El pasado 29 de agosto los principales medios de comunicación nacionales e internacionales informaron de una importante novedad en la vida de Sarah Ferguson (66 años). La exduquesa de York regresa a Reino Unido, como los duques de Sussex, 6 meses después de dejar Royal Lodge.
La exmujer de Andrés Mountbatten-Windsor (66) prepara ahora una nueva etapa lejos de la que fue su histórica casa familiar. Su retorno no ha estado exento de polémica. La que fuera nuera favorita de la reina Isabel II se instalará en una vivienda de alquiler.
Según cuentan algunas crónicas, la nueva casa de Ferguson está situada en una urbanización privada en uno de los condados próximos a Londres. Una suerte de mansión por la que pagará cerca de 12.000 euros al mes. Una cantidad nada desdeñable que ha escamado en la sociedad.
Sarah Ferguson
Muchas voces han puesto el foco, un tanto escandalizadas, en el alto tren de vida que lleva Sarah. La pregunta parece obligada: ¿de dónde saca la exduquesa el dinero para poder costearse ese alquiler tan abultado? Son los interrogantes que se ciernen sobre ella.
Las instalaciones de la propiedad de marras en la que ha decidido instalarse Sarah cuenta con seis dormitorios, tres cuartos de baño y un anexo independiente. Cuenta, huelga decirlo, ese bien inmueble con todo tipo de servicios y prestaciones.
Volviendo a la situación financiera de la madre de Eugenia de York (36), algunos tabloides sostienen que, en la actualidad, carece de ingresos fijos o empleos conocidos.
La principal hipótesis que barajan los analistas financieros y la prensa especializada para explicar este nuevo despliegue de liquidez apunta directamente a la figura de Paddy McNally.
Paddy McNally y Sarah Ferguson.
El influyente magnate de la Fórmula 1, que mantuvo una sonada relación sentimental con Ferguson en el pasado, falleció a principios de este mismo año dejando una fortuna estimada en 600 millones de libras esterlinas.
Tras el desalojo de Sarah Ferguson de Royal Lodge el pasado mes de febrero, los vínculos entre la exduquesa y el entorno del empresario se estrecharon de manera evidente.
Muestra de ello fue su estancia en Les Gais Lutins, el lujoso chalet de 15 millones de libras que el difunto magnate poseía en la exclusiva estación de esquí suiza de Verbier, donde Ferguson encontró refugio inmediato tras perder su residencia en Windsor.
Diversos informes sugieren que McNally habría reservado una partida o un legado económico para su expareja en su testamento, extremo que, de momento, nadie ha podido confirmar.
Este vertido de fondos representaría el salvavidas financiero definitivo para una mujer que, tras el desmantelamiento de sus iniciativas benéficas por el deterioro reputacional de la marca York, no cuenta con nóminas ni asignaciones institucionales públicas.
Sarah Ferguson, en un acto público.
Más allá de la supuesta herencia del magnate del automovilismo, la exduquesa dispone de cierta liquidez derivada de sus movimientos patrimoniales recientes.
En 2025, Ferguson formalizó la venta de su residencia en el exclusivo barrio londinense de Belgravia por un importe de 3,85 millones de libras esterlinas.
Pese a que la operación le supuso una pérdida neta de 400.000 libras respecto al precio de adquisición abonado tres años antes, la inyección monetaria le ha otorgado un colchón temporal considerable para hacer frente a sus gastos corrientes de manutención.
A esta bolsa de capital se suman las regalías acumuladas a lo largo de su dilatada e ininterrumpida carrera como autora.
A lo largo de las últimas décadas, la madre de las princesas Beatriz y Eugenia ha firmado más de medio centenar de títulos, abarcando desde literatura infantil hasta novelas de ficción histórica.
Su obra más reciente, Una mujer intrigante, publicada en 2024, le permitió mantener abiertos canales comercialmente lucrativos antes de que las repercusiones del caso Epstein estrangularan definitivamente la actividad de sus fundaciones benéficas.
La exduquesa de York.
Un historial de deudas y tarjetas prestadas
La incertidumbre sobre el ritmo de gasto de Sarah Ferguson no es nueva; al contrario, conecta con un convulso historial de estrecheces presupuestarias que ha acosado a la exmiembro de la realeza desde hace tres décadas.
A mediados de la década de 1990, la exduquesa llegó a acumular una deuda personal desorbitada de 3 millones de libras esterlinas, viéndose obligada a recurrir en repetidas ocasiones al auxilio financiero de la reina Isabel II para que le condonara o saldara compromisos impagados.
Las sombras sobre su gestión del dinero han vuelto a salir a la luz tras la publicación de la versión revisada de la biografía El auge y la caída de la Casa de York, escrita por el historiador Andrew Lownie.
Ferguson.
El libro revela pasajes comprometedores sobre la severidad de las crisis económicas padecidas por la exduquesa en periodos de escasez.
Según se sostiene en la investigación de Lownie, los empleados y asistentes personales de Ferguson sufrían serios problemas para percibir sus salarios a tiempo, viéndose forzados con frecuencia a abonar compras corporativas mediante sus propias tarjetas de crédito particulares.
La publicación revela, además, que la propia Sarah dependía en gran medida de la tarjeta de crédito de su hija mayor, la princesa Beatriz, para sufragar su estilo de vida cotidiano.
Llegando, incluso, esta circunstancia al extremo de abonar los servicios de una vidente personal utilizando cartones de cigarrillos como moneda de cambio.
