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Todo lo vivido. Triunfos, derrotas y aprendizajes, la obra autobiográfica de Iñaki Urdangarin (58 años), está a la venta este inminente jueves, 12 de febrero, en todas las librerías de España. No obstante, EL ESPAÑOL ha conseguido, en primicia, horas antes, un ejemplar del libro.

No es un volumen para ajustar cuentas -aclara el autor-. Durante sus 296 páginas, la intención no es otra que "ofrecer un relato experiencial de aquellos episodios" que convirtieron a su protagonista en la persona que es hoy.

Pasajes que van desde su infancia, sus éxitos deportivos y hasta su escalada social llegando a formar parte de la Familia Real. Cómo no, el exduque mira de frente a sus fallos, y reconoce sus errores.

Malas decisiones que le llevaron a perderlo todo, incluida su libertad. No hay duda de que uno de los pasajes de la vida del ex marido de la infanta Cristina que más interés suscita es su paso por la cárcel.

Iñaki Urdangarín en una imagen reciente, tomada en el marco de la promoción de su libro.

Iñaki Urdangarin fue condenado a cinco años y diez meses de prisión por el Caso Nóos. El 18 de junio de 2018, a primera hora de la mañana, ingresó en el centro penitenciario de Brieva (Ávila).

Una cárcel principalmente de mujeres con un pequeño módulo masculino donde el ex deportista podría estar completamente solo, sin contacto con otros reclusos. Allí pasó "mil días y mil noches".

"Las puertas se cierran detrás de mí. Y sé, con una certeza que me atraviesa como un afilado cuchillo, que no se volverán a abrir pronto. En ese instante, empieza para mí una pesadilla que nunca imaginé", comienza explicando el ex duque sobre el primer día en el que perdió su libertad.

"Entrego mi teléfono móvil -mi único vínculo con el exterior- y, junto con él, todo lo que me quedaba de control sobre mi mundo. Los funcionarios inspeccionan mi ropa. Me cachean. Me hacen preguntas (...) Un médico, una psicóloga y la subdirectora me interrogan. Mi cuerpo está ahí pero yo no".

"Me permiten una última llamada. Llamo a casa. La voz al otro lado del teléfono me sostiene durante unos segundos... hasta que me conducen a mi celda". Y cuando se cierra la puerta, sólo le viene un único pensamiento: "No voy a poder soportarlo".

La portada del libro de Iñaki Urdangarin.

"Quiero desaparecer. Quiero que me trague la tierra", escribe. Iñaki fue ingresado en un módulo especial, donde antiguamente las reclusas daban a luz.

Según la descripción que él mismo hace en su libro, la celda cuenta con un baño pequeño (esto es algo excepcional en la cárcel), una cama, un escritorio y una salita contigua con televisor. Desde su habitación hay un acceso a un pequeño patio.

"Los primeros tres meses… no los gestioné bien. Puse todo de mi parte en intentar mantenerme lo más entero posible, pero no conseguía resultados. Entré en un bucle negativo del que no era capaz de salir", cuenta en su obra.

"Y sé que preocupé mucho a las personas que estaban fuera, que sufrían al verme así. Me costó más tiempo del que imaginaba reaccionar, empezar a cuidarme, afrontar la situación con un mínimo de templanza, de orden, de luz. Lloré mucho. Muchísimo", agrega.

Dice que allí dentro, intramuros, reflexionó, trató de dar con la razón principal por la que quedó privado de libertad: "Cuando no comprendes del todo cómo has llegado hasta allí (...) explicaciones que te hagan entender un presente incomprensible (...) No te queda otra cosa que llorar".

En esa línea, asevera, rotundo: "A mí se me aplicó un doble castigo. La privación de libertad. Y la soledad". "Y esa soledad, en los primeros tiempos, me rompió. Era como otra prisión dentro de la prisión", abunda en la idea.

Rememora Iñaki que aquellos días fueron un "páramo", en el que no hablaba con nadie, salvo con los funcionarios, que entraban y salían del módulo. Destaca de estas personas que se comportaron con él de forma "muy humana".

"Porque aquellas breves conversaciones del día a día eran una bocanada de oxígeno", plasma en el papel el exbalonmanista. La familia, claro está, también se convirtió en ese asidero necesario. Dice que las visitas eran muy limitadas. "Muy pocas".

Los fines de semana, narra Iñaki, disponía de un locutorio "unos cuarenta minutos". También se sincera el que fue cuñado de Felipe VI (57) sobre los vis a vis que, en su caso, siempre fueron "familiares" y nunca "íntimos", "por pura necesidad emocional".

La familia de Urdangarin es numerosísima, resalta él en Todo lo vivido, motivo por el cual tocaba "priorizar" a la hora de celebrar esos encuentros entre rejas. "Para mí era clarísimo: lo primero, mis hijos y Cristina, mi madre y mis hermanos", cuenta.

Iñaki Urdangarin.

Subraya Iñaki las visitas de dos personas clave de la Familia del Rey, que tampoco lo dejaron solo: la infanta Elena (62) y "su prima, doña Cristina Borbón Dos Sicilias, acudieron regularmente a prisión para ofrecerme apoyo, compañía y palabras de ánimo".

Por otro lado, Urdangarin explica que tenía derecho a diez llamadas por semana, "de siete minutos cada una". (...) "Eso significaba una al día… y el fin de semana, que siempre era más duro, te quedaban tres más para repartir como pudieras".

¿Qué hacía Iñaki en su día a día?

En Todo lo vivido, Urdangarin recoge cómo fue aquella rutina, marcada por el aislamiento. Al ser una cárcel de mujeres, dice Iñaki que no podía "cruzarse" con nadie ni tenía actividades programadas. Los primeros tiempos fueron duros. Más adelante, pudo organizarse mejor.

Pasear por el patio, estudiar, trabajar... Y a las tres de la tarde, era su hora del deporte en el polideportivo. Le autorizaron una bicicleta estática, y ahí echaba las horas. Entrenaba de tres a cinco horas. El deporte -que siempre le acompañó- fue su "medicina".

Comía a las cinco de la tarde, para que la tarde -hasta las 20 horas- se le hiciera más llevadera. Mención aparte merecen las cartas que le llegaban a prisión: tanto de familiares y amigos, como de desconocidos. En esos larguísimos días y meses, Iñaki se dio a la escritura.

Iñaki Urdangarin, en una fotografía tomada en 2018, llegando a los juzgados. Gtres

Fue el consejo que recibió: "Escribe". Todo lo que le pasaba, de lo más nimio a lo importante: lo que sea, sobre el papel. Y eso hizo Urdangarin. También estudiar. Se matriculó en un Máster de Psicología del Coaching en la UNED, que cursó íntegramente desde la cárcel.

Grados de libertad

Dice Iñaki que llegaron los grados de libertad "mucho más tarde de lo razonable", y que esto lo achacó él a que se quería que su condena fuera ejemplar.

"A los seis meses (...) solicité acogerme al artículo 117, que permitía dos salidas semanales para hacer un programa de voluntariado". Se lo denegaron. Fue un duro golpe para él. No entendía por qué; estaba siendo un recluso con "conducta impecable".

Tras varias negativas, llegó la oportunidad de acudir al centro Don Orione, en Madrid, "dos días a la semana". Aquello le dio la vida. Llegó la pandemia y se paralizó todo. Con el tiempo, llegó el tercer grado y, con él, su ansiada libertad.