Juanma de Saá / ICAL

Juan José Carbajo Cobos (Villalube, Zamora, 1994) muestra una amplia sonrisa, que se percibe sin dificultad a pesar de la mascarilla, y está dispuesto a asumir la responsabilidad de convertirse en sacerdote, con el ingente trabajo que tendrá que desarrollar en una provincia con los preocupantes indicadores sociales, económicos y demográficos que presenta.

Estudió en el Seminario Mayor del Teologado de Ávila en Salamanca, terminó Teología en 2017 y Derecho Canónico, en 2020. Fue ordenado diácono en 2018 y desempeña desde hace más de un año su tarea pastoral en el arciprestazgo de Toro, además de ejercer como notario judicial en el Tribunal Eclesiástico de la Diócesis de Zamora.

La Catedral de Zamora acoge mañana, domingo, 11 de abril, la ordenación sacerdotal de Juan José Carbajo, presidida por el obispo, Fernando Valera. Esta tarde, a las 19.30 horas, habrá una vigilia de oración en la iglesia de San Andrés.

¿Ordenarse sacerdote en estos tiempos es un canto a la esperanza?



Es que necesitamos esperanza en nuestro mundo, en la realidad actual en la que vivimos y en nuestra sociedad zamorana. Todo canto a la esperanza siempre es positivo y viene estupendamente.

¿A qué renuncia con este paso?



Un sacerdote renuncia a formar una familia. Siempre digo que es muy curioso porque al cura se le llamaba antes ‘padre’ y, en realidad, es un padre peculiar porque renuncia a formar una familia y, de esa manera, puede tener el corazón libre para ponerlo primero en Dios y, después, en las gentes que va conociendo, cuidando y curando que, por eso, se le llama ‘cura’.

Además de renunciar a crear una familia, renuncia al amor en pareja. A partir de su ordenación, ¿ni siquiera se le pasará por la cabeza?



Uno tiene bastante tiempo para contrastar esa decisión. Suelo poner el ejemplo de una persona que contrae matrimonio. Cuando un hombre decide casarse con una mujer, renuncia a todas las demás y pone su corazón en una sola persona, en esa persona, en concreto. Entonces, todo en la vida consiste en elegir. Cuando uno es maduro, tiene que atreverse a renunciar a cosas, a apostar a fondo y a poner el corazón y la vida en lo que cree que es su camino.

¿Ya tenía esta idea así de clara cuando se ordenó diácono, hace tres años, o ha cambiado algo radicalmente desde entonces?



No ha cambiado nada radicalmente porque se trata de un proceso. Para eso está el Seminario. Lleva varios años, de tal manera que, con los pasos que vas dando, vayas descubriendo poquito a poquito el horizonte. Cuando uno se ordena diácono, ya está claro ese horizonte y, simplemente, queda ese barniz, el final, para pulir y que vaya brillando lo que de verdad debe ser un sacerdote.

¿Cómo lleva el revuelo mediático que se ha creado en torno a su ordenación?



Bueno, todo lo que sea dar visibilidad a la esperanza y a la alegría es bueno. Nuestra tierra parece estar ahora un poco triste y viene bien visibilizar el poder disfrutar de que Dios nos sigue acompañando, alentando y bendiciendo. Siempre es un motivo de alegría estar con los periodistas siempre que lo pidáis.

Pueblos como Villalube y Valdefinjas están de fiesta con su ordenación.



Claro. Son mis vecinos, que me han conocido y me han criado. He sido, como digo yo, el niño de muchos porque, en un pueblo pequeño, es un niño que va de casa en casa. Para ellos es una gran alegría.

Ahora mismo, la Diócesis de Zamora tiene solo 115 sacerdotes, de los que 101 residen en ella y con una media de edad avanzada. ¿Es consciente del peso que va a recaer sobre sus hombros?



Sí, pero lo considero una oportunidad. A mí me gusta descubrir en cada circunstancia la parte buena y positiva. Y la parte buena de esta realidad es, aunque habrá mucha tarea por hacer, es el momento de contar con vosotros, con los que forman parte del pueblo de Dios, con padres y madres de familia, y que, cada uno, desde su dimensión, su realidad y su forma de vida, nos ayudéis a construir la Iglesia.

¿Cree que la sociedad camina con un rumbo dudoso en plena era de la información y la comunicación?



Yo creo que hay un problema en nuestra sociedad y que tenemos que revisar, que es la falta de referentes. Hace unos cuantos años, como nos cuentan nuestros mayores, estaba el referente del abuelo, del maestro… Los referentes han quedado un tanto desdibujados. Pensar que con nosotros nace todo y se termina todo es un problema. Debemos buscar siempre los referentes en nuestra vida.

¿Qué le diría a una persona de bien, que se fije en la doctrina cristiana pero que se niegue a pensar que la vida es un mero ensayo general?



(Sonríe). Que la Iglesia no deja de ser una institución humana, con rasgos y con fondo divino. Entonces, eso es complicado. Redescubrir que Dios la quiere y que es el medio del que se sirve para guiar y conducir al ser humano de hoy hasta Él, cuando este ve las noticias que ve, a veces le cuesta creer. Le cuesta creer que la Iglesia sea esa levadura. Hay que tener una mirada de fe y no siempre es fácil.

¿Tiene pensado el contenido de su primera homilía?



No la tengo todavía muy perfilada pero hay una idea que siempre me gusta del sacerdote que dice una de las oraciones que utilizamos nosotros en la misa, que dice que es el hombre elegido en medio de este pueblo. Somos hombres normales y corrientes, de pueblo, de ciudad, que tenemos los problemas y las dificultades que tiene todo el mundo. Que vivimos en este mundo, sin haber caído de la estratosfera ni del cielo séptimo. Somos de vosotros, a quienes Dios ha elegido para conducir y guiar ni mejor ni peor que otros, solo aquellos en los que el Señor se ha fiado para esa tarea.

¿Se sentirá mirado con lupa, ya que debe tender a la santidad de forma más intensa?



Es que es el referente del que hablamos. El cura debe ser referente. Se nos exige más y hay que estar ahí y dar el callo.

Los curas son depositarios de las angustias y las miserias ajenas. ¿Quién le va a consolar a usted cuando haga falta?



A mí me consuela la esperanza de saber que sois consolados. Eso es muy bonito y uno lo descubre en la vida del ministerio, poco a poco. El sentido de que vosotros descansáis en mí y yo descanso en Dios. Me gusta mucho una anécdota de Juan XXIII que pensaba, cuando se iba a la cama: ‘Tengo que decirle esto al Papa’. Se daba cuenta de que el Papa era él y decía: ‘Bueno, ya se lo diré mañana al Espíritu Santo’. (Risas). Entonces, siempre hay alguien en quien descargar.

¿Cómo se prepara la ordenación sacerdotal?



Hay una preparación interior, lógicamente, que es muy importante, que se hace con ejercicios espirituales y con un tiempo más profundo de oración, y los preparativos más externos, por ejemplo, con los aforos que indican las autoridades sanitarias para evitar los contagios. No deja de ser una celebración y que sea bella porque la belleza de la liturgia en la Iglesia también nos transmite aquello que busca.

La imagen del sacerdote cara al suelo, haciendo la cruz, es impresionante.



Sí, ciertamente. Para el que se está ordenando, lo es especialmente porque escucha de fondo las letanías de los santos, de aquellos hermanos mayores en la fe que han dado la talla notablemente y escuchas cómo el pueblo va respondiendo ‘ruega por nosotros’ y sientes cómo la gente, tu gente, los zamoranos con los que has compartido tu vida, están rogando y pidiendo a ellos para que intercedan por uno.