Los cencerros se escuchan antes de que aparezcan las máscaras. Será la señal de que Zamora ha cambiado por unas horas su paisaje cotidiano del ajo y el queso por la cultura tradicional.
Desde el Parque de La Marina parte una comitiva de personajes, máscaras, sonidos y colores que avanza por el centro de la ciudad hasta Viriato. Detrás de cada grupo, varias decenas, llega una tradición diferente, nacida en pueblos donde estos personajes siguen formando parte de la celebración y de la ancestralidad local.
Ese tejido social, espiritual y simbólico que conecta a las comunidades rurales con sus orígenes, sus territorios y la memoria de quienes los precedieron.
El XV Festival de la Máscara, organizado por el área de Turismo de la Diputación de Zamora, reúne manifestaciones procedentes de distintos puntos de España y Portugal. Más que una sucesión de disfraces, la cita propone un encuentro entre formas diferentes de entender la fiesta y de representar la personalidad de cada territorio. Este Festival de la Máscara vuelve a convertir Zamora en una gran plaza de la cultura popular.
El desfile recorre Santa Clara, Plaza Sagasta y Plaza Mayor hasta alcanzar Viriato, con la participación de grupos procedentes de distintos puntos de España y Portugal.
Según informa la Diputación de Zamora, participan, concretamente, diez grupos portugueses, ocho procedentes de otras provincias españolas y trece mascaradas de la provincia de Zamora. Sumando un total de cerca de 500 participantes.
El diputado de Turismo de la Diputación de Zamora, Víctor López de la Parte, ha reivindicado la capital zamorana como uno de los grandes puntos de encuentro de las tradiciones populares vivas de Europa con motivo de la celebración del Festival de la Máscara, que reúne a más de 32 grupos y alrededor de 500 participantes.
“Zamora se convierte en el epicentro de unas de las tradiciones vivas más importantes de Europa”, ha afirmado López de la Parte, quien ha destacado la «autenticidad» de los ritos y personajes que durante esta jornada llenan las calles de la ciudad.
El responsable provincial de Turismo ha subrayado que el objetivo de la cita es “dar a conocer estas tradiciones y estos ritos ancestrales que se mantienen tan vivos en la provincia de Zamora y, fundamentalmente, en todo el noroeste español”.
López de la Parte ha puesto también el acento en la trayectoria del festival, que alcanza su decimoquinta edición, después del paréntesis provocado por la pandemia. Una evolución que, en su opinión, ha permitido consolidar la cita entre los principales festivales de mascaradas de la península ibérica.
“Estamos muy contentos de habernos afianzado como uno de los festivales de mascaradas más importantes de la península ibérica”», ha señalado, reivindicando el valor de unas manifestaciones que mantienen su vigencia gracias a los pueblos y colectivos que continúan transmitiéndolas de generación en generación.
Cuando el rostro cambia
Hay algo hipnótico en una máscara. Oculta a la persona y convierte al individuo en personaje. Cambia la voz, la forma de caminar y la relación con quienes observan.
Detrás de una máscara puede aparecer el animal, el demonio, el personaje burlón, el ser fantástico o aquella figura que durante generaciones formó parte del imaginario colectivo de una comunidad. Y detrás, casi siempre, el sonido de los cencerros, que rompe la calma y anuncia que la fiesta ha comenzado.
Y junto a ellos llegan los cencerros. Ese sonido metálico, repetitivo y casi primitivo que acompaña muchas mascaradas no es un simple efecto escénico. Forma parte de una manera antigua de entender la fiesta y de hacerse notar.
El ruido rompe la normalidad, anuncia la llegada de los personajes y convierte la calle en territorio ritual.
Este sábado, ese sonido viaja desde los pueblos hasta el centro de Zamora. Y quizá sea ahí donde el festival adquiere su verdadero significado.
La provincia de Zamora conserva una extraordinaria variedad de mascaradas y antruejos. Cada pueblo mantiene sus propios personajes, trajes y códigos.
Esa diversidad es precisamente una de las grandes riquezas de la fiesta. Tanto de la parte española: Zamora, León, Extremadura o Galicia, como de la parte portuguesa, sobre todo de la zona fronteriza de Tras-os-Montes.
La otra Zamora
Existe una Zamora monumental, reconocible por sus iglesias románicas, sus murallas y el Duero con sus puentes.
