Las claves
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A los 98 años, Alberto Chab encarna una paradoja contemporánea. Creció en una época de carencias extremas, atravesó migraciones y crisis sanitarias, pero hoy consulta ChatGPT y dialoga con millones de personas desde TikTok. Su testimonio ha resonado porque no habla del éxito, sino del coste silencioso que a veces lo acompaña.
Chab fue médico y psicoanalista durante más de seis décadas. Trabajó intensamente, con jornadas que llegaban a las once horas diarias, convencido de que asegurar la estabilidad económica era una forma de cuidar. La revisión vital, sin embargo, no la hace desde el orgullo profesional, sino desde una ausencia que el tiempo ya no permite corregir.
“Hay algo de lo cual me arrepiento profundamente: haber trabajado tanto y haber perdido la niñez de mis hijos”, afirma en una entrevista difundida en TikTok. Reconoce que privilegió el aspecto económico y que hoy entiende que esa elección tuvo un impacto afectivo irreversible, imposible de compensar con logros posteriores.
En ese mismo testimonio verbaliza con claridad qué habría hecho distinto. “Iría más a la plaza, iría a hablar más con la maestra, haría una cosa mucho más afectuosa con mis hijos”, dice. No lo expresa con culpa, sino con la serenidad de quien ha comprendido el verdadero valor del tiempo compartido.
Su irrupción en redes sociales no nació de una estrategia comunicativa. Según explicó en una entrevista en La Nación, todo comenzó como una idea para combatir la soledad extrema entre personas mayores de 90 años. Con ayuda de su nieta, abrió una ventana inesperada a una conversación intergeneracional masiva.
Convocó a personas de entre 93 y 98 años para debatir y socializar, aclarando con humor que “un hombre de 80 es un pendejo, un adolescente”, bromea en TikTok. Tras el vídeo, recibió más de mil correos electrónicos, muchos de jóvenes que pedían preservar su experiencia antes de que se perdiera.
Desde el punto de vista de la Ciencia, su vitalidad no parece casual. Chab identifica el estrés como “la enfermedad del momento”, un factor que, según advierte, intoxica cuerpo y mente. Para gestionarlo, medita a diario, una práctica que le permite reducir la tensión sin recurrir sistemáticamente a psicofármacos.
A esa disciplina añade una filosofía vital heredada de su familia, forjada tras la muerte temprana de dos hermanos por disentería. La denomina Kapará y la define como una forma de aceptar la adversidad con humor y distancia emocional. “Qué bueno que te pasó esto, porque podría haber sido peor”, explica, subrayando el valor protector de esa mirada.
Su estilo de vida refuerza ese enfoque preventivo. Es vegetariano desde hace cincuenta años, camina cuatro kilómetros diarios y mantiene una vida afectiva estable junto a su pareja, Mary, de 90 años. Aunque cobra la mínima, sigue atendiendo pacientes algunas horas semanales para no romper su vínculo con el sentido profesional.
Cuando trabajar demasiado deja de ser virtud
El arrepentimiento de Chab conecta con un fenómeno cada vez más estudiado: el workaholism o adicción al trabajo. No se trata solo de trabajar muchas horas, sino de una relación compulsiva con la actividad laboral que dificulta desconectar y deteriora la salud mental, incluso cuando existe éxito profesional y reconocimiento social.
En España, el auge del teletrabajo ha intensificado este riesgo. La disolución de los límites entre vida personal y laboral ha normalizado jornadas prolongadas y disponibilidad constante. Estudios recientes advierten de un aumento de síntomas asociados al burnout, como agotamiento emocional, insomnio, irritabilidad y pérdida de sentido.
El problema, señalan los expertos, es que el exceso de trabajo suele estar socialmente reforzado. Se confunde compromiso con hiperdisponibilidad y ambición con autoexigencia extrema. Chab lo resume desde su experiencia vital: priorizar lo económico puede parecer responsable a corto plazo, pero tiene costes afectivos que emergen décadas después.
Ese desequilibrio no solo afecta a la salud mental durante la vida activa, sino también al proceso de envejecimiento. La evidencia científica muestra que las redes afectivas, el ocio significativo y la regulación del estrés son factores protectores clave para una longevidad saludable, tanto o más que los hábitos físicos.
En este contexto, el mensaje de Chab adquiere un valor preventivo. No propone renunciar al trabajo, sino ponerle límites conscientes. “No quiero que la profesión me chupe la vida”, explica al justificar por qué sigue atendiendo pacientes solo algunas horas semanales, incluso cuando podría retirarse por completo.
A los 98 años, su conclusión funciona como advertencia y como guía. Bajar la guardia económica para subir la apuesta afectiva no es una consigna emocional, sino una estrategia de salud a largo plazo. El mejor análisis, sugiere, no siempre ocurre en el diván, sino en el parque, con tiempo y presencia real.
