral no siempre viajan en el mismo equipaje.
El liderazgo real exige una lectura estratégica de la historia, una comprensión afilada del presente y la ambición de proyectar la nación hacia adelante. Un atributo que, a su juicio, se detecta de inmediato: "La vocación, la decisión, la determinación y el coraje es lo que te determina en las decisiones, en el liderazgo y en la presidencia".
El plan previo frente al poder hueco
En el diagnóstico del expresidente, la política contemporánea sufre un paulatino vaciamiento de ideas sustituido por la mera gesticulación. El ejercicio de la autoridad requiere, por encima de todo, un programa estructurado antes de asumir el mando.
"Lo peor que puede ocurrir a un líder político o a un presidente es llegar y el primer día preguntarle a su asesor: '¿Qué hacemos?'", advertía en su charla con Cabezas. Para él, la estancia en el Gobierno carece de valor si se despoja de su capacidad transformadora.
"A mí, estar en el Gobierno por estar sentado en el Gobierno sin poder hacer nada no me interesa absolutamente nada, no vale para nada. El poder por el poder es lo que ocurre ahora con los populistas", destacaba.
Esa misma determinación debe trasladarse, según su criterio, a la política exterior. En un tablero internacional crecientemente competitivo, la tibieza estratégica condena a los Estados a la irrelevancia.
Aznar lo ilustraba con una máxima tan gráfica como pragmática: "Si no estás sentado en la mesa, eres parte del menú. Prefiero estar sentado en la mesa y tener la ambición de estar sentado en la mesa a no estar dando vueltas alrededor para ver cómo deciden sobre mí los que están sentados".
Para sostener esa posición de fuerza, el expresidente apela a una facultad hoy en declive: la capacidad de convencer. En un escenario dominado por el ruido dialéctico y las trincheras ideológicas, considera que la persuasión se ha evaporado del debate público.
"Hoy la política no consiste en convencer o intentar convencer al adversario; consiste en que uno afirma sus prejuicios y el otro afirma los suyos y se están tirando a cantazo los prejuicios todos", lamentaba.
Asimismo, recordaba que cualquier intento de seducción intelectual exige una carga de verdad íntima: "Sin alma y sin sentimiento no hay persuasión y por lo tanto no hay capacidad de decidir".
José María Aznar.
"La arrogancia es mala"
La gestión del poder exige también un método riguroso en la articulación del Gabinete. Lejos de temer el talento ajeno, Aznar defiende la incorporación de colaboradores de primer nivel, aun a riesgo de lidiar con personalidades complejas.
"Cuanto más competente es el equipo, mejor. Lo mejor del equipo es que todos los que forman parte de él piensen que son más listos que el líder, y que el líder sepa que lo creen... eso genera mucha más confianza".
Sin un proyecto común, sin embargo, la maquinaria gubernamental corre el riesgo de naufragar: "Se puede convertir en una carrera de despropósitos, de incompetentes o de ególatras".
Para evitar esa dispersión, el expresidente imponía una disciplina de hierro en la coordinación ministerial durante sus años de mandato (1996-2004).
"Yo hacía que todos los ministros contasen sus cuestiones ministeriales cada uno una vez a la semana y que todos los demás lo supieran. Yo quería que el ministro de Economía supiese lo que pasaba en el Ministerio de Agricultura", ha recordado. "Es la manera de ensamblar las cosas".
Esa arquitectura de mando requiere un delicado equilibrio psicológico entre el orgullo y la contención. Aunque reconoce que en momentos de máxima presión institucional es necesario "tirar de gallardía y de ego", advierte contra el peligro de la soberbia en la toma de decisiones.
"La arrogancia es mala en cualquier ámbito de la vida... Una persona arrogante suele cometer muchos errores". Frente al descontrol del ego, contrapone una visión sobria de la función pública: "Ser humilde no significa que no tengas capacidad de decisión; ser humilde significa que sabes y conoces que las circunstancias siempre son limitadas".
Al echar la vista atrás, despojado ya de la urgencia del día a día, Aznar reduce el examen de la historia a una pregunta sencilla, desnuda de artificios: "¿Cómo cogí mi país, cómo dejé mi país, cómo era la situación internacional... y decir: ¿contribuí a que fuera mejor? Ese es el análisis sensato que tiene que hacer un político liberal".
