Las claves
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La enfermedad de Alzheimer es el trastorno neurodegenerativo más prevalente a nivel mundial: se calcula que habrá 78 millones de personas diagnosticadas con esta enfermedad durante el próximo año 2030.
Sabemos que este síndrome da lugar a un evidente deterioro cognitivo, pero también acarrea una significativa pérdida de capacidades diarias, además de una necesidad cada vez mayor de recursos familiares y sanitarios en general.
Su fisiopatología no está totalmente clara, aunque sabemos que tanto la proteína beta-amiloide como las proteínas tau son claves en la neuroinflamación final. Sin embargo, cada vez son más los factores de riesgo asociados a la enfermedad.
Aunque la genética puede ser clave en el desarrollo de la enfermedad de Alzheimer, el estilo de vida y los factores ambientales también pueden explicar gran parte del riesgo.
De hecho, cada vez es más evidente que la contaminación atmosférica aumentaría el riesgo de sufrir diversas enfermedades metabólicas y neurodegenerativas, como ha vuelto a sugerir un metanálisis publicado en Frontiers in Public Health.
Más exposición, más riesgo
Se sabe que las partículas contaminantes o PM tienen relación con el daño neurológico y las enfermedades neurodegenerativas en general. Estas partículas se clasifican por diámetro: desde 10 micrómetros hasta 0,1 micrómetros.
Dado su pequeño tamaño pero gran superficie específica, pueden transportar contaminantes tóxicos, como metales pesados o hidrocarburos aromáticos policíclicos, que son sustancias capaces de penetrar en nuestras barreras biológicas, tanto a nivel pulmonar como cerebral.
Sin embargo, la evidencia disponible hasta ahora no había encontrado una clara relación entre estas partículas y la enfermedad de Alzheimer.
Así pues, en este nuevo trabajo se realizó una revisión sistemática y un metanálisis de estudios observacionales sobre la asociación entre una exposición prolongada a estas partículas en suspensión y la incidencia de enfermedad de Alzheimer.
Se realizaron búsquedas en PubMed, Embase, Web of Science y Cochrane hasta septiembre de 2025, buscando estudios con poblaciones expuestas al menos un año o más a partículas en suspensión y su posible relación con el diagnóstico de enfermedad de Alzheimer. En total, se incluyeron 25 estudios con más de 170 millones de participantes.
Según los resultados del estudio, el riesgo aumenta con la exposición acumulativa. Los estudios no hablan de grandes exposiciones puntuales, sino de una acumulación a lo largo de los años.
Primer factor de riesgo
La asociación entre contaminación ambiental y riesgo de enfermedad de Alzheimer fue más intensa en estudios con seguimiento a más largo plazo. Es decir, a mayor tiempo de exposición, más impacto y asociación se detectaba.
Por cada +5 μg/m³ de PM2.5 (partículas de menos de 2,5 micrómetros o micras), el riesgo de Alzheimer aumentaría un 24%. Los μg/m³ indican cuánta masa de partículas hay en el aire, no su superficie total.
Dado que estas partículas son más pequeñas, poseen más superficie total por la misma masa respecto a las grandes, lo que aumenta su capacidad para transportar tóxicos.
Los gases asociados a la contaminación de los vehículos, como NO2 y NOx, también aumentarían el riesgo de enfermedad de Alzheimer. Por cada 10 μg/m³ de NO2, el riesgo aumentaba un 6%.
Y, de nuevo, en ambientes urbanos con mayor saturación de este tipo de contaminantes, mayor era la asociación. El ozono (O3) no mostró una asociación clara con el riesgo de enfermedad neurodegenerativa, aunque en este caso los estudios eran muy heterogéneos.
Como limitaciones del estudio, los investigadores señalan que no fue posible realizar un análisis de la relación dosis-respuesta, es decir, no es posible cuantificar a partir de qué cantidad de contaminante o grupo de contaminantes ya empezaría a aumentar el riesgo de Alzheimer.
Asimismo, los estudios usados en el metanálisis no proporcionaron datos sobre la composición química específica de los contaminantes, por lo que no es posible saber qué contaminante sería más o menos peligroso que otro en cuanto a riesgo se refiere.
Finalmente, los autores del estudio advierten de que en los próximos cinco años, si se llevan a cabo los avances adecuados en investigación, análisis genético y medidas de prevención, se logrará que la contaminación atmosférica sea el primer factor de riesgo ambiental asociado con la enfermedad de Alzheimer que pueda ajustarse y mejorarse a gran escala.
