Las claves
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"El premio Nobel tiene nombre y apellido". Si uno se da un paseo estos días por las redes sociales, es muy probable que se encuentre con esta frase, seguida de dos palabras: Mariano Barbacid.
El hallazgo de que una triple terapia ha logrado eliminar por completo el cáncer de páncreas en ratones de laboratorio ha dado la vuelta al mundo.
Al frente de este logro está Barbacid y su Grupo de Oncología Experimental del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO), al que lleva ligado casi 30 años.
Aunque haya sido en ratones, lo rotundo de los resultados de este estudio han alimentado las esperanzas de domar uno de los cánceres más letales.
Si esta terapia muestra una eficacia similar en humanos, sin duda será uno de los grandes avances frente al cáncer en décadas.
No obstante, si Barbacid logra el prestigioso galardón no será por este hallazgo, sino por uno mucho mayor que protagonizó hace algo más de 40 años.
Ese logro le granjeó fama mundial e hizo que el Gobierno español le tentara para que regresara a su país y lo transformara en un referente de la investigación oncológica en el planeta.
Y así lo hizo. Pero, si los políticos le pusieron una alfombra roja, también se la quitaron.
Consciente de que no puede haber ciencia puntera sin financiación, Barbacid se convirtió en una figura incómoda porque aprovechaba su altavoz mediático para reclamar una mayor inversión en investigación, sin paños calientes.
Fiel a sus exigencias o por presiones externas, acabó abandonando la dirección del centro que había fundado. Las batallas de egos dentro del mismo lo 'arrinconaron' en un papel secundario como líder de investigación.
La casualidad, quizá, ha querido que tras 14 convulsos meses dentro del CNIO haya sido su fundador el que dé un paso al frente para recordar el altísimo nivel de la ciencia que se hace en sus laboratorios.
La causa genética del cáncer
Pero volvamos al principio. En 1978, el bioquímico madrileño aterrizaba en el Instituto Nacional del Cáncer de Estados Unidos.
Era un momento apasionante: se estaba empezando a rascar el origen del cáncer. ¿Qué causa que unas células normales, de repente, se vuelvan locas y comiencen a multiplicarse sin freno?
Entre las teorías más aceptadas estaba la infección de virus o la presencia de agentes ambientales que favorecían ese descontrol.
Habían pasado 25 años desde el descubrimiento de la estructura en doble hélice del ADN y la genética ya se estaba moviendo del plano teórico al práctico.
En Bethesda, una localidad de la costa este de EEUU, Barbacid hizo un descubrimiento fundamental: había variantes de genes irremisiblemente asociadas al desarrollo de un cáncer.
En 1982, y junto al biólogo molecular Eugenio Santos, puso cara a H-RAS, un oncogén implicado en el cáncer de vejiga. "Se demostró que el cáncer tiene una causa genética", señala Xosé Bustelo, director del Centro de Investigación del Cáncer de Salamanca.
"Esto abrió la puerta a caracterizar muchas de las moléculas que tienen un papel importante en el desarrollo del cáncer. Simplemente por ese hallazgo ya sería merecedor del Nobel".
Felipe VI entrega de la Medalla Echegaray a Barbacid en 2020.
Sin embargo, en 1989, el comité del Nobel decidió otorgárselo a otros pioneros: Michael Bishop y Harold Varmus, que habían descubierto oncogenes en retrovirus (el de Barbacid fue el primero de origen humano) a finales de los 70.
Con todo, Barbacid ya era lo suficientemente reconocido en la postrimerías de los años 80 como para que Bustelo saltara el charco exclusivamente para trabajar con él.
"Yo estaba acabando la tesis, él vino a Madrid para dar una charla en la Fundación Juan March y cogí un tren nocturno desde Santiago de Compostela a la capital: me planté en la Estación del Norte a las 8 de la mañana", recuerda.
Entre 1990 y 1996, Bustelo fue investigador postdoctoral en el Instituto de Investigación de Bristol-Myers Squibb en Princeton, Nueva Jersey, a donde Barbacid se había movido dos años antes.
"Con Mariano aprendí muchísimo sobre cómo llevar un laboratorio", apunta Bustelo. "Casi 40 años después tengo cosas organizadas exactamente igual que allí".
El investigador gallego apunta que "Mariano jamás ha pegado un grito, ni se ha dirigido a nadie de forma despectiva, pero es muy demandante en el trabajo. No me importaba: estábamos en laboratorios de vanguardia, con recursos ilimitados pero altamente competitivos".
"Igual fuimos irresponsables"
Pese a esa amplia disponibilidad de recursos, tanto él como Barbacid acabarían recalando en España a finales de los 90. Bustelo, en Salamanca; Barbacid, en el CNIO, un centro hecho a su medida y que dirigiría entre 1998 y 2009.
"Ahora podemos pensar 'jo, igual fuimos unos irresponsables'; pero, en aquella época, la percepción que se tenía era diferente, pensábamos que había una apuesta importante por la ciencia en el país".
La intención del CNIO estaba clara: posicionar a España como referente de la investigación del cáncer. Y así fue, si no mundial, sí europeo: durante la primera década y media del siglo XXI fue considerado continuamente el primer centro español de investigación biomédica en el continente.
Con el crecimiento económico de la España de los primeros 2000, el centro iba viento en popa. Con todo, no se libró de la polémica: en 2004, uno de sus investigadores punteros, Luis Serrano, abandonaba el centro acusándolo de ser un "desastre" en la dirección.
