Mucho antes de convertirse en el rostro predilecto de la comedia amarga y el esperpento patrio, Carlos Areces (50 años) aprendió a fabricarse el universo en las cuatro paredes de su habitación.
Con una brecha generacional de tres lustros respecto a sus hermanos, el actor y dibujante madrileño no conoció el bullicio doméstico de la infancia compartida; creció, más bien, como un observador clandestino del mundo adulto.
"Mis padres ya tenían dos hijos, la parejita, y llegué yo. Me llevo 15 años con mis hermanos. Para cuando yo empezaba a tener uso de razón, mis hermanos ya eran prácticamente adultos con sus propias vidas", ha recordado el intérprete sobre el desfase cronológico que estructuró su niñez.
"El chistoso de la clase"
En una entrevista con la revista Vanity Fair en 2015, el cómico desgranó, con todo lujo de detalles, cómo experimentó una soledad infantil que terminó por cimentar su carrera artística.
Sin compañeros de juego a los que recurrir, el aislamiento doméstico se convirtió de manera involuntaria en su primer taller creativo: "Crecí en una dinámica de hijo único, pasando muchísimas horas solo en mi habitación, sin niños con los que jugar en casa".
Lejos de convertirse en un trauma, aquel encierro forzoso fue la mecha de su vocación gráfica y narrativa. Como el propio actor rememora, el aburrimiento fue el primer gran estímulo de su vida.
"La soledad de esa época fue el motor de todo lo que vino después. Cuando no tienes hermanos de tu edad a los que incordiar, te inventas tu propio entretenimiento. Yo me lo inventé con un paquete de folios y una caja de rotuladores", recordaba en la citada entrevista.
Los cómics y las viñetas se convirtieron pronto en su principal refugio y ventana al exterior.
"Devoraba cualquier cosa que tuviera viñetas. Mi infancia huele a papel de tebeo. Empecé dibujando para entretenerme a mí mismo, copiando a los grandes de Bruguera, y pronto me di cuenta de que crear historias era la forma más directa de construir un mundo a mi medida", rememoraba.
Sin embargo, las paredes del hogar no eran el único escenario donde Areces ensayaba sus defensas. Al cruzar la puerta del colegio, la timidez inicial dio paso a un ingenioso mecanismo de supervivencia social apoyado en el trazo y la ironía.
"En el colegio fui pasando por distintas fases: del niño tímido que se escondía detrás de sus dibujos al 'chistoso' de la clase. Descubrí muy pronto que el humor y saber hacer caricaturas de los profesores era una excelente moneda de cambio social y un escudo bastante eficaz", ha destacado.
Carlos Areces.
Formado en Bellas Artes
A este caldo de cultivo se sumó una complicada etapa familiar que afianzó su sesgo analítico y su particular gusto por el absurdo.
"La separación de mis padres en aquella época marcó la forma en que veía las dinámicas familiares. Había un contraste entre la vida gris cotidiana y el refugio absurdo que yo me montaba en mi cabeza", ha contado. "Esas vivencias te curten una mirada observadora, un punto satírico de los adultos".
Esa mirada ácida e incontestable terminó por canalizarse a comienzos de los años 2000, cuando Areces —formado en Bellas Artes y tras dar sus primeros pasos como historietista e ilustrador— dio el salto a la televisión de la mano de Joaquín Reyes, Ernesto Sevilla, Raúl Císter y Julián López en la mítica etapa de La Hora Chanante y Muchachada Nui.
En aquel laboratorio del humor surrealista, personajes inolvidables como el Boy Scout o el mismísimo Señor Pectoral consagraron su genio para encarnar tipos extravagantes, abyectos y profundamente cómicos. Una versatilidad que más tarde prolongaría en ficciones televisivas de éxito masivo como Museo Coconut, La que se avecina o El pueblo.
El cine no tardó en reclutar ese talento inclasificable. Álex de la Iglesia vio en él al protagonista perfecto para la grotesca y trágica Balada triste de trompeta (2010), un papel que le valió la aclamación de la crítica y confirmó que su registro trascendía con creces el gag televisivo.
Desde entonces, cineastas como Pedro Almodóvar (Los amantes pasajeros, La piel que habito) o Javier Fesser (Historias lamentables) han acudido a él para inyectar a sus películas esa turbia y desternillante humanidad. Todo un recorrido profesional que nació, precisamente, cuando un niño solo en su cuarto decidió agarrar un paquete de folios e inventarse su propio mundo.
