"Al final, si alguien tiene la culpa, son los legisladores. La culpa, por favor, arriba. Y que no nos hagan cómplices a los demás. Parece que siempre tienes que culpar a tu familia biológica o a tu familia adoptiva, pero no. Hay que culpar al legislador, al que crea una herramienta que permite esto”.
Durante más de cuatro décadas, la persona que hoy responde al nombre de Olmo Gómez Aldaz vivió una existencia construida sobre un documento oficial que no era cierto y así lo cuenta, en primera persona.
En el Registro Civil de Bilbao figuraba como Santiago González Rueda, una identidad civil ficticia creada en 1971 que operó como la única verdad administrativa reconocida por el Estado.
Detrás de ese nombre aparentemente ordinario estaba una historia de un tráfico de bebés encubierto, de esas que solo creemos que existen en las series de televisión.
Hoy, desde Tudela de Duero, un pequeño pueblo vallisoletano al que llegó huyendo del ruido madrileño y buscando reconectar con sus raíces infantiles en León, Olmo repasa las cicatrices de una batalla titánica que ha durado más de quince años.
Ha logrado lo que en España y en el ámbito jurídico comparado occidental parecía prácticamente imposible.
Ha logrado un reconocimiento judicial de su filiación biológica real manteniendo los efectos de su filiación adoptiva, se trata de una inédita doble filiación, y el consecuente cambio oficial de nombre y apellidos en su DNI.
Sin embargo, cuando se charla con él no hay euforia, hay lucidez, cansancio y una profunda amargura para que a nadie más le vuelva a pasar esto, o para que sigan su camino.
Olmo insiste: “Hay que culpar al legislador, al que crea una herramienta que permite esto, al que no prohíbe que ocurra, al que lo consiente y lo consiente durante años"
Y añade más leña al fuego contra la forma de actuar del Estado: "No somos propiedad del Estado, y con los adoptados se funciona como si lo fuéramos".
El origen del engaño
La historia de Olmo arranca en la Bilbao de 1971. En aquella época, redes tramas supuestamente benéficas y religiosas operaban en el norte de España intermediando en la entrega de recién nacidos.
Entre ellas, la Asociación María Madre y la figura de Mercedes Serrán se convirtieron en nombres fatídicos para decenas de familias.
"Todo empieza cuando nazco y trafican conmigo, lo que pasa es que yo no soy consciente de ello hasta más o menos mis 40 años" —, recuerda Olmo a EL ESPAÑOL Castilla y León.
Diciembre de 2010. "El dia que nos (re)conocimos", cuenta Olmo.
"Yo siempre he sabido que era adoptado, pero lo que no imaginaba es que detrás de una adopción lo que había era un tráfico de bebés, que era yo mismo, y que la adopción fuera la manera de encubrirlo".
Al indagar en sus orígenes, Olmo se topó de frente con los testimonios y denuncias de decenas de madres a las que les habían sustraído sus hijos bajo la narrativa moralista del franquismo y la transición temprana, donde a las mujeres jóvenes o solteras se las despojaba de la maternidad bajo el pretexto de una supuesta incapacidad moral.
"Era un poco el juego a ser Dios, aparte del negocio. Es el negocio de ser Dios realmente: decidir quién tiene los hijos y quién no, y desde una fe malentendida corregir a su propio Dios para darle los hijos a quien no los tiene. Es muy difícil, porque yo creo que esta gente en el fondo se creía que estaba haciendo algo correcto, pero el tiempo al final pone las cosas en su sitio" , reflexiona.
El hallazgo
El camino hacia la verdad estuvo al borde del abismo digital y burocrático. Los diseñadores de aquella trama se aseguraron de borrar rastros y desmantelar vías de contacto.
Pero no contaron con la tecnología genética y la red. A través del portal Adoptados Bilbao y de colectivos de búsqueda, Olmo comenzó a reconstruir las piezas.
La sorpresa fue mayúscula cuando descubrió que no estaba solo, ya que su hermana biológica también lo buscaba desesperadamente.
"Habían borrado todo el rastro. Lo habían diseñado de tal manera que yo no me pudiera encontrar nunca. Gracias a internet nos pudimos contactar y gracias al ADN pudimos confirmar que éramos hermanos de padre y madre".
Su madre biológica, María Micaela Aldaz Ilarregui, fue privada de su bebé recién nacido en 1971.
El relato pretendía vender que el niño había sido voluntariamente entregado o abandonado. Pero los hechos desmontaban la versión oficial, ya que el mismo mes en que se tramitaba la adopción fraudulenta de Olmo, sus padres biológicos se casaban.
"¿En qué cabeza cabe que mi madre me abandona voluntariamente y a continuación se vuelve a quedar embarazada de mi padre, fuerza el matrimonio y se queda con la niña que tiene después? No tiene ningún sentido" , denuncia.
Para Olmo la pérdida irreparable es la del tiempo. La verdad le llegó cuando ya era demasiado tarde para abrazar a su madre.
"Mi herida, y la de muchas personas en mi situación, es el llegar tarde. Es encontrar a tu madre ya muerta" , confiesa
"A mí me toca descubrir que mi madre murió cuando yo tenía 17 años, y me entero cuando ya tengo 40. Descubres a tu madre y al mismo tiempo tienes que hacer el duelo, mientras celebras haber descubierto quién eres".
Con su padre biológico, la suerte fue distinta. Pudieron reencontrarse en 2010 (como muestra la imagen) y disfrutaron de más de una década de convivencia y reconstrucción afectiva hasta su fallecimiento hace poco más de un año.