Pero hay otra, menos visible, que durante unas horas ocupa el centro de atención: la de las pequeñas localidades, las fiestas de invierno, los trajes elaborados durante meses y los personajes que aparecen cuando llega su momento en el calendario.
Es la Zamora rural. La de esos pueblos de Sayago, Aliste o Sanabria que viven una importante desolación ligada a la despoblación y la merma de jóvenes, puntal básico para que estas tradiciones sigan conservándose y representándose.
La presencia de agrupaciones portuguesas amplía además el carácter del encuentro y refuerza una relación cultural que en esta tierra siempre ha ido más allá de la frontera administrativa. A ambos lados sobreviven celebraciones en las que la máscara, el ruido, la sátira y la transformación forman parte del ritual festivo.
Mantener una mascarada significa conservar personajes, indumentarias, músicas y formas de celebración transmitidas dentro de las propias comunidades. En muchos pueblos son asociaciones y colectivos locales quienes han asumido la tarea de mantenerlas y acercarlas a las nuevas generaciones.
Ahí está el verdadero valor de estas manifestaciones: no son piezas inmóviles de un museo, sino tradiciones que continúan porque todavía hay gente dispuesta a participar en ellas.
El patrimonio etnográfico cobra sentido cuando sale a la calle, cuando alguien se coloca una máscara, cuando suenan los cencerros y un personaje vuelve a caminar entre la gente. Y estas son las mascaradas que recorren Zamora.
Portugal: la máscara al otro lado de la frontera
Asociación de Caretos de Grijó de Parada: Los Caretos de Grijó de Parada llegan con la fuerza y el color de una tradición que convierte la calle en territorio de fiesta.
Diabo, a Morte e Censura de Braganza: Diablo, Muerte y Censura representan en Braganza el lado más irreverente y simbólico de las celebraciones populares.
Caretos de Salsas: Los Caretos de Salsas aportan el carácter burlón y festivo de los personajes que rompen por unas horas la tranquilidad de la aldea.
Caretos de Aveleda: Desde Aveleda llegan figuras de aspecto inquietante y espíritu festivo que mantienen vivo uno de los rostros más singulares del carnaval transmontano.
Caretos de Pinela: Los Caretos de Pinela llevan a Zamora el color, el ruido y la energía de las celebraciones rurales de la frontera portuguesa.
Caretos de Parada: Los Caretos de Parada son pura algarabía popular, con personajes que convierten el espacio público en escenario de encuentro y celebración.
Chocalheiro de Bemposta: El Chocalheiro de Bemposta irrumpe con sus cencerros como una presencia poderosa, ruidosa y profundamente ligada al ritual festivo, siendo una de las máscaras más ancestrales, antropológicamente hablando, de Portugal.
La Velha, Bailador y Bailadera de Vila Chã de Braciosa: La Velha, el Bailador y la Bailadera representan en Vila Chã de Braciosa el juego entre personajes, danza y celebración colectiva.
L Bielho i la Galdrapa de São Pedro da Silva: L Bielho i la Galdrapa llevan consigo el imaginario popular de São Pedro da Silva, entre personajes, humor y misterio.
Grupo de Pauliteiros: Los pauliteiros ponen el ritmo de la tierra a través de una danza en la que música, movimiento y tradición avanzan juntos.
Extremadura: personajes nacidos de la fiesta
Jarramplas de Piornal: El Jarramplas de Piornal, cubierto con su característica máscara, representa una de las figuras más reconocibles y singulares del carnaval extremeño.
Las Carantoñas de Aceúche: Las Carantoñas sorprenden con sus rostros cubiertos de pieles, evocando un universo ancestral donde lo humano y lo animal se confunden.
El Jurrumacho de Montánchez: El Jurrumacho encarna la libertad del carnaval, donde el disfraz permite ocultar la identidad y dar rienda suelta a la imaginación.
Carnaval Hurdano-Las Hurdes: El Carnaval Hurdano lleva hasta Zamora el particular universo festivo de Las Hurdes, con personajes y escenas nacidos de la cultura popular serrana.
León, Segovia y Asturias: otras formas de carnaval
Antruejo de Cimanes del Tejar: El Antruejo recupera la fuerza de los antiguos carnavales leoneses, con personajes que vuelven a tomar las calles para anunciar la fiesta.
El Toro de Fresno del Camino: El Toro representa la presencia del animal simbólico en unas celebraciones donde la ficción y el ritual se encuentran.
