Luis Zahera tiene una explicación para una de las dificultades que todavía arrastra: le cuesta decir 'no'.
Él no lo atribuye a una ambición desmedida ni a una obsesión por mantenerse en primera línea. Lo sitúa mucho antes, en la educación que recibió y en una generación para la que el trabajo no era solo una obligación, sino una especie de salvavidas moral.
El actor gallego lo cuenta en una entrevista con Esquire, en la que repasa su infancia y juventud en Santiago de Compostela, la ciudad donde nació y donde comenzó a construir una personalidad que terminaría llevándole hasta uno de los lugares más reconocibles de la interpretación española.
"Tengo 60 años. A mi generación la educaron con la amenaza de que, si no trabajas, acabas debajo de un puente, en la indigencia", explica.
"Me cuesta decir que no"
El gallego admite que exagera deliberadamente para arrancar una sonrisa, pero enseguida precisa que detrás de la hipérbole hay una realidad que marcó a quienes crecieron como él: "Los de mi generación estamos programados para trabajar".
En su caso, esa programación tiene además un componente familiar. Sus progenitores pertenecían a una generación que había conocido las consecuencias de la posguerra y que transmitió a sus hijos una relación con el esfuerzo mucho más rígida que la actual.
"Mis padres se comieron la posguerra, lo que debieron vivir... Por eso me cuesta decir que no; me educaron así", reconoce en la citada revista.
Esa dificultad para poner freno adquiere ahora otra dimensión. Zahera reconoce que atraviesa un momento especialmente intenso de su carrera. "Yo reconozco que estoy un poquito de moda, que es mi momento", señala.
Lo sabe, entre otras cosas, por la reacción de quienes se encuentra por la calle: "Ostras, Zahera, qué de moda estás", y me alegra el corazón"
Pero precisamente ese reconocimiento tiene una contrapartida. El actor siente que ha llegado el momento de desmontar una idea que le ha acompañado durante décadas: la de aceptar todo porque siempre hay que seguir trabajando.
"Tengo que sacudirme esa carga de “hay que hacerlo todo", admite, antes de admitir que la acumulación de trabajo empieza a preocuparle por sus consecuencias físicas y emocionales: "Me da miedo que me dé un parraque, un megaataque de ansiedad".
Educación en un colegio religioso
Antes de convertirse en actor, Zahera fue un niño formado en un colegio religioso de Santiago de Compostela. Estudió con los Hermanos de La Salle, en una época en la que la disciplina escolar tenía poco que ver con los códigos actuales.
"Yo iba a un colegio religioso, de los Hermanos de La Salle, con aquella educación de antes en la que te daban bofetadas", recuerda. Tenía solo 9 años cuando entró en contacto con un universo de relatos religiosos que, lejos de resultarle aburridos, despertaron su imaginación.
Los hermanos "Celestino y Marcelino" les hablaban "de milagros y de santos". También de revelaciones y de misterios teológicos. Zahera recuerda especialmente aquellas historias: "A los santos se les revelaba algo, el misterio de la Santísima Trinidad, que no hay Dios que lo entienda".
En aquel entorno encontró, de alguna manera, una primera forma de fascinación por el relato y por quienes eran capaces de construirlo delante de otros. La revelación definitiva, sin embargo, no llegó en las aulas. Llegó en un teatro.
Fue su hermana Ángeles quien lo llevó a una representación. Zahera tenía todavía edad de niño cuando descubrió allí una posibilidad que hasta entonces no había contemplado: la de convertir la interpretación en una forma de vida.
“Qué cosa más divertida, más alucinante", recuerda en Esquire. Lo que vio sobre el escenario le produjo un auténtico flechazo. "Me impresionaron esos tipos contando una historia en un escenario, haciendo el tonto (como diría mi madre)".
No necesitó demasiado tiempo para entenderlo. No hubo un proceso largo de deliberación ni una vocación construida durante años. Fue, según su propio relato, una certeza instantánea: "Tuve la suerte de saber, en una fracción de segundo, lo que era lo mío".
Entre la disciplina de un colegio religioso, la herencia de unos padres marcados por la posguerra y aquella primera visita al teatro se fue formando el actor que hoy habla de su oficio desde un lugar muy distinto.
Zahera ha llegado a los 60 convertido en un rostro habitual de la ficción española y en un intérprete especialmente reconocible, pero conserva intacta la memoria de aquel niño compostelano que descubrió en un escenario que aquello que otros podían considerar una forma de entretenimiento podía ser, para él, una profesión.
Hace tiempo que el problema dejó de ser encontrar su camino: es aprender a no recorrerlo a toda velocidad.