Barbacid recibe el premio Valor Añadido de la Fundación BBVA en junio del año pasado.
El propio Barbacid reconocía que su estilo es "autocrático" pero calificaba la decisión de su científico estrella de "inmadura".
Pero la crisis acabó con la buena marcha del buque insignia de la ciencia española. En 2009, un recorte del 8% en la financiación del centro propició una batalla entre su director y la por aquel entonces ministra de Ciencia, Innovación y Universidades, Cristina Garmendia.
El investigador nunca se ha cortado en reclamar mayor financiación para la ciencia española. El recorte presupuestario era un aviso claro de que la ciencia dejaba de ser una prioridad en España.
Por tanto, la única salida para Barbacid fue dimitir de la dirección del CNIO, permaneciendo al frente de su Grupo de Oncología Experimental.
No fue fácil sustituirle: en un entorno de recesión, el puesto no era lo suficientemente atractivo para investigadores punteros internacionales, así que se optó por buscar talento interno.
Dos años después, María Blasco, entonces vicedirectora y jefa de la unidad de telómeros y telomerasa, asumía el cargo. Pero la relación con su predecesor fue todo menos ideal.
Barbacid seguía siendo "una figura de referencia", comenta una investigadora del centro que prefiere permanecer en el anonimato, y eso pareció no gustar, condenándole al ostracismo.
En 2012, "le nombraron miembro de la Academia Americana de Ciencias, un honor solo compartido por cinco personas en aquel momento, pero Blasco nunca lo anunció pese a que lo hacía a bombo y platillo con otras cosas".
Aunque "a nivel profesional exige mucha seriedad y precisión, lo que, a veces, lo hace duro trabajar con él", la investigadora señala que todo el mundo "le tiene mucho cariño".
"Eso quedó claro en la ceremonia que le hicieron por su 70 cumpleaños, ceremonia que se hizo fuera del CNIO porque Blasco no quiso ni escuchar la idea".
La animadversión entre ella y Barbacid era bien conocida. Cuando líderes de grupos del CNIO pidieron a la actual ministra de Ciencia, Diana Morant, la cabeza de Blasco hace poco más de un año, la exdirectora se defendió lanzando acusaciones a su predecesor.
En una rueda de prensa que dio el 21 de enero de 2025, Blasco señaló que Barbacid y su entonces mano derecha en la gestión del CNIO, Juan Arroyo, habían comprometido la viabilidad del CNIO pidiendo créditos por 43 millones de euros para "un ambicioso programa de desarrollo de fármacos que no produjo los beneficios esperados en cinco años".
Aunque el principal objeto de su ataque era Juan Arroyo (acusado posteriormente de encabezar una red de contratación fraudulenta para esquilmar más de 20 millones de euros del centro a lo largo de dos décadas), Blasco no olvidó mencionar que la salida de Barbacid del CNIO "fue, digamos, conflictiva".
La respuesta del científico llegó tres días después. En una carta dirigida al patronato del centro, Barbacid defendía a Arroyo frente a las "cortapisas o limitaciones" que han "venido sucediendo desde que María Blasco fue nombrada directora".
Aprovechaba también para señalar que el Programa de Terapias Experimentales, creado en 2007, "ahora languidece al no haber sido capaz de licenciar ningún compuesto desde que María Blasco llegó a la dirección".
De ratones a humanos
El patronato resolvió la crisis descabezando el centro: Blasco y Arroyo fueron destituidos y regresaron a sus antiguos puestos, y se convocó un concurso internacional que ganaron Raúl Rabadán, al frente de la dirección científica, y José Manuel Bernabé, en la gerencia.
Solo faltaba un detalle para rubricar la victoria de Mariano Barbacid. A lo largo de los años, su grupo ha ido obteniendo diversos avances en cáncer de páncreas, el tumor de peor pronóstico de entre los que son relativamente frecuentes.
La gran mayoría de estos tumores muestran una mutación en el gen KRAS, que pertenece a la misma familia de oncogenes de HRAS, el que aisló Barbacid a principios de los años 80.
El bioquímico ya había presentado resultados exitosos en experimentos previos, que alimentaron las esperanzas de que va por buen camino.
Hasta que esta semana, la rotundidad de los datos de su estudio le ha granjeado el aplauso mundial.
Utilizando una triple combinación de fármacos, uno dirigido al gen KRAS y otros dos a vías metabólicas, en ratones que sirven de modelo para tumores de páncreas humanos, lograron hacerlos desaparecer.
Pasados 200 días desde la última administración del tratamiento, el cáncer seguía ausente, un rotundo éxito a nivel preclínico.
El hallazgo tiene que consolidarse en modelos animales antes de intentarlo en personas. Y aquí, todo hay que decirlo, la probabilidad de repetir el éxito son bajas.
"Es una prueba de concepto buena, demostrando, por primera vez, el impacto a largo plazo de una combinación terapéutica en tumores de páncreas: el cáncer para y no se vuelve a reproducir", señala Xosé Bustelo.
"Pero hay que ver qué pasa cuando se traslade a pacientes, no quiero que piensen que es la panacea", advierte.
Si logra su objetivo, si la terapia logra en humanos solamente la mitad de lo que ha conseguido en ratones, será uno de los hitos frente al cáncer de la década.
Y a todo el mundo le dará igual el premio Nobel.
