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Durante años le hicieron llegar el mismo mensaje con distintos envoltorios: había que apresurarse. En el cine, le dijeron, el tiempo de las mujeres tenía una fecha de caducidad. Naomi Watts ha llegado al otro lado de esa frontera y se ha encontrado con algo que contradice aquella vieja sentencia: más personajes, más libertad y todavía muchas historias por contar.

El pasado 19 de septiembre, la actriz australiana recibió en el Festival de Cine de San Sebastián el reconocimiento a toda una carrera, un homenaje que llega en una etapa en la que su discurso sobre el paso del tiempo tiene tanto peso como su filmografía. Desde el escenario donostiarra, Watts habló sin rodeos de una industria que durante demasiado tiempo ha relegado a las mujeres a medida que cumplían años.

"Me dijeron que había que darse prisa porque todo acababa a los 40 y aquí estoy, a mis 50 y muchos", afirmó, convirtiendo una advertencia que durante años condicionó las carreras femeninas en una constatación de lo contrario: su trayectoria no se terminó al cumplir cuatro décadas.

Naomi Watts, tras recibir el Premio Donostia en la 74ª edición del Festival de San Sebastián. GTRES

Para Watts, el problema no se limita a las oportunidades que reciben las actrices. También afecta a los relatos que llegan a la pantalla y a quiénes pueden reconocerse en ellos. "Las mujeres de mi edad tenemos que vernos reflejadas en las pantallas", defendió durante su intervención en San Sebastián.

Su argumento apunta directamente a una cuestión de representación. "Mira los Emmy de la semana pasada: había muchas mujeres de más de 50 años en categorías importantes. Eso es alentador", dijo en una entrevista con Fotogramas.

"Creo que las cosas han cambiado. Las mujeres son consumidoras de cine y televisión. Sus historias deberían verse reflejadas. Todo el mundo necesita ver su historia reflejada en los relatos. Así que esa narrativa tenía que cambiar y agradezco poder ser una pequeña parte de ese cambio", añadía.

Una carrera construida a contracorriente

Watts conoce bien lo que significa permanecer en una industria que tiende a estrechar el espacio de las actrices a medida que envejecen. Su carrera comenzó en Australia y posteriormente dio el salto a Estados Unidos, donde tardó años en encontrar el papel que cambiaría su posición dentro de Hollywood.

Fue Mulholland Drive, dirigida por David Lynch en 2001, la película que la situó definitivamente en el mapa internacional. Como Betty Elms, una aspirante a actriz que llega a Los Ángeles y queda atrapada en una historia cada vez más inquietante, Watts mostró una amplitud interpretativa que terminaría convirtiéndola en una de las actrices más versátiles de su generación.

Un año después llegaría The Ring, el terror de Gore Verbinski que la convirtió en protagonista de una producción de gran repercusión comercial. Después vendrían títulos como 21 gramos, de Alejandro González Iñárritu, por la que recibió una nominación al Oscar, King Kong, Eastern Promises, The Impossible o Birdman.

En Lo imposible, dirigida por J. A. Bayona, asumió uno de los papeles más exigentes física y emocionalmente de su carrera. Su interpretación de María, una mujer que intenta encontrar a su familia después del tsunami que arrasó el sudeste asiático en 2004, le valió una nueva nominación al Oscar.

Su filmografía ha transitado así entre el cine independiente y las grandes producciones, entre personajes vulnerables y mujeres capaces de moverse por zonas mucho más oscuras. Una variedad que explica también por qué el reconocimiento de San Sebastián llega como una celebración de una carrera que nunca ha quedado encajada en un único molde.

"Siempre estoy buscando hacer cosas nuevas"

Watts tampoco parece interesada en convertir su madurez profesional en una repetición de fórmulas. Al hablar de su trayectoria y del personaje que interpreta en su proyecto más reciente, ha reivindicado precisamente esa necesidad de seguir entrando en territorios desconocidos.

"Siempre estoy buscando hacer cosas nuevas, aunque pueda haber algún tema que se repita en mi trabajo: el duelo y la identidad, que son dos cosas significativas para mí. Pero creo que este personaje no se parecía a nada de lo que había interpretado antes", confesaba en el citado medio.

"Y, desde luego, estoy en una edad en la que algunos podrían bromear diciendo que estoy en mi era de villana. Pero este es un caso extremo y no es ninguna broma. Así que me sentí obligada a interpretar esa historia, a formar parte de ella".

Hay algo significativo en esa última idea. Después de más de tres décadas delante de una cámara, Watts no habla de proteger una imagen ni de conservar un determinado lugar en la industria. Habla de buscar personajes que todavía puedan sorprenderla.

Ese es, quizá, el verdadero reverso de la etiqueta que durante años acompañó a las actrices cuando alcanzaban determinada edad. La industria les decía que quedaba menos tiempo. Watts ha utilizado ese tiempo para ensanchar el territorio.

Y desde San Sebastián, donde recibió el reconocimiento por una carrera que comenzó mucho antes de que la meca del cine aprendiera a mirarla con otros ojos, ha dejado una idea difícil de esquivar: cumplir años no debería reducir las historias que una mujer puede interpretar, sino aumentar las que tiene derecho a contar.