A los 84 años, Felipe González no negocia con los eufemismos del lenguaje. Mientras la conversación pública se afana en revestir la senectud con etiquetas amables como la "tercera edad" o el "envejecimiento activo", el expresidente del Gobierno prefiere mirar de frente a la biología. También a la propia biografía.
Su arquitectura intelectual no esquiva el paso del tiempo. Lo disecciona con una lucidez exenta de dramatismo. El que fuera líder del Ejecutivo de 1982 a 1996 sitúa la frontera real del declive no en la arruga o en el cansancio físico, sino en una rendición más silenciosa: la capitulación de la mente.
"La vejez empieza cuando tu cabeza se resigna. Cosa que además es lógico, natural y es bueno que ocurra. Pero mi cabeza no para, está permanentemente activa", dice.
Felipe González.
"Me veo viejo"
Esa fue la reflexión del líder socialista durante una profunda conversación con el periodista Jordi Évole en el programa Lo de Évole (Sexta). En aquel encuentro, emitido con motivo de sus 80 años, González desnudó la vivencia íntima de quien ha pasado de moldear la historia de un país desde La Moncloa a habitar la condición de espectador privilegiado. Y veterano.
Para el político sevillano, la consciencia del tiempo fue un descubrimiento tardío. Entró en el Palacio de la Moncloa en 1982 con 40 años recién cumplidos, en una etapa donde la vertiginosa agenda política anestesió cualquier atisbo de crisis vital.
"Yo no tuve conciencia de la edad hasta que cumplí 60 años, no sé por qué. De pronto lo que comprendí es que en mi horizonte vital era mucho más largo lo que dejaba atrás que lo que tenía adelante", confesaba a Évole. Una revelación aritmética que transforma la mirada: la certeza de que el pasado pesa cuantitativamente más que el futuro.
Lejos de los discursos motivacionales que buscan edulcorar el paso de los años, González asume la ancianidad con un pragmatismo tajante. "Me veo viejo. Es una vejez distinta a la que sentíamos que tenían las personas con 80 años de hace 50. Pero me veo anciano, me veo mayor", explicaba.
Marcaba, asimismo, distancias explícitamente con las jergas institucionales al admitir que no se reconoce bajo ninguna etiqueta: "No me veo de la tercera edad".
Felipe González durante su entrevista con Jordi Évole.
Para el expresidente, el envejecimiento disfruta de un cierto margen de maniobra, pero exige un pacto de honestidad con uno mismo. Quizás por ello no teme ahondar en el tema de la muerte. Una temática a la que prefiere restar peso específico. No es para tanto, sostiene.
"La muerte es un hecho natural. Le damos demasiada importancia. Está bien que hablemos de los 80 años, pero vamos a esperar a otra ocasión para hablar del final. Yo hablo de estas cosas, pero no así", comentó en su charla con Évole.
Esta línea de pensamiento no ha sido un exabrupto televisivo puntual, sino una constante en su discurso público reciente. En noviembre de 2021, durante su intervención en el foro Diálogos para el Desarrollo celebrado en Sevilla, el exlíder del PSOE ya dejó una sentencia que anticipaba su postura ante la longevidad.
"Cumplir años es un ejercicio de resistencia; lo dramático no es envejecer, sino perder la curiosidad por lo que pasa a tu alrededor", decía entonces.
Esa curiosidad refractaria a la resignación es la que mantiene a Felipe González en el debate político actual. Su diagnóstico despoja a la vejez de todo patetismo y la sitúa en su justo plano.
Cierto es que el cuerpo puede acusar el desgaste. Y que el horizonte vital se reduce inevitablemente. Sí. Pero la decadencia real solo se consuma cuando el pensamiento se da por vencido. A él, de momento, jamás se le ha pasado por la cabeza rendirse.
