Las claves
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El enero más lluvioso de los últimos 25 años puede tener una consecuencia casi paradójica en unos meses: el regreso de los megaincendios en buena parte de la Península Ibérica.
España está viviendo un tren de borrascas poco frecuente: Goretti, Harry, Ingrid, Joseph y Kristin no dejaron un solo rincón seco durante el primer mes del año.
Esta semana, Leonardo ha obligado a suspender las clases en casi toda Andalucía y han sido evacuados los 1.500 vecinos de Grazalema, que acumula 1.300 litros por metro cuadrado en los últimos 10 días.
Aunque esta comunidad es la más afectada por esta última borrasca, gran parte de Galicia, Castilla y León, Castilla-La Mancha, Extremadura y Baleares están o han estado en aviso naranja.
La Agencia Estatal de Meteorología ya ha predicho que el temporal atlántico pasará por agua la península, salvo el cuadrante nordeste, hasta este sábado. Las lluvias predominarán en buena parte del territorio hasta bien entrado el mes.
El intenso aguacero al que nos estamos viendo sometidos tiene una contraparte casi paradójica.
"Tenemos asociado que la lluvia siempre es buena y, en exceso, no lo es", apunta Andrea Danta, meteoróloga de Meteored. "No elimina el riesgo de incendios sino que lo puede amplificar".
La clave, continúa, es que "va a favorecer que haya más vegetación, que será gasolina para que prenda mejor el fuego".
"Cuando tenemos un invierno y una primavera muy lluviosos, crece mucha hierba, mucho matorral, vegetación fina de crecimiento rápido y abundante. Al secarse por las altas temperaturas del verano, se convierte en material muy inflamable".
Esa hierba seca sirve de "mecha" para que el fuego se propague más rápido y sea más intenso, indica Danta.
Vegetación en pausa
Es algo que vimos con los megaincendios del pasado agosto, 62 grandes incendios forestales que quemaron más de 350.000 hectáreas, triplicando la media histórica de nuestro país.
Una primavera especialmente lluviosa fomentó el crecimiento desaforado de la vegetación que la ola de calor histórica de finales de julio y principios de agosto se encargó de transformar en combustible a la espera de una mecha que lo prendiera.
Eduardo Tolosana, decano del Colegio Oficial de Ingenieros de Montes, explica que, con todo, las lluvias en invierno no tienen por qué tener ese efecto, pues la vegetación "entra en pausa" en esta época.
"No son tan importantes como las lluvias de primavera porque las plantas no están activas, salvo en algunas zonas más cálidas, como en la costa andaluza, el Levante o parte de la cornisa cantábrica".
Tolosana recuerda que las lluvias intensas no son la única condición para que se produzcan incendios veraniegos. Igual de necesario es el calor que seca y prende todo ese combustible.
Por eso tiene claro que, pase lo que pase este verano, los megaincendios volverán a la península.
"Estamos condenados, por el calentamiento global, a tener un año catastrófico de incendios, pero no sabemos exactamente cuándo, y tenemos que prepararnos para ello".
El ingeniero quiere huir del consabido mantra de que los incendios del verano se previenen en invierno, pero advierte de que es esencial realizar ciertas actividades para minimizar el riesgo.
Su colegio profesional lanzó un decálogo de acciones al final del año pasado, que Tolosana resume en cuatro patas: desbroces, cumplir los planes de prevención, un aprovechamiento sostenible del monte y mejorar la coordinación entre dispositivos.
"Los bomberos forestales españoles son muy profesionales, nos han llamado de Chile, Portugal, etc. Pero falta aplicar inteligencia a la gestión: no hacen falta camiones o avionetas, es una cuestión de coordinación".
Eso es lo que va a evitar que un megaincendio inevitable se transforme en una tragedia "como la que ocurrió en Grecia, donde murieron 103 personas en una zona de veraneo".
Por su parte, la meteoróloga Andrea Danta recuerda que las zonas afectadas por los incendios del verano pasado no se han recuperado y puede suponer un peligro adicional.
"La zona no se ha regenerado al 100% y la vegetación es muy débil. Si se encadenan días muy secos, podría prender de nuevo".
De hecho, asegura que una primavera seca solo nos libraría de los incendios "a corto plazo".
Una estación seca "limita el crecimiento de hierba y matorral fino, lo que reduce los incendios rápidos al inicio del verano, pero, a largo plazo, no lo hace ya que la vegetación llega muy estresada".
El peor escenario, sostiene, sería "un invierno muy lluvioso, una primavera muy seca, olas calor intensas muy tempranas y la presencia de viento".
Y apunta que el cambio climático también tiene que ver con esto, no solo por la mayor frecuencia de sequías y olas de calor, sino por lluvias más intensas y concentradas.
"Si la precipitación llega pronto y es intensa erosiona el suelo. En zonas donde la vegetación está empezando a crecer, si llega una ola de calor, el material es más débil y está más estresada, es una vegetación altamente inflamable".
