Cuando estalló el Caso Nóos en 2010 la Casa Real le dio la espalda. Iñaki Urdangarin (58 años) se sintió solo, abandonado, excluido... La que hasta ahora había sido su familia política, con la que había estrechado grandes lazos -o eso creía él-, decidió cortar por lo sano.
Pasó de ser el yerno ejemplar a la persona más incómoda para la Institución. "Quitarme de en medio, fue, para ellos, la solución más eficaz: si me apartaban, si me desvinculaban de los focos, si dejaba de aparecer en titulares, todo se calmaría", explica el propio protagonista de la historia en las memorias que acaba de publicar.
Aunque el objetivo de su libro no sea ajustar cuentas, el que un día fuera marido de la infanta Cristina (60) ha querido contar ahora su versión de los hechos; y sobre todo, expresar cómo se sintió ante esta traición.
Iñaki Urdangrin saludando a Juan Carlos I ante la atenta mirada de Cristina.
"Para la Casa Real, el desgaste reputacional era (y es) su mayor preocupación [...] Me pidieron que diera un paso a un lado y decidieron aplicar un cordón sanitario. Desde mi punto de vista, no hubo una lectura estratégica de lo que estaba sucediendo. Solo miedo. Solo reflejos cortoplacistas para contener la hemorragia mediática".
"Lo que resultó más doloroso de asimilar, y no digamos para Cristina, fue la postura familiar desde un punto de vista humano. Nuestra idea de la familia era la de un vínculo que acoge, cuida, defiende... Y a nosotros nos faltó eso, no por parte de todos los miembros, pero sí en gran medida".
"No supieron actuar como una Institución serena, valiente y reflexiva. Pero lo que más tristeza me causó es que no supieron actuar como familia", desvela resentido Iñaki Urdangarin en Todo lo vivido.
En marzo de 2006, el exduque de Palma abandonó, obligado, el Instituto Nóos, al frente del cual se quedaba su exsocio, Diego Torres, junto a un equipo de 40 personas.
"Me sentí confundido, enfadado, impotente, dolido. Fue un golpe brutal. Difícil de digerir [...] me lo arrebataron todo de un plumazo. Sin darle importancia. Me dijeron: "Ponte a un lado". Y eso me mató. Me mataron. No me sentí apoyado por esa familia".
El libro de memorias de Iñaki Urdangarin junto al del Rey Juan Carlos I.
Especialmente dolorosas fueron las navidades de 2011. Con Cristina, Iñaki y sus hijos en el exilio en Washington, y la presión mediática en uno de sus máximos, la necesidad de volver a España "se volvió imperiosa". Sin embargo, desde Casa Real se les instó a no regresar.
"Fue muy triste. Los niños querían estar en Madrid y en Vitoria, con sus abuelos, con sus primos. Mi padre ya estaba muy enfermo. Fallecería al año siguiente. Y aquella fue nuestra última oportunidad de pasar una Navidad con él. No pudimos hacerlo".
En medio de toda esta situación, la Infanta y su marido recibieron una visita sorpresa. El rey Juan Carlos I (88) mandó a un emisario para convencer a la pareja de que su divorcio, era la única solución. Ese mensajero fue Fernando Almansa, un hombre que había sido jefe de la Casa Real.
Como era de esperar, ni a Cristina ni a Iñaki les convenció la propuesta y aquello dinamitó más aún la relación de la Infanta con su familia.
El entonces príncipe Felipe se vio obligado a intervenir para que reconsideraran la situación. "Creo que te vas a defender mejor solo. La Casa no puede hacer nada por ti ahora. Es mejor que te apartes. Piensa que en ciertos círculos no te beneficia estar relacionado con la Corona. Y por otro lado, hay que proteger la institución", le dijo Felipe a Iñaki en una llamada telefónica.
La infanta Elena junto a la infanta Cristina en Ginebra.
Llegó la imputación, y tras siete años de proceso judicial, la condena. En todo este tiempo Urdangarin solo contó con el apoyo de la emérita Sofía (87 años) y la infanta Elena (62).
La Reina y su hija se convirtieron en el sostén más visible de la hija y el yerno caídos en desgracia. Sofía dio un paso al frente cuando Cristina quedó prácticamente borrada de la agenda oficial.
La reina emérita viajó a Ginebra para acompañar a Cristina en momentos clave del procedimiento, como la recta final antes de decisiones judiciales relevantes, un gesto que los medios interpretaron como un respaldo explícito en pleno aislamiento institucional.
La infanta Elena, por su parte, desde los primeros compases del escándalo, se dejó ver junto a Cristina en Ginebra y en reuniones familiares, proyectando la imagen de una hermana que no estaba dispuesta a dejarla sola, pese al claro distanciamiento de Felipe VI y del rey emérito respecto al matrimonio.
Ese respaldo se mantuvo tras la condena de Urdangarin: Elena acudió a la cárcel de Brieva para visitarle sin ocultarse de las cámaras, un gesto leído como una toma de posición a favor de su cuñado.