Deseperación burocrática
Lejos de encontrar amparo en las instituciones públicas cuando decidió formalizar su reclamación, Olmo colisionó contra un muro.
En 2021 presentó una denuncia penal en Bilbao para investigar la sustracción de su identidad.
La respuesta judicial fue el archivo por prescripción de los hechos. Pero el golpe más desconcertante llegó cuando intentó consultar sus antecedentes adopcionistas
El propio juzgado había expurgado y destruido todo su expediente administrativo y el de sus iguales al cumplir los 30 años.
"Yo lo siento, pero no puedo utilizar otra palabra que no sea encubrimiento. ¿Por qué destruye un juzgado mi expediente de adopción cuando cumplo 30 años? ¿Por qué no lo conservan al menos durante toda mi vida?" —, cuestiona.
Olmo inició entonces un periplo civil. En Pamplona solicitó la nulidad de la adopción y el reconocimiento de su filiación real.
El 13 de noviembre de 2024, el Juzgado de Primera Instancia nº 9 de Pamplona dictó una sentencia histórica reconociendo su filiación biológica, fallo que fue confirmado íntegramente por la Audiencia Provincial de Navarra el 12 de mayo de 2025.
A esto se le sumaron reconocimientos oficiales de máximo rango: su madre fue inscrita en el Registro y Censo Estatal de Víctimas, el Ministerio de Memoria Democrática le otorgó la Declaración de Reconocimiento y Reparación Personal como víctima del tráfico de bebés, y el instituto vasco Gogora emitió una resolución equivalente.
Para todo ello ha contado con el letrado Guillermo Peña Salsamendi (del despacho Domo Iuris Abogados), Olmo mantiene abiertas nuevas demandas civiles en Bilbao para depurar definitivamente la adopción fraudulenta y ha promovido una queja formal ante el Defensor del Pueblo.
Un DNI que lo cambia todo y las secuelas invisibles
Lograr que en el Documento Nacional de Identidad figurase al fin "Olmo Gómez Aldaz" llevó cinco años de desgaste procesal (2021-2026).
Hasta entonces, identificarse con su nombre elegido e investigado provocaba recelos.
"Llevaba diciendo que era Olmo Gómez Aldaz más de diez años, pero en mi DNI ponía otra cosa. Eso a la gente le hacía sospechar. Cuando en tu DNI pone la misma identidad que tú dices, nadie sospecha” explica.
Olmo en una foto actual.
Elegir "Olmo" no fue una decisión casual, en este caso ha sido un acto de “reconstrucción”:
“En aquel momento me sentía tan raro que un nombre común no me identificaba. De repente me vino 'Olmo'. Lo busqué, vi que existíamos unos miles y dije: este es el nombre con el que me identifico".
Pero esta travesía casi de Hómero ha dejado huellas imborrables en su salud. La lucha constante contra la burocracia y la incomprensión social han derivado en una “depresión crónica con ansiedad”.
Ahora bien, “y no por lo que me pasó al nacer”, apunta, “por cómo ha sido la lucha y la revictimización que he vivido a partir de reclamar mi identidad”.
Olmo abre en este momento su corazón: “Yo no me he suicidado porque no tuve el valor, no porque no tuviera la necesidad. Has estado años queriendo quitarte la vida porque tú eres tú único aliado frente a todo un sistema".
La hipocresía social
En su labor como activista, vinculado a organizaciones como La Voz de los Adoptados, la Plataforma de Víctimas de la Asociación María Madre de Bilbao y el colectivo Sin Identidad, Olmo sostiene que la cifra de 300.000 bebés robados que suele barajarse en España se queda corta.
"Se vendía la idea de que eran bebés abandonados por sus madres, pero no es real. Aquellas mujeres no tenían alternativa. Lo aceptaban porque no les quedaba más remedio, no porque estuvieran de acuerdo” explica.
En su opinión, a esas mujeres, que “son las primeras grandes víctimas junto con nosotros, las engañaron en lo más íntimo”.
Quitarle a un hijo y decirle que es lo mejor, “que vas a ser una mala madre, es intentar destruir a la persona para que no luche”, asegura.
Olmo no tiene pelos en la lengua, quizás por todo lo que ha pasado, y por eso rebate también el relato idílico sobre la institución de la adopción cerrada.
"Se ha creado un cuento dorado sobre la adopción cuando se intenta ver como una forma de ser padres. La adopción no es una forma de ser padres, es una medida legal de protección pera una persona que ya es hijo, que ya tiene padres. El resto es pensamiento mágico”, explica para posteriormente poner ejemplos bíblicos.
“Hay un instinto de apropiación del hijo ajeno que está en la Biblia, en Salomón, en Moisés. Las adopciones deberían ser abiertas siempre; el adoptado debe conservar el derecho a conocer su origen. Proteger a un menor no es aislarlo de su entorno de origen ni borrar su historia".
Un mensaje para el futuro
Autor del libro DOGA 2025, donde recoge minuciosamente la documentación de su caso como repositorio público para la memoria democrática, Olmo encarará los próximos años con la convicción de que su precedente servirá para que otros no tengan que recorrer su mismo calvario por la vía judicial, sino mediante un procedimiento administrativo ágil y garantista.
No me queda otro remedio que preguntarle: ¿Qué le diría a otra persona que descubre que es un bebé robado? En ese momento Olmo no duda:
"Le daría un abrazo enorme y le diría que lo siento. Que lo siento mucho. No hay reparación posible para lo que nos quitaron, pero lo que por lo menos debe haber es un fin a la revictimización. Que dejen de revictimizarnos".