Las Burras del Carnaval de Tremor de Arriba: Las Burras aportan humor, movimiento y carácter a una celebración profundamente vinculada a la cultura popular leonesa.
Las Vaquillas del Carnaval de Santo Tomé del Puerto: Las Vaquillas llevan hasta Zamora el imaginario ganadero convertido en juego y personaje de carnaval.
Los Mazcaros de Rozaes de Villaviciosa: Los Mazcaros asturianos de Rozaes llegan con el misterio de unos personajes que transforman el rostro y recuperan la fuerza de los carnavales tradicionales.
Zamora: un territorio convertido en personajes
El Zangarrón de Sanzoles: El Zangarrón es uno de los grandes símbolos de la mascarada zamorana, una figura que impone su presencia entre colores, ruido y ritual.
Los Carnavales de Villanueva de Valrojo: Villanueva de Valrojo conserva un carnaval de profunda raíz popular, donde los personajes mantienen viva la singularidad festiva de la localidad.
El Atenazador de San Vicente de la Cabeza: El Atenazador llega con una imagen inquietante y poderosa, convertida en uno de los personajes más reconocibles de las mascaradas alistanas.
El Zangarrón de Montamarta: El Zangarrón representa la fuerza de una tradición que cada año vuelve a llenar de color y ruido las calles del pueblo.
El Toro de Carnaval de Morales de Valverde: El Toro de Carnaval convierte la figura taurina en protagonista de una expresión popular marcada por el juego y la participación vecinal.
La Obisparra de Pobladura de Aliste: La Obisparra reúne personajes, sátira y representación en una de las expresiones más singulares del carnaval alistano.
Las Danzas del Paloteo de Tábara: Aportan ritmo y precisión a una expresión colectiva en la que los palos marcan el compás de la celebración.
Los Cencerrones de Abejera: Los Cencerrones anuncian su llegada con el estruendo de los cencerros, convirtiendo el sonido en protagonista de la fiesta.
La Vaquilla y los Cencerreros de Palacios del Pan: Mezclan personajes y ruido en una representación donde el carnaval se vive en comunidad.
La Fiera Corrupia de Almendra del Pan: La Fiera Corrupia aparece como una criatura de la imaginación popular, entre lo fantástico, lo grotesco y lo festivo.
Los Carucheros de Sesnández: Los Carucheros recuperan la fuerza de los personajes enmascarados que durante generaciones han dado una dimensión diferente a la fiesta.
La Vaca Antrueja de Pereruela: La Vaca Antrueja lleva al carnaval la figura animal como elemento de juego, participación y representación colectiva.
La Filandorra de Ferreras de Arriba: La Filandorra conserva el misterio de uno de los personajes más singulares de las mascaradas zamoranas, entre máscaras, ruido y simbolismo.
Una provincia detrás de cada máscara
La arquitectura histórica de Zamora sirve de telón de fondo a personajes llegados de pueblos de la provincia y de otros territorios de España y Portugal. Es una celebración de color y sonido, pero también una oportunidad para acercarse a una cultura popular que conserva expresiones muy diferentes entre sí.
Y quizá ahí esté la verdadera dimensión del festival: en permitir que durante una tarde la ciudad conozca de cerca aquello que sigue vivo en pequeñas localidades donde estas tradiciones forman parte de la propia identidad colectiva.
Cuando la comitiva llega a la Plaza de Viriato, Zamora acoge durante unas horas una parte esencial de su cultura popular. Los grupos regresarán después a sus pueblos con sus máscaras, sus trajes y sus cencerros. La ciudad habrá puesto las calles.
Este sábado Zamora se pone la máscara. Y detrás de cada una hay un pueblo, una forma de celebrar y una tradición que continúa encontrando su lugar en el siglo XXI.
Porque una tradición no permanece viva porque la contemplemos, sino porque todavía hay alguien dispuesto a vestirse, hacer sonar los cencerros y salir a la calle.
Y durante unas horas, ante decenas de miles de personas, Zamora ha demostrado que el patrimonio popular no necesita quedarse quieto para sobrevivir. Necesita gente que lo vista, que lo celebre y que vuelva a hacerlo sonar.
Cuando cruzábamos el Duero, con el sol poniéndose por Sayago, a lo lejos aún sonaba la voz del careto André de Grijó, “bebe da bota caralho”.
